Friday, October 20, 2006

El Oriente a la luz del Occidente
Hay una serie de ideas clave en Occidente. Se han puesto de lado y poseen la clave de la Cultura Universal.

En los años 90 del pasado siglo XX conocí a Billy, un atlético joven de unos 23 años, alegre dinámico y afable. Todo el mundo lo admiraba y yo lo aprecié mucho por su abierta sencillez aunque nunca llegué a tratarlo regularmente. Billy tenía todo lo que un muchacho de su edad podía desear. Era un joven rico. Habría podido llegar a ser un ganador en el escenario de la vida pero algo acabó con él repentinamente: la riqueza fácil sin la sabiduría que sólo otorga el sufrimiento. Porque Billy era un hombre sensual, amante del placer y de las sensaciones fuertes. Su principal fuente de satisfacción era la cocaína. La sensación que el cuerpo es como un bólido fórmula I en una loca carrera contra el tiempo para saciar las más oscuras y egoístas pasiones. Placeres peligrosos que sólo el dinero puede ofrecer a un joven fuerte y sin limites en su sentimiento y su voluntad. Billy tenía acceso a todo sin restricciones y por eso perdió la gran apuesta de la vida: recorrer de principio a fin el cauce tranquilo pero recio y consistente de un río cuyo destino final es el universo. Para llegar al final de ese río hasta las aguas del infinito océano es necesario ser precavido y alternar la acción con la reflexión.
Billy abusó de la cocaína porque tenía demasiado dinero. Un día no pudo soportar el otro lado – muy oscuro - de la cocaínica euforia ascendente: la más imparable depresión. Se disparó un tiro en la sien.
Billy vino a este mundo con malas cartas. El exceso de dinero, la riqueza sin un contrapeso moral no es sino una rueda de molino atada al cuello. Platón habla en La República de la paradoja del destino humano. Para algunos hombres que enfocan concienzudamente los signos y las apariencias del éxito, la riqueza es sinónimo de plenitud, de bendición. Para otros que quizás ya pasaron por ahí y que enfocan la ruda realidad de la vida, la riqueza sin esfuerzo es sólo un salto al vacío. Al final de su diálogo, Platon hace alusión al mito de Er, un guerrero armenio dejado por muerto en un campo de batalla. Diez dias después, su cuerpo incorrupto es separado de los otros cadáveres descompuestos y enviado a su casa. Colocado ya en la pira funeraria para ser cremado, Er despierta al duodécimo día y cuenta su extraordinaria experiencia en el más allá. Habla de la recompensa y del castigo de aquellos que hicieron el bien o el mal – diez veces el equivalente de su buena o mala acción. Habla de terribles seres de fuego, de túneles laberínticos, de bramidos de alarma, de la nostalgia, la alegría y el llanto de viajeros celestes que poseen la noción del espacio infinito pero no la del tiempo terrestre.
Cuando el alma de Er sale de su cuerpo, llega a un espacio abierto en cuyo centro observa dos aberturas en el suelo que van y vienen de la tierra y dos aberturas en el techo que van y vienen del cielo. Er asiste al juicio de las almas cuyo dictamen final es un rótulo. Si va colocado en el pecho toma la vía hacia arriba, si lo lleva en la espalda es lanzada hacia abajo. Pero lo más importante del mito es el momento que precede a una nueva encarnación al cual Er asiste en calidad de testigo privilegiado. El entorno de este momento culminante es una confluencia entre el microcosmos y el macrocosmos. Tres entidades femeninas que cantan en armonía con el concierto cósmico – Láquesis, Cloto y Atropos: las tres Parcas de la mitología Griega - son las encargadas de hilar la fibra irrevocable del destino. Esa fibra viene del entorno planetario de nuestro sistema solar. Platon:

“Por lo pronto un hierofante señaló a cada uno su puesto; enseguida, habiendo tomado del regazo de Laquesis la distinta suerte y las distintas condiciones humanas, subió a un tablado elevado y habló de esta manera: ´He aquí lo que dice la virgen Laquesis, hija de la Necesidad: Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y entrar en un cuerpo mortal. Un genio no os escogerá, sino que cada una de vosotras escogerá el suyo. La primera que la suerte designe escogerá la primera y su elección será irrevocable. La virtud no tiene dueño; se une a quien la honra y huye del que la desprecia. Cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente´ ’’.
[1]

