Sección IV : La Cultura Universal del III Milenio
La historia no ha comenzado todavía
La Historia de la escala universal del hombre comienza con una fusión entre elementos opuestos
Los filósofos de la historia recrean a menudo visiones tan profundas de la realidad humana y última y trascendental que sus obras constituyen sabios puntos de referencia a través de las épocas. Sus escenarios van desde el génesis del universo hasta el presente del individuo y de la especie a través del tiempo geológico. Para Hegel, por ejemplo, el principio universal de la naturaleza y del espíritu es el pensamiento. Según el idealismo hegeliano el motor de la historia sería la transformación de la idea subjetiva, representada por la psique individual, en idea objetiva, manifestada en el hecho histórico de la institución del estado. La síntesis entre esos dos polos opuestos se llevaría a cabo mediante el arte, la filosofía (la ciencia) y la religión.
Mediante un proceso dialéctico en donde los opuestos son complementarios la historia progresa de lo abstracto a lo concreto, de lo primitivo a lo moderno a través de etapas de falsa conciencia. Hegel habla del individuo que evoluciona en su marco (o su molde) natural para alcanzar finalmente la razón de su existencia en el conocimiento de la existencia inmediata y sensible de Dios.
Este breve esquema del idealismo hegeliano nos permite comprender por qué el joven Hegel anunciaba el fin de la historia a finales del siglo XVIII en clara alusión a la aparición de los estados democráticos liberales tras las revoluciones francesa y norteamericana. Aquel nuevo orden representaba para él el fin de la evolución del pensamiento humano a partir de los principios primordiales que rigen la aparición y el desarrollo de los estados.
Según Francis Fukuyama no hay riesgo de que el comunismo, el nacionalismo o el fundamentalismo obstaculicen la vía del moderno estado democrático igualitario.[1] Sin embargo el trágico escenario humano pleno de violencia, ambición y contradicción siempre se presta para la epifanía fatídica de la guerra, avatar monstruoso de la ‘racionalidad’ humana desencadenada.
La base de esta afirmación es la creencia en que el hombre no puede comprender lógicamente su relación con Dios si para comenzar no entiende su relación con el mundo sensible, con los elementos, con la mañana y la noche (luz y sombra) que lo formaron a su imagen y semejanza. Porque la verdad es que la cultura occidental abrió un abismo entre el intelecto (lógica) y el alma (sentimiento) humanos y ya el hombre no puede o no quiere volver atrás. El mundo moderno sigue un patrón evolutivo patológico en busca de un quimérico progreso porque carece del principio básico de una cultura integral que restablecería la relación entre el alma humana y la naturaleza.
Antes de escalar la montaña que lleva al Árbol de la Vida (Génesis 1,7) el hombre debe emprender un viaje de iniciación a los misterios de su propia naturaleza.[2] Ninguna gesta de conocimiento que no recorra esa senda puede llegar a su término.
Encontramos este principio primordial de la cultura universal en leyendas y epopeyas de pueblos antiguos como el sumerio, cuyas ciudades estado florecieron entre el Tigris y el Eufrates – la cuna de la civilización – hace más de 6000 años. La epopeya de Gilgamesh describe la aventura del hombre que estableció el modelo de la cultura caldeo-babilónica en una heroica gesta iniciática en busca del Árbol de la Vida. Las culturas egipcia, hindú, persa y griega recrearon o asimilaron la simbología de la iniciación. La sensibilidad griega expresó ese sentimiento mítico en la leyenda de Edipo, el hombre separado de su instinto por culpa de un intelecto que lo condena a la tragedia. Otro bello reflejo de esa antigua conciencia elemental es el Fausto de Goethe que describe al hombre moderno separado por su orgullo intelectual de la vía hacia la síntesis de su individualidad en la universalidad.
