Wednesday, May 28, 2008

JUEGO DE NIÑOS
Hay sabios del análisis.
Hay sabios de la síntesis.
El más genial es un niño.

¿QUIEN ERES?

Un hombre común. No soy un vidente en el sentido literal de la palabra. Pero he visto ciertas cosas.

¿QUE QUIERES?

Tengo fe en la inmanencia humana. La naturaleza histórica del hombre vista desde un ángulo universal. Esta sería la clave de la supervivencia en medio de fuerzas cataclísmicas aleatorias de la naturaleza y de las provocadas por el hombre mismo (la sociedad de consumo ilimitado) Quiero indicar una vía hacia una Cultura erigida sobre lo universal en el hombre.

EL INSTINTO DEL ANIMAL RACIONAL ES
LA BASE DE SU UNIVERSALIDAD

El instinto puede salvar al hombre de esta época atómica. El instinto unido a una somera síntesis de la Cultura Occidental. La historia es como un jardín, un vivero de plantas y de árboles. Allí crece el árbol del ‘hombre microcosmos’ (Hermetismo). De ese árbol habría sacado Goethe sus más geniales nociones universalistas. En ese árbol el hombre es la síntesis de la tierra y del cosmos. En este contexto el instinto sería una fuente de luz y de conocimiento para el hombre de esta época límite.
Ante la amenaza mortal que se cierne sobre la humanidad, el hombre está de pié en el comienzo: une su instinto a su intelecto.[1]
La Cultura nos dice de donde venimos y hacia donde vamos. Pero el mundo de hoy no centra su atención sino en los vicios, la frivolidad, la gula hecha ciencia, la ropa, el lujo y la violencia. La apariencia y la violencia marcan la pauta. La estética de la violencia define los estilos de moda.
Pero el hombre, quiéralo o no, es la síntesis de la naturaleza. Cuando el hombre se conoce a sí mismo, performa, realiza, se manifiesta ante el mundo y crea el ‘sentido’: la base de una Cultura universal.

SER ALGUIEN O SER NADIE

La naturaleza planetaria depende totalmente de Nuestra Señora desde el momento en que Dios se encarnó en Ella. Desde ese instante todas las relaciones lògicas pasaron a ser ontològicas.
Lo que yo digo aquì (‘Bramido del intelecto…’) está escrito en la historia de Occidente. Pero nadie (o casi nadie) quiso leerlo antes que yo. Esa lectura y toma de conciencia me ha elevado por encima de mi naturaleza ruda y tosca. Ahora soy ALGUIEN para el Espíritu del universo.

Sócrates con su Método nos señala el camino del hombre microcosmos. Tal como ya lo hemos subrayado, Dios hizo al hombre síntesis del Cielo y de la Tierra. En tanto que espejo cósmico, todo el Gran Universo (macrocosmos) está en él. Por eso el hombre mismo es la solución de todos los conflictos del mundo. Su realización-ejecución (Performance) saca a la luz del día lo que necesita para sobrevivir. En tanto que síntesis triple del universo el hombre es un pozo sin fondo de pura ‘competencia’, de capacidades natas e innatas que él mismo debe desentrañar como un minero en la oscuridad de una mina (Cf. Chomsky). Como un iniciado que desciende a las profundidades abisales, las tinieblas de sí mismo. Todo está en el ‘hombre microcosmos’.
Cuando el hombre microcosmos se ‘performa’ a sí mismo rompe los moldes de lo establecido para una época y erige los nuevos parámetros exigidos por el presente. Porque el hombre es un ser en evolución, fiel imagen del universo en expansión. Pero su realización también es una aventura peligrosa. Por eso está obligado a ser sabio, a conocer su molde primordial : el universo dividido en doce partes. A navegar entre el tiempo y el espacio. Entre el Bien (7) y el Mal (5).
Por eso es necesario capacitar al hombre para –más allá de su máscara o imagen social- hacerlo descender al misterio de sí mismo. Para no terminar ahogado como Narciso. Sólo así puede la humanidad sobrevivir a su talón de Aquiles: la ignorancia de si misma.