Acto seguido el hierofante[2] echó suertes delante de las almas para que cada cual supiese en que orden iba a escoger. Asimismo el hierofante lanzó al suelo distintos géneros de vida tanto de seres humanos como de animales. Dictaduras afortunadas o trágicas, vidas de hombres y de mujeres célebres ya sea por su riqueza, su nobleza, su belleza o su fuerza. Pero no había ninguna referencia en cuanto a la categoría de cada alma puesto que todas debían transformarse de acuerdo a su elección. Si las que venían del cielo tendían a escoger a la ligera, aquellas provenientes de las regiones subterráneas (Purgatorio) reflexionaban profundamente antes de escoger. Así, la mayoría cambiaba una buena condición por una mala y viceversa. Es paradigmático el ejemplo del alma venida del cielo que se deja encandilar por la fulgurante apariencia de la riqueza y del poder (tiranía) sin antes reflexionar. Porque detrás de esa aparente plenitud se escondía un destino horrible e irrevocable...
Para Platón la más alta ciencia es la que ayuda al hombre a escoger el mejor destino más allá de las apariencias de la belleza, la riqueza, el poder y la fuerza. Todo bajo el signo de la sabiduría délfica: ‘Nada en exceso’. ¿Qué genero de vida conduce a la injusticia y a lo funesto, y por el contrario, cual es la sinergia entre las circunstancias y las condiciones naturales que lleva al hombre hacia la virtud? Esta es el mejor partido que pueda tomarse. Platón:

“Es preciso conservar hasta la muerte el alma firme e inalterable en este sentimiento, para que no se deje alucinar en este mundo ni por las riquezas ni por los demás males de esta naturaleza; que no se exponga, arrojándose con avidez sobre la condición de tirano u otra semejante, a cometer un gran número de males sin remedio, y sufrirlos aún mayores; antes bien, debe saber fijarse para siempre en un estado intermedio, evitando igualmente los dos extremos, en cuanto de ella dependa, así en la vida presente como en todas las demás por las que habrá de pasar. En esto consiste la felicidad del hombre.” [3]

Todo lo cual nos conduce a las preguntas fundamentales: ¿Vive el hombre más de una sola vida? ¿Puede la cultura humana acceder al gran arcano cósmico de la verdadera naturaleza humana? ¿En la búsqueda del conocimiento, puede más la convención socio-cultural que el amor a la realidad? Porque es casi seguro que la creencia en una sola vida es sólo una convención socio-cultural. Entonces, cómo probar algo que sólo los muertos pueden saber. Pero el hombre de esta época – en la que los nefastos efectos de causas históricas olvidadas le imprimen a la cultura un aire de raquitismo y enfermedad – puede prevalerse interpretándose a sí mismo para juntar los fragmentos dispersos de la realidad. En ese proceso verá emerger ante él la afinidad intrínseca entre el Arte, la Cultura y la Libertad. Porque está claro, aún desde la más elemental experiencia de la vida, que la reencarnación sea el modus operandi de la verdadera evolución de la entidad humana. El hombre debe manejarse en el difícil terreno de la hipótesis, lo cual es preferible a la negación pura y simple de esta posibilidad. Veamos qué dice Rudolf Steiner sobre esta cuestión tan banal en Oriente y tan incomprendida en Occidente.
En su libro Piedras de construcción para la comprensión del Misterio del Gólgota Steiner habla de la negativa de Franz Brentano a admitir la reencarnación y recuerda que Aristóteles -referencia de toda la filosofía de la Edad Media- concebía el alma humana como el fruto de la colaboración entre el padre y la madre por un lado –el alma sensorial o Psique- y la entidad divina, por el otro –el alma pensante o Nous. Steiner:

“A Aristóteles, pensaba él [Brentano], le repugnaba el materialismo y no quería ver en la parte pensante del alma una cosa material, surgida de la concepción física, de la unión del padre y de la madre. Sólo le quedaban dos posibilidades, y dos solamente. Una de ellas era admitir lo que ya ha sido dicho: el alma espiritual es una creación de Dios quien colabora con el proceso físico de la concepción y la formación del embrión; esta parte espiritual no puede ser destruida y goza después de la muerte de una vida eterna. Brentano concuerda con este razonamiento de Aristóteles. La segunda posibilidad – y no hay una tercera – era admitir que el alma humana es pre-existente, que ya está ahí, en el mundo espiritual antes de la concepción. Ahora bien, admitir la pre-existencia es admitir obligatoriamente que el alma no se encarna una sola vez en la tierra sino que reaparece continuamente en vidas terrestres sucesivas. Esta consecuencia es inevitable, según Brentano. Y como Aristóteles en la época de su madurez negaba la Palingenesia, la reencarnación de las almas, no ha podido enseñar sino el Creacionismo según el cual el alma es creada completamente al principio de su existencia terrestre.” [4]