Desde el origen de la vida planetaria el instinto ha sido el único garante de la supervivencia de las especies animales, por eso, en el alba de su racionalidad el hombre supo encontrar en la naturaleza la huella divina. Así la nueva inteligencia evolucionó en el marco natural del ritual extático, del trance anímico que modeló la etapa primera de la cultura humana y cuyo principio es la afinidad entre la entidad humana, síntesis de la naturaleza, y el universo. Pero el desarrollo de la tradición extática fue cortado de raíz por el dualismo de la tradición judeo-cristiana que desde el siglo IV de nuestra era etiquetó como diabólica toda práctica anímica elemental en el mundo occidental. La historia del pueblo alemán es fiel testimonio de ello. Los picos Brocken y Kyfhäusser situados en las montañas del Hartz simbolizan el fin de la ingenuidad instintiva – tan vieja como el hombre – de las rudas tribus germánicas. El fin de su vínculo con un pasado mítico. Esa región fue el último refugio del paganismo alemán (Cf. Arrio) antes de la conversión del país al cristianismo. Pero según la tradición popular la noche del 1 de mayo los brujos y hechiceras siguen celebrando el antiguo culto a la naturaleza bajo la fachada del calendario cristiano: Santa Walpurgis.[3] Lo mismo podemos decir de las fiestas de san Juan el 21 de junio (solsticio de verano) que esconden, según el especialista en folklore Juan Liscano, la llama vital del instinto y del ritmo biológico en la tradición milenaria de los pueblos del Hemisferio Norte.
También es posible – Eliade dixit - que en la raíz de la Reforma protestante y su retorno al cauce de la corriente bíblica se encuentre el desequilibrio ancestral del dualismo.[4] Desde un ángulo análogo también podríamos intentar comprender a los modernos mesías que predican la transgresión de la ley en nombre de una nueva ‘Edad de Oro’.
Volviendo al ejemplo del Volk alemán encontramos que la sangre vertida en los campos de batalla europeos durante casi dos mil años da fe de la oposición, de un pueblo alterado en su fibra anímica, al mundo dualista del racionalismo y del intelectualismo occidentales. Desde este ángulo es fácil comprender por qué para Peter Viereck y Bernard Berenson el nazismo es la última fase de la sempiterna contracción intermitente de una Alemania parcialmente romanizada para sacudirse la influencia mediterránea.[5]
La evolución animal - volviendo a nuestro enfoque ontogénico – dio lugar a la entidad física y psíquica humana reflejando en su constitución los reinos de la naturaleza: el mineral, el vegetal y el animal. Por eso es irónico constatar que si el paganismo politeísta armonizaba al hombre con el medio natural (solsticios, lupercales, cultos solares, lunares, agrarios, Misterios, etc) el cristianismo incipiente consideró lo anímico instintivo y elemental como intrínsecamente sucio favoreciendo una óptica intelectual y desdén por los cultos ecológicos. En lugar de presidir a una lenta transición desde lo anímico-instintivo hasta las alturas espirituales de una religión de pura raíz iniciática, el cristianismo perturbó y destruyó las mismas raíces de la cultura instintiva que lo prefiguró. Esta destrucción dio lugar a un drama cultural pues el desarrollo del espíritu humano se violentó al pasar de un solo golpe a la etapa del pensamiento abstracto-matemático sin siquiera haber asimilado los más elementales misterios relativos a la naturaleza sintética del hombre.
Volviendo al esquema hegeliano, el desarrollo de esta identidad en el campo cultural proyectaría a la entidad espiritual nacional hacia las etapas superiores de la conciencia y del espíritu del ideal estado democrático igualitario. Mera utopía, porque el intelecto dualista niega la espiritualidad elemental de la naturaleza. No puede haber acceso a la etapa superior de la conciencia espiritual de un pueblo sin haber pasado por el aprendizaje de lo anímico-instintivo. Si de alguna manera el hombre occidental lograra compensar su intelectualismo dualista la cultura avanzaría en la vía hacia el estado ideal a través del espíritu absoluto del arte, de la ciencia (la filosofía) y de la religión.
El reto del Catolicismo en este umbral del Tercer Milenio de la Civilización Occidental es cerrar esa brecha nefasta del oscurantismo dogmático de la ciencia moderna y reunir al hombre con la naturaleza en el crisol de elementos opuestos de una genuina cultura integral. Porque el respeto por la naturaleza tiene raíz común con la religión y es un sentimiento universal que une a todos los hombres. Ese sentir es el eslabón perdido de una cadena ontológica que va del presentimiento de Dios en la naturaleza hasta el alba de una Cultura integral fruto de la armonía entre el cuerpo, el alma y el espíritu humanos. Entonces es lógico concluir, puesto que enfocamos la naturaleza de nuestro planeta la Tierra, que es una entidad femenina, simbólica de la naturaleza planetaria, la que señala el camino – iniciático – hacia la futura Cultura Superior de la humanidad. El culto de las deidades femeninas es la esencia misma de la cultura instintiva por lo cual es lógico considerar que las divinidades femeninas que presidieron el cauce inefable de la historia sean prefiguraciones (arquetipos diría Jung) de la Gran Madre dispensadora de la fecundidad y de la vida vegetal y animal. Pero al nivel superior del espíritu, la Madre de Jesucristo simboliza las verdadera Madre del espíritu humano. El Misterio cristiano de la Inmaculada Concepción sería la llave maestra capaz de sintetizar los insondables misterios de la naturaleza con el orgulloso intelecto dualista humano. María sería entonces la divinidad planetaria mil veces presentida por el instinto humano. El eslabón dorado que resuelve la eterna aporía del cuerpo y del espíritu.[6]
[1] Este artículo fue escrito a finales de los 80 cuando el terrorismo islámico no representaba una amenaza mundial.