¡UNO, DOS, TRES: AL ESCONDITE INGLÉS!
Todo lo que perdura en el efímero ámbito humano es espíritu.
La Cultura es un Arte.

I- ‘QUELQU’UN’

Annhurst College (Connectticut, USA), 22 de enero de 1978. He llegado hace pocos días para obtener el TOEFL y entrar a la universidad. Contemplo el campus cubierto de nieve color azul grisáceo. Son como las 9:30 PM. Mi mirada se pierde en un mundo de figuras fantasmagóricas, cipreses y pinos congelados y cubiertos de nieve matizados por esa hermosa oscuridad azul de los campos nevados. De pronto veo una extraña figura al lado de la valla o cartel con el nombre del colegio. Es una figura que brilla con luz propia. Cierro mi ojo derecho y calculo el contraste luminoso entre el azul circundante y ella. Repito lo mismo con el ojo izquierdo. No me cabe duda: es una luz que difiere totalmente de su entorno. De pronto siento un deseo inmenso de salir de mi cuarto por la ventana (es la planta baja) y abalanzarme corriendo hacia esa figura a través de la nieve. Pero pienso en la profundidad de la nieve, mi precaria salud y lo fácil que es enfermarse en el bajo cero ambiente, en pleno Blizzard 1978.
Vuelvo a mi cama y mi atención, mi excitación se disuelve lentamente hasta que me duermo en medio de un extraño sentimiento de amarga pérdida.
Reflexionando a posteriori sobre este fenómeno, recuerdo que días antes, al rezar, había invocado a la Virgen María con los brazos abiertos como si fuera un profeta del Antiguo Testamento. Acababa de cumplir 23 años pero todavía vivía personalmente, intensamente, mi propio realismo mágico. Mi propia visión mítica del mundo. Mítica en el sentido espiritual. Mítica en el sentido de una profunda convicción en la instantaneidad, la inmediatez ontológica de la existencia humana: criatura preferida de los dioses y gran mediadora entre lo visible y lo invisible. Por eso, cuando levantando mis manos con el ademán y la fuerza de un mago invocaba el Eterno Femenino Universal en su avatar incontestable, mi fe, todavía infantil, todavía lúdica, me daba una certeza, una extraña plenitud inefable incapaz de ser comunicada a ningún ser viviente.
Al día siguiente, durante la misa sucede algo que no puedo olvidar. Cuando el sacerdote llama a comulgar oigo una voz que viene del altar. Una voz de mujer, cálida y jovial. Una voz tan humana y femenina, tan plena que en su hermosa vibración lleva la hermosa presencia corpórea de su autora. ‘Ven’. Veo a mi alrededor, avergonzado. Por salir a la luz del protagonismo ante el auditorio de la iglesia. Siento una gran vergüenza y cuando veo o creo ver la mirada dura y antipática de las jóvenes nativas me hago el loco y no voy. No voy a comulgar. Otra vez vuelvo a sentir ese desgarrón profundo. Esa certeza interior de pasar al lado de una oportunidad inimaginable para un ser humano. Tiemblo. He rozado por unos instantes una dimensión supraterrestre. Pero no he querido traspasar el umbral y he vuelto con una rara amargura a la banalidad de la existencia humana. Por el resto de mis días.
A los pocos días, el domingo siguiente quizás, una novicia norteamericana al pasar a mi lado me pregunta: ‘Did you see Her?’ Grande es mi sorpresa y no sé que contestarle. Ella no espera mi respuesta y se pierde al instante entre la corriente de sus hermanas.