Para el hombre de nuestra época límite, el mensaje de la historia es claro: sólo una visión extensa del hombre y de la cultura humana en su verdadero rapport cósmico lo puede salvar de la debacle que se le viene encima y cuyos primeras oleadas visibles en los cambios climáticos son ya evidentes. La filosofía de esta sociedad industrial global lleva al hombre a la degradación de su naturaleza superior y a la destrucción tanto de la naturaleza como de la sociedad y la cultura material. Pero una visión in extenso del hombre implica volver los ojos al universo más allá del frívolo sentimentalismo de la astrología de revista de variedades. Significa aprender a conocer la naturaleza cósmica del hombre - ergo la reencarnación - los misterios del karma y la íntima relación entre estos y la naturaleza terrestre.
La importancia de cuidar la naturaleza, de cuidar la casa en la que vivo y la cama en la que duermo. Es necesario tomar una perspectiva amplia para poseer todas las opciones necesarias para la supervivencia. Para actuar como las vírgenes sabias del Evangelio según San Mateo, aquellas que velaban y por lo tanto estaban preparadas para lo inesperado. El tema de la destrucción de la tierra está presente en el Apocalipsis de San Juan, lo cual es natural. Porque el Apocalipsis es una visión mítica del hombre por encima del tiempo y del espacio. El hombre está destinado a agredir la Tierra. Porque su inteligencia tiende a ser materialista, ciclópea y considerar el sólo aspecto físico de la realidad. Pero ¿y su pensamiento? Sí, el hombre egoísta y destructor también posee la clave, la puerta que da acceso a la realidad integral del universo visible e invisible. Por eso es necesario volver hacia atrás, hacia la refinada cultura y sabiduría del pasado - no hay nada nuevo bajo el sol - para penetrar de una vez por todas en la vía hacia una cultura superior: la Cultura del hombre universal. Entrar por esa vía es asegurar la supervivencia de la especie humana y poner de lado, finalmente, la tuerta visión ciclópea del mercantilismo industrial del siglo XX cuyo único objeto es reducir el alma y el espíritu de la Tierra a insumos energéticos y polvo.
La idea de la reencarnación surge entonces como el contexto natural de toda visión protectora de la naturaleza. La razón es simple: el hombre es un viajero cósmico aprendiendo el alfabeto del universo. El cosmos es un libro abierto. En él, el hombre es sólo un signo que, sublimado, deviene sentido propio y trascendente. Todo esto, más que una elucubración, es una consecuencia del origen Verbal del universo. El hombre es un signo, pero posee el potencial del Sentido eterno. Esa búsqueda de Sentido lo hace ir y venir entre el cielo y la Tierra - ergo lenguaje mítico. Esta es su punto de partida, su base extrema en sus temerarias acometidas hacia las cimas nevadas del Sentido eterno. Sin la Tierra el hombre no es sino un oscuro signo operable a un solo, ínfimo nivel de realidad (sentido?) arcaico y primitivo. Sin la posibilidad de evolución, de desarrollo y perfeccionamiento, el hombre quedaría fijado para la eternidad como una especie muy primitiva del espacio. Por eso, la reencarnación es, más que una teoría, la condición esencial que hace posible el surgimiento del espíritu humano. Todo lo cual es visible en esa visión mítica que es el Apocalipsis de San Juan. El espíritu cósmico expresa el lenguaje del mito y el Evangelista escribe: "El hombre no debe destruir la Tierra". ¿Por qué? ¿Porque la Tierra posee una colección única de orquídeas y otras especies florales? No, porque la Tierra sana, limpia, respirable es la condición esencial para la supervivencia de la especie y el desarrollo del espíritu humano. Este es algo así como la semilla de la flor. Sin semillas, detentadoras de la magia de la vida, no habría ni plantas ni flores ni flora ninguna. Todo forma parte del mismo círculo: tanto el macrocosmos del cual la Tierra forma parte, como el microcosmos del enigma humano.[5]
Ahora bien, volviendo a nuestro enfoque inicial: ¿por qué un alma como la de Billy se suicidó? Porque su libre acción no encontró un asidero cultural que le recordase que el fin de la existencia humana es trascender los parámetros físicos y espacio-temporales de la realidad material. ¿Cómo? A través del desarrollo de la inteligencia afectiva, del corazón y no del intelecto.