[2] Uno de los dos árboles prohibidos del Paraíso Terrenal. El otro es el Árbol del conocimiento del Bien y del Mal.
[3] Cf. Washington Irving, Leyendas de Nueva York, Austral, Buenos Aires 1960. Cf. Fausto II de Goethe.
[4] Cf. Mircea Eliade, La nostalgie des origines, Gallimard, Paris. 1971.
[5] En este sentido se debe considerar el contenido ecológico del arrianismo.
[6] La otra vía – análoga a la de la inteligencia instintiva que proponemos en estas líneas – es la del arte. El arte de aquel Sócrates Músico de Friedrich Nietzsche y de la Serpiente verde y la flor de lis del bello cuento iniciático de Goethe. Es también la vía planteada por el antropólogo escocés Victor Turner poco antes de su muerte. Para Turner la clave de la supervivencia de la especie sería lo que él llamó coadaptación (armonía) entre los componentes arcaicos instintivos y emotivos y el flamante intelecto humano, sede de la conciencia de sí mismo (complejo reptil, sistema límbico, y corteza cerebral respectivamente). Turner concluyó que la armonía o coadaptación entre el instinto, el sentimiento y la razón dependen de un proceso ritual, una especie de interfase o puente entre el aprendizaje cultural y los fundamentos genéticos de la especie. En otras palabras, una síntesis entre lo nato y lo innato a través de la inteligencia instintiva del ritual. Cf. Victor Turner, Body, Brain and Culture, in, The Anthropology of Performance, PAJ Publications, New York, 1986.
La Historia de la escala universal del hombre comienza con una fusión entre elementos opuestos
Los filósofos de la historia recrean a menudo visiones tan profundas de la realidad humana y última y trascendental que sus obras constituyen sabios puntos de referencia a través de las épocas. Sus escenarios van desde el génesis del universo hasta el presente del individuo y de la especie a través del tiempo geológico. Para Hegel, por ejemplo, el principio universal de la naturaleza y del espíritu es el pensamiento. Según el idealismo hegeliano el motor de la historia sería la transformación de la idea subjetiva, representada por la psique individual, en idea objetiva, manifestada en el hecho histórico de la institución del estado. La síntesis entre esos dos polos opuestos se llevaría a cabo mediante el arte, la filosofía (la ciencia) y la religión.
Mediante un proceso dialéctico en donde los opuestos son complementarios la historia progresa de lo abstracto a lo concreto, de lo primitivo a lo moderno a través de etapas de falsa conciencia. Hegel habla del individuo que evoluciona en su marco (o su molde) natural para alcanzar finalmente la razón de su existencia en el conocimiento de la existencia inmediata y sensible de Dios.
Este breve esquema del idealismo hegeliano nos permite comprender por qué el joven Hegel anunciaba el fin de la historia a finales del siglo XVIII en clara alusión a la aparición de los estados democráticos liberales tras las revoluciones francesa y norteamericana. Aquel nuevo orden representaba para él el fin de la evolución del pensamiento humano a partir de los principios primordiales que rigen la aparición y el desarrollo de los estados.
Según Francis Fukuyama no hay riesgo de que el comunismo, el nacionalismo o el fundamentalismo obstaculicen la vía del moderno estado democrático igualitario.[1] Sin embargo el trágico escenario humano pleno de violencia, ambición y contradicción siempre se presta para la epifanía fatídica de la guerra, avatar monstruoso de la ‘racionalidad’ humana desencadenada.