Harvard, diciembre de 1978

He soportado a duras penas el empeoramiento de mi rinitis y todos los malentendidos provocados por la anoxia. He salido de Annhurst College en Connectticut en direcciòn al apartamento de un amigo en Boston. Con el alivio de los que escapan de una prisión o de una tormenta, como el Dante en el primer canto de la Divina Comedia. Mi objetivo es la Universidad de Nuevo Mexico pero todavía no sé que me veré obligado a volver a Annhurst en enero por problemas de inscripción.
Mi estado psíquico es frágil. Pero la familiaridad, la confianza que tengo con Enrique, su jovialidad y buen humor me suben el ánimo. Enrique estudia ingeniería en el M.I.T. Su objetivo es la excelencia a cualquier precio de trabajo y esfuerzo. Pero también es un bon vivant , un Play Boy. En ese preciso instante está enfermo de gonorrea. Me da una información somera al respecto que pronto olvido en el entusiasmo de mi escape a la libertad. Su aviso concierne el uso del único baño del apartamento. La posibilidad de infección al sentarme en el W.C. Y eso es exactamente lo que me va a suceder al sentarme despreocupadamente en el inodoro en la primera oportunidad. Al cabo de poco tiempo me doy cuenta de que me he infectado yo también, Para mi es un desastre. Porque una serie de circunstancias han mermado mi resistencia física y psíquica. Por eso, al acostarme esa noche pensando en Nuestra Señora le imploro con el corazón en la mano que me evite otro tratamiento con antibióticos que soporto a duras penas, ahogado por la rinitis crónica, lastimado por la sífilis, alérgico a la penicilina. Todo esto no lo pienso. Lo siento amargamente y dejo en manos de la entidad divina con una profunda, sarcástica resignación que me estremece justo antes de caer profundamente dormido.
Mi sueño es oscuro y profundo, como la noche sin luna. Pero veo una luz, como la de una lámpara que una mano invisible acerca a mi por el rabillo del ojo. La luz penetra en mi vientre y siento que algo me quema y consume. A la mañana siguiente mis interiores están manchados. Es una mancha de color marrón rojizo muy oscuro. Toda la infección ha sido cauterizada por ese fuego que mi conciencia dormida reconoció. Elevo una sincera plegaria de acción de gracias.

1979

El resto de mis días en Annhurst transcurrió entre la monotonía del estudio y la baja temperatura invernal que me hizo sufrir enormemente por mi rinitis crónica. Pero el sol volvió a su plenitud normal en mayo presagiando un muy cálido verano. Lo último que recuerdo de mi estadía en el college es algo que puede sonar a soberbia pura. Sin embargo sucedió. Un evento paranormal escondido en la cotidianidad. Junio 1979. Yo venía caminando por el medio de un pasaje de cipreses y pinos muy altos. De pronto un viento, yo diría una especie de remolino invisible, comenzó a soplar en medio de los árboles y sobre mí, haciendo ondular y temblar a cada uno de ellos de abajo hacia arriba de forma que me hacia lucir como a Moisés cruzando el Mar Rojo. Los estudiantes que me veían desde afuera se frotaban los ojos sin poder dar crédito a lo que veían. A mi se me salían las lagrimas porque sentía que no podía armonizar mi ordinaria realidad intrascendente con este tipo de cosas. Odiaba llamar la atención. Más aún cuando se me señalaba con el dedo.
Porque a partir de septiembre 1978 (Fall), había comenzado para mi un gran sufrimiento. Una combinación de circunstancias había dado lugar a una reacción neurótica. Yo sufría de rinitis crónica desde hacía años. Pero la sensibilización a la que me había sometido la susodicha enfermedad, unida a los continuos cambios de temperatura al entrar y salir de los recintos con calefacción, me produjo una especie de anoxia. Un hombre que se ahoga une en su agonía lo subjetivo a lo objetivo. Por eso gozaba de mala fama entre los estudiantes del campus.