Estamos oponiéndole a la fría visión del mundo del órgano cerebral, del intelecto racional, la visión del mundo del órgano cósmico por excelencia. El órgano misterioso que teje la fibra de las corrientes impetuosas del infinito universo y las convierte en aliento humano. El órgano mágico que no es movido, sino al contrario, que mueve el alma humana en su eterno vagar en busca de sí misma. La visión del mundo que nace de semejante inteligencia es como una estructura intemporal tan gigantesca como el mismo universo. Intemporal porque está construida sobre el sentimiento mismo del Dios Creador que todo lo mide desde el ángulo de la pureza interior. Esta noción no es poética sino estrictamente científica. Existen dos tipos de inteligencia, la una finita y material, la otra infinita y afectiva. Dos visiones del mundo. Dos dimensiones. Dos vías que conducen al hombre a su destino cósmico.
Billy no encontró el apoyo de una cultura integral que le indicara que, quizás, muy posiblemente, su drama, el drama del hombre rico y necio que nada en la abundancia, no es sino una etapa incipiente del desarrollo de su entidad espiritual. Que quizás, lo más probable, esté obligado a trazar una trayectoria círcular en el más allá para volver a esta tierra y enfrentar el mismo reto. Que quizás, sólo el desarrollo de su mundo interior pueda sacarlo de ese círculo inexorable.
Por todo lo expuesto, la noción de la reencarnación no es ya un problema religioso. Es un problema cultural que atañe la historia de la ciencia. Lo cual implica algo así como una guerra: demasiado importante como para dejarla en manos de generales. De alcance cultural limitado y dogmáticos. La gesta cultural de la Realidad es enemiga tanto de fanáticos como de dogmas religiosos.
El alma del hombre occidental sufre de frívola superficialidad porque se habituó a acatar el orden de la ciencia material y a poner de lado sus propios sentimientos intrínsecos, efectos dramáticos de causas olvidadas. Pero en los Evangelios está escrito que los simples, los humildes de corazón pueden acceder a los arcanos de la naturaleza cósmica, a los fundamentos del universo. Porque el hombre sencillo desarrolla la inteligencia del corazón, órgano mágico que trasciende toda limitación material espacio-temporal, la cual es el non plus ultra de la inteligencia abstracta.
Para el hombre del Tercer Milenio, la definición de los parámetros universales de la Cultura es una cuestión de vida o muerte. En medio de este drama cósmico del hombre que no se conoce a sí mismo, sólo la fuerza desafiante de la individualidad libre puede salvar la sociedad humana, robada de sí misma. La sociedad 'masa', del hombre que acata fielmente la autoridad del statu quo histórico y cultural. Esa individualidad libre, performante de sí misma es el hombre que camina por la cuerda floja de la existencia y abre caminos a partir de su propia experiencia. El proceso cultural, en tanto que experiencia individual, es la cuerda floja. Porque la vida es un riesgo: la experiencia de la libertad en tanto que aventura personal del conocimiento. En esa gesta, esa epopeya de la Cultura que desafía el tiempo y el espacio, el hombre libre cuenta con el apoyo de sí mismo en tanto que síntesis de la naturaleza y reflejo fiel del universo. Más allá de dogmas y prejuicios debe penetrar en el enigma de sí mismo. Debe idear una nueva manera de interpretarse a sí mismo.
Para eso es necesario poner de lado esa fascinación por la ciencia y el progreso técnico. Porque la solución a esta patología terminal que amenaza con destruir el planeta y sus gentes no puede venir de una ciencia que no conoce el grado cero del conocimiento de la naturaleza humana. No puede venir de una ciencia que sólo conoce el aspecto material de las cosas. Viene del hombre performante que penetra en el enigma de sí mismo portando el hilo de Ariadna de una piramidal Cultura integral cuyos dos primeros peldaños son el 'lenguaje mítico' y el 'Eterno Femenino Universal'.

[1] Platón, La República, Editorial Universo, Lima, 1974, pp. 282-283.
[2] Hierofante : de hieros, sagrado y fante......de phaneim, manifestación.....
[3] Platón, La Republica, op. cit., p. 284.
[4] Rudolf Steiner, Pierres de construction pour la connaissance du Mystere du Gólgotha, Editions de la Science Spirituelle, Paris, 1947, p. 44-45. No traducido.
[5] Cf. la Tabula Smaragdina o Mesa Esmeralda que sintetiza la visión mágica del universo Hermético Neo-Alejandrino.

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