La base de esta afirmación es la creencia en que el hombre no puede comprender lógicamente su relación con Dios si para comenzar no entiende su relación con el mundo sensible, con los elementos, con la mañana y la noche (luz y sombra) que lo formaron a su imagen y semejanza. Porque la verdad es que la cultura occidental abrió un abismo entre el intelecto (lógica) y el alma (sentimiento) humanos y ya el hombre no puede o no quiere volver atrás. El mundo moderno sigue un patrón evolutivo patológico en busca de un quimérico progreso porque carece del principio básico de una cultura integral que restablecería la relación entre el alma humana y la naturaleza.
Antes de escalar la montaña que lleva al Árbol de la Vida (Génesis 1,7) el hombre debe emprender un viaje de iniciación a los misterios de su propia naturaleza.[2] Ninguna gesta de conocimiento que no recorra esa senda puede llegar a su término.
Encontramos este principio primordial de la cultura universal en leyendas y epopeyas de pueblos antiguos como el sumerio, cuyas ciudades estado florecieron entre el Tigris y el Eufrates – la cuna de la civilización – hace más de 6000 años. La epopeya de Gilgamesh describe la aventura del hombre que estableció el modelo de la cultura caldeo-babilónica en una heroica gesta iniciática en busca del Árbol de la Vida. Las culturas egipcia, hindú, persa y griega recrearon o asimilaron la simbología de la iniciación. La sensibilidad griega expresó ese sentimiento mítico en la leyenda de Edipo, el hombre separado de su instinto por culpa de un intelecto que lo condena a la tragedia. Otro bello reflejo de esa antigua conciencia elemental es el Fausto de Goethe que describe al hombre moderno separado por su orgullo intelectual de la vía hacia la síntesis de su individualidad en la universalidad.
Desde el origen de la vida planetaria el instinto ha sido el único garante de la supervivencia de las especies animales, por eso, en el alba de su racionalidad el hombre supo encontrar en la naturaleza la huella divina. Así la nueva inteligencia evolucionó en el marco natural del ritual extático, del trance anímico que modeló la etapa primera de la cultura humana y cuyo principio es la afinidad entre la entidad humana, síntesis de la naturaleza, y el universo. Pero el desarrollo de la tradición extática fue cortado de raíz por el dualismo de la tradición judeo-cristiana que desde el siglo IV de nuestra era etiquetó como diabólica toda práctica anímica elemental en el mundo occidental. La historia del pueblo alemán es fiel testimonio de ello. Los picos Brocken y Kyfhäusser situados en las montañas del Hartz simbolizan el fin de la ingenuidad instintiva – tan vieja como el hombre – de las rudas tribus germánicas. El fin de su vínculo con un pasado mítico. Esa región fue el último refugio del paganismo alemán (Cf. Arrio) antes de la conversión del país al cristianismo. Pero según la tradición popular la noche del 1 de mayo los brujos y hechiceras siguen celebrando el antiguo culto a la naturaleza bajo la fachada del calendario cristiano: Santa Walpurgis.[3] Lo mismo podemos decir de las fiestas de san Juan el 21 de junio (solsticio de verano) que esconden, según el especialista en folklore Juan Liscano, la llama vital del instinto y del ritmo biológico en la tradición milenaria de los pueblos del Hemisferio Norte.
También es posible – Eliade dixit - que en la raíz de la Reforma protestante y su retorno al cauce de la corriente bíblica se encuentre el desequilibrio ancestral del dualismo.[4] Desde un ángulo análogo también podríamos intentar comprender a los modernos mesías que predican la transgresión de la ley en nombre de una nueva ‘Edad de Oro’.
Volviendo al ejemplo del Volk alemán encontramos que la sangre vertida en los campos de batalla europeos durante casi dos mil años da fe de la oposición, de un pueblo alterado en su fibra anímica, al mundo dualista del racionalismo y del intelectualismo occidentales. Desde este ángulo es fácil comprender por qué para Peter Viereck y Bernard Berenson el nazismo es la última fase de la sempiterna contracción intermitente de una Alemania parcialmente romanizada para sacudirse la influencia mediterránea.[5]
La evolución animal - volviendo a nuestro enfoque ontogénico – dio lugar a la entidad física y psíquica humana reflejando en su constitución los reinos de la naturaleza: el mineral, el vegetal y el animal. Por eso es irónico constatar que si el paganismo politeísta armonizaba al hombre con el medio natural (solsticios, lupercales, cultos solares, lunares, agrarios, Misterios, etc) el cristianismo incipiente consideró lo anímico instintivo y elemental como intrínsecamente sucio favoreciendo una óptica intelectual y desdén por los cultos ecológicos. En lugar de presidir a una lenta transición desde lo anímico-instintivo hasta las alturas espirituales de una religión de pura raíz iniciática, el cristianismo perturbó y destruyó las mismas raíces de la cultura instintiva que lo prefiguró. Esta destrucción dio lugar a un drama cultural pues el desarrollo del espíritu humano se violentó al pasar de un solo golpe a la etapa del pensamiento abstracto-matemático sin siquiera haber asimilado los más elementales misterios relativos a la naturaleza sintética del hombre.