Estos fueron momentos dignos de mención a mi paso por U.S.A. Ahora, ¿cómo describir mi vida entre 1979 y el año en que la voz del Arcángel San Miguel se dirigió a mi aquella tarde parisina de 1997? La voy a pintar con una simple frase. La vida de un auriga con grandes problemas para dominar a su caballo negro (Cf. Fedro, Platon). La vida de un hombre curado in extremis de un muy alto nivel de sífilis en la sangre. En efecto, yo –tímido a la vez que apasionado por la belleza femenina- me había enfermado de sífilis a los pocos días de celebrar mi cumpleaños en diciembre de 1975. Pero por vergüenza no le notifiqué a mi madre este hecho sino a finales de abril del año siguiente. Para colmo era alérgico a la penicilina y tuve que tomar cantidades enormes de eritromicina.
Me decidí a poner estas intimidades por escrito cuando me di cuenta del paralelismo entre la figura del Fausto de Goethe, la vida de un hombre convertido en asno, y ciertos detalles de la mía.

PARIS, VERANO DE 1997

Vivo en casa de mi buen amigo Gérard Daval. 4, rue Francoeur en Montmartre. Me gusta pasearme por las empinadas calles que bajan de Montmartre hasta la Porte de Clignancourt. Aquel día desciendo a la Mairie del XVIII por la rue Ramey. Paso la iglesia en dirección a un supermercado en el Boulevard Ornano. Allí compro granos, latas de atún y jugos de frutas. Pero cuando hago la cola para pagar, la pareja que me precede comienza a hablar mal de mí, como si me conocieran. Me tomo muy a mal esta coloquialidad familiar de tono denostante de esta gente del XVIIIeme. Los miro con ira y cuando salgo empiezo a hablar mal de esos formalistas intolerantes. Vuelvo a tomar la rue Ramey en dirección a Jules Joffrin pronunciando un largo monólogo contra los intolerantes de Francia, de Paris y del mundo. El tiempo está nuboso. Algunos cúmulo-nimbos presagian lluvia. Retumban a lo lejos rumores lejanos de malestar atmosférico. De pronto, cuando ya casi estoy llegando a la altura de Notre Dame de Clignancourt se empiezan a oír truenos. En medio de una descarga (tonnerre de Brest!) me quedo estupefacto. Porque el cielo sobre mi cabeza ha cobrado vida y ha pronunciado una palabra. Una voz de trueno, el trueno mismo, ha pronunciado desde el cielo encapotado: “Quelqu’un”. Mudo de la sorpresa y haciendo un leve gesto de reverencia me he persignado y he continuado mi camino calle arriba bajo la lluvia. Silencioso y cabizbajo he pensado que, cuando el Cielo habla, el hombre debe guardar silencio.
El estampido de la voz del trueno ha sido impresionante. Me siento anonadado. Impresionante potencia de la voz del trueno. Ahora oigo desde el balcón de un apartamento que alguien musita “Quelqu’un!”. Oigo como el apagado rumor de todos los habitantes de Paris repitiendo con sorpresa “Quelqu’un! Y yo se que ese “Quelqu’un” soy yo, el humilde estudiante suramericano que va y viene con su chariot cargado de libros entre Paris 8, la EPHE, y Montmartre, 4, rue Francoeur por obra y gracia de mi noble amigo Gérard Daval.
Llego a casa de Gérard dándole vueltas a la cabeza. Reflexiono y pronto encuentro una pista. Performance. La noción espectacular de Victor Turner. Fascinado por la riqueza del concepto, lo he modificado colocándolo en el contexto del hombre microcosmos a la manera del Hermetismo del Renacimiento y de la universalidad de Goethe y Rudolf Steiner. Además tuve una visión. Hela aquí a grandes trazos: Estoy en Montmartre. En la basílica del Sacré Coeur (a donde asisto a oír la misa semanalmente). Desde el exterior de la cúpula desciendo por una cuerda. Desciendo y dejo arriba y atrás la Basílica que ya no es sino un perfil negro. Abajo esta el vacío. Pero en mi descenso tropiezo con alguien que sube por el otro extremo de la cuerda. Es un hombre de complexión asténica con el pelo gris. Viene de un gran vendaval porque, aferrado a la cuerda, aprieta los ojos y el gesto como si estuviera en el Everest. El viento sopla fuerte a su alrededor, pero yo ni lo siento. Miro hacia abajo y observo que la cuerda sale de un pentagrama de mármol pulido, bellamente veteado, con letras doradas a los lados. De pronto veo aparecer a un hombre que parece un sacerdote diciendo: “Es mucho lo que este lugar le debe a Richard Schechner”
Mi interpretación de esta visión me llevó a pensar que yo era alguien destinado a representar un nuevo tipo de Performance. Porque de eso se trataba: del libro de Victor Turner The Anthropology of Performance, editado por Richard Schechner después de la muerte de su autor a finales de los años 80. Este último era decididamente el hombre sobre quien había descendido desde lo alto del Sacré Coeur. Él subía a duras penas. Yo bajaba sin mucho esfuerzo. La cuerda podía ser la noción de Performance que yo quería extender al plano universal y triple del hombre microcosmos. Del hombre sintético, fiel imagen del universo en expansión.


II- LUCIO EL ASNO

La historia de Lucio es, como la del Fausto, una parábola del
hombre de esta época, quien, ya en las garras del demonio,
encuentra su salvación en el Eterno Femenino universal.


Grecia, siglo I A.D. Lucio es un hombre de buena familia. Se encuentra en viaje de negocios. Es un amante de la belleza femenina y encuentra en la esclava Fotide el umbral a un mundo de lujuriosa sensualidad y pasión. Es un hombre común que ama a una mujer en cuerpo y alma. Pero algo dramático sacude su banal existencia. Un suceso extraordinario que deriva del auge de la hechicería, la brujería en este primer siglo del Imperio Romano. Lucio es transformado en asno por el mal uso de una sustancia mágica. Ahora bien, ¿Qué es la vida de un asno? Es el umbral a una vida de maltratos físicos, abusos sadistas, esfuerzos sin nombre. Una vida terrible de trabajos forzados y de hambre. Este es el tema de La Metamorfosis o El Asno de Oro de Lucio Apuleyo.
A vista de pájaro, lo primero que le llama la atención al lector de esta inmensa obra (precursora del género picaresco en tanto que reflejo idiosincrático de su época) es justamente esta oposición extrema entre el placer y el sufrimiento. Antagonismo estrictamente iniciático que da lugar a la conversión del joven Lucio en un digno sacerdote de la Gran Diosa. En un verdadero místico, devoto del Eterno Femenino universal. La Tierra Madre. Isis.
Según Rudolf Steiner, la iniciación sería el signo característico de nuestra época. Steiner hablaba al principio del siglo XX y se refería a una época determinada de la evolución de los seres humanos sobre la tierra. Nuestra época.
Según Platón, existen cuatro tipos de iniciación amorosa de la Belleza (Cf. El Banquete). Cuatro peldaños situados delante de la caprichosa y voluptuosa voluntad humana. El primero se refiere al cuerpo: una cuestión puramente formal. El segundo es el amor a la belleza de las almas. El tercero concierne el amor al conocimiento operativo de las cosas: la ciencia. El cuarto -amor a lo bello en sí- deriva a menudo de una revelación personal y se expresa en el amor apasionado por una… Idea. Pero las Ideas son universos en sí mismas. Umbrales que conectan con una relación espacio-temporal supra-terrestre. Existen tres Ideas fundamentales en el universo: la Verdad, la Belleza y el Bien. Respecto a la iniciación amorosa: ¿cual es tu nivel personal, amigo lector? Porque siendo todo triple en la naturaleza estos cuatro niveles contextualizan toda la actividad humana, física, psíquica y espiritual. La mayor parte de nosotros se sitúa entre el primero y el segundo. Pocos poseemos el cuarto nivel, la flor y nata de la actividad intelectual del ser humano. Lucio persigue la belleza del cuerpo y se dirige al desarrollo de la belleza del alma en tanto que rico propietario prometido a altos estudios jurídicos. Pero Lucio es derribado al suelo por un golpe del destino que lo lleva a conocer realidades inimaginables. Las que conforman la experiencia cotidiana de ciertos seres. En este caso la vida de un asno. Sacudido por lo que promete ser un destino implacable y de indecibles sufrimientos sin la menor esperanza de redención, Lucio penetra de la manera más humilde en el devenir de las clases miserables. Comparte con ellas el sufrimiento y la angustia. El hambre, el miedo y la desesperación. Pero también la alegría de poder llevarse algo a la boca después de todo un día de trabajo incesante en la rueda de un molino o arando la tierra bajo el ardiente sol. Es un proceso iniciático que lo conduce a los límites de su capacidad en cuerpo, alma y espíritu.
El final de su doloroso camino es una playa de blanca arena a la caída del sol. Allí, rendido por el cansancio se entrega a un dulce sopor. Cuando recobra el sentido en medio de la noche la inquietud lo posee, pero la luna llena que acaba de surgir del horizonte marino, lo ilumina. Lucio sabe que todos los seres y los elementos están regidos por el poder de su luz. Los seres regidos por sus fases crecen o menguan de acuerdo con ella. Entonces Lucio el asno, viendo ahí una oportunidad de salvación, y habiendo sumergido siete veces su cabeza de asno en las rutilantes aguas de la bahía, eleva una sincera plegaria a la diosa omnipotente:

“¡Oh reina del Cielo! Ya seas Ceres nutricia, madre creadora de las mieses, que, rebosante de gozo por haber hallado a tu hija, hiciste desaparecer la vieja costumbre de alimentarse de bellotas, comida propia de bestias, al mostrar a la humanidad un alimento más dulce, y que ahora habitas con frecuencia en los campos de Eleusis.

Ya seas celestial Venus, que, al engendrar al Amor, en los primeros tiempos del universo, uniste los sexos contrarios y, tras haber perpetuado el género humano con una eterna renovación de la especie, eres ahora venerada en el santuario de Pafos rodeado de olas.

Ya seas la hermana de Febo, que, ayudando a las mujeres en los alumbramientos, prodigándoles remedios que mitiguen sus dolores, has hecho nacer pueblos numerosos y ahora eres adorada en tu famoso templo de Efeso.

Ya seas la terrible Proserpina, diosa que lanzas por la noche lúgubres lamentos, diosa de triple rostro, que reprimes los ataques de los espectros, tienes encerradas las prisiones subterráneas, andas errante por los distintos bosques a ti consagrados y se te hace propicia mediante ritos diversos.

¡Oh diosa! Tú que alumbras con tu luz femenina todas las murallas, que nutres con tus húmedos rayos las semillas fecundas y dispensas claridades inciertas en tus errabundeos solitarios, sea cual fuere el nombre, el rito y el aspecto con el que sea lícito invocarte,

ayúdame en mis ya extremas desdichas, da fuerzas a mi desfallecida fortuna; después de haber apurado los más duros reveses, concédeme el descanso y la paz; basta de sufrimientos, basta de peligros. Aparta de mí esta maldita apariencia de cuadrúpedo, devuélveme a la vista de los míos, haz que vuelva a ser el Lucio de antaño y, si alguna divinidad ofendida me persigue con su saña, séame al menos permitido morir, si no me está permitido vivir.”[2]

La plegaria de Lucio es escuchada. Una divina faz eleva su rostro por encima de las olas. Es Isis, quien se muestra a Lucio con todos sus atributos cultuales. La alocución de Isis es una bella página, una hermosa síntesis de la cultura instintiva de la humanidad:

“Aquí estoy, a tu lado, Lucio, movida por tus plegarias, yo, madre de la naturaleza universal, soberana de todos los elementos, principio originario de los siglos, suma y compendio de todas las divinidades, reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, prototipo uniforme de diosas. Yo gobierno según mi voluntad las luminosas cumbres del cielo, las brisas favorables del mar y el profundo y desolado silencio de los infiernos. El mundo entero venera mi divinidad una e indisoluble bajo multiformes apariencias, diversos ritos y múltiples nombres.

Los frigios, primeros hombres del mundo, me llaman madre de los dioses, diosa de Pesinonte; los atenienses autóctonos, Minerva Cecropia; los chipriotas, bañados por las olas, Venus de Pafos; los cretenses portadores de flechas, Diana Dictynna; los sicilianos, que hablan tres lenguas, Proserpina Estigia; los habitantes de la antigua Eleusis, Ceres Actea.

Unos me llaman Juno; otros, Bellona; éstos Hécate; aquéllos Rhamnusia. Aquellos a quienes el dios Sol, al surgir por oriente, ilumina con sus nacientes rayos y alumbra en su ocaso con sus últimos resplandores, los pueblos de las dos Etiopías, y los egipcios, poderosos por su antigua ciencia, me adoran con mis ritos peculiares y me llaman “la reina Isis”, mi verdadero nombre.

Estoy a tu lado, compadecida de tus desdichas; estoy junto a ti, favorable y propicia. Desecha, pues, tu llanto; pon fin a tus lamentaciones; aleja de ti la tristeza; ya luce, gracias a mi providencia, el día que te traerá la salvación. Presta, pues, una atención escrupulosa a estas instrucciones que voy a darte.

Una piadosa y eterna costumbre ha dado mi nombre al día que nacerá de esta noche, en el cual, una vez calmadas las tempestades del invierno y mitigadas las olas del proceloso piélago, cuando el mar se ha hecho ya navegable, mis sacerdotes, dedicándome una nave recién hecha, me ofrecen las primicias de la navegación. Tú deberás aguardar esta fiesta sin inquietudes, pero también libre de todo pensamiento profano.

En efecto, advertido por mí, el sacerdote, en el curso mismo de la procesión, llevará en su mano derecha una corona de rosas unidas a su sistro.

Por tanto, ábrete paso sin vacilar por entre la gente y únete con entusiasmo a mi cortejo, confiado en mi benevolencia. Cuando estés cerca del sacerdote, como si te dispusieras a besar su mano, coge las rosas y despójate al instante de la piel de esta maldita bestia, que me es odiosa desde hace mucho tiempo.

No temas, como si fuera difícil, nada de lo que yo te haya ordenado. Pues, en este preciso momento en que vengo a ti, estoy a la vez presente allí e instruyo a mi sacerdote, durante su sueño, acerca de las cosas que hay que hacer enseguida.

Por orden mía, las apretadas masas del cortejo se abrirán ante ti y nadie, en medio de estas jubilosas manifestaciones de culto y del alegre espectáculo de mi fiesta, se asustará de la deforme figura que ahora tienes. Nadie interpretará torcidamente que cambies de pronto de forma, ni te acusará malévolamente por ello.

Mas, sobre todo, recuerda, conserva eternamente grabado en lo más profundo de tu corazón, que me has consagrado el curso restante de tu existencia, hasta el fin de tus días, hasta tu último suspiro. Es justo que dediques lo que te queda de vida a la diosa por cuyo beneficio has recobrado tu puesto entre los hombres.

Ahora bien, vivirás felíz, vivirás lleno de gloria bajo mi protección y, cuando una vez recorrido el camino de tu vida terrena, hayas descendido a los infiernos, allí también, en este subterráneo hemisferio, aunque me ves aquí, me encontrarás también brillando en medio de las tinieblas del Aqueronte y reinando sobre las profundas moradas de la Estigia. Tú también, habitante de los Campos Elíseos, rendirás allí constante homenaje a mi divinidad propicia.

Y si, por tu obediencia escrupulosa, por tu piadosa consagración a