Volviendo al esquema hegeliano, el desarrollo de esta identidad en el campo cultural proyectaría a la entidad espiritual nacional hacia las etapas superiores de la conciencia y del espíritu del ideal estado democrático igualitario. Mera utopía, porque el intelecto dualista niega la espiritualidad elemental de la naturaleza. No puede haber acceso a la etapa superior de la conciencia espiritual de un pueblo sin haber pasado por el aprendizaje de lo anímico-instintivo. Si de alguna manera el hombre occidental lograra compensar su intelectualismo dualista la cultura avanzaría en la vía hacia el estado ideal a través del espíritu absoluto del arte, de la ciencia (la filosofía) y de la religión.
El reto del Catolicismo en este umbral del Tercer Milenio de la Civilización Occidental es cerrar esa brecha nefasta del oscurantismo dogmático de la ciencia moderna y reunir al hombre con la naturaleza en el crisol de elementos opuestos de una genuina cultura integral. Porque el respeto por la naturaleza tiene raíz común con la religión y es un sentimiento universal que une a todos los hombres. Ese sentir es el eslabón perdido de una cadena ontológica que va del presentimiento de Dios en la naturaleza hasta el alba de una Cultura integral fruto de la armonía entre el cuerpo, el alma y el espíritu humanos. Entonces es lógico concluir, puesto que enfocamos la naturaleza de nuestro planeta la Tierra, que es una entidad femenina, simbólica de la naturaleza planetaria, la que señala el camino – iniciático – hacia la futura Cultura Superior de la humanidad. El culto de las deidades femeninas es la esencia misma de la cultura instintiva por lo cual es lógico considerar que las divinidades femeninas que presidieron el cauce inefable de la historia sean prefiguraciones (arquetipos diría Jung) de la Gran Madre dispensadora de la fecundidad y de la vida vegetal y animal. Pero al nivel superior del espíritu, la Madre de Jesucristo simboliza las verdadera Madre del espíritu humano. El Misterio cristiano de la Inmaculada Concepción sería la llave maestra capaz de sintetizar los insondables misterios de la naturaleza con el orgulloso intelecto dualista humano. María sería entonces la divinidad planetaria mil veces presentida por el instinto humano. El eslabón dorado que resuelve la eterna aporía del cuerpo y del espíritu.[6]
[1] Este artículo fue escrito a finales de los 80 cuando el terrorismo islámico no representaba una amenaza mundial.
[2] Uno de los dos árboles prohibidos del Paraíso Terrenal. El otro es el Árbol del conocimiento del Bien y del Mal.
[3] Cf. Washington Irving, Leyendas de Nueva York, Austral, Buenos Aires 1960. Cf. Fausto II de Goethe.
[4] Cf. Mircea Eliade, La nostalgie des origines, Gallimard, Paris. 1971.
[5] En este sentido se debe considerar el contenido ecológico del arrianismo.
[6] La otra vía – análoga a la de la inteligencia instintiva que proponemos en estas líneas – es la del arte. El arte de aquel Sócrates Músico de Friedrich Nietzsche y de la Serpiente verde y la flor de lis del bello cuento iniciático de Goethe. Es también la vía planteada por el antropólogo escocés Victor Turner poco antes de su muerte. Para Turner la clave de la supervivencia de la especie sería lo que él llamó coadaptación (armonía) entre los componentes arcaicos instintivos y emotivos y el flamante intelecto humano, sede de la conciencia de sí mismo (complejo reptil, sistema límbico, y corteza cerebral respectivamente). Turner concluyó que la armonía o coadaptación entre el instinto, el sentimiento y la razón dependen de un proceso ritual, una especie de interfase o puente entre el aprendizaje cultural y los fundamentos genéticos de la especie. En otras palabras, una síntesis entre lo nato y lo innato a través de la inteligencia instintiva del ritual. Cf. Victor Turner, Body, Brain and Culture, in, The Anthropology of Performance, PAJ Publications, New York, 1986.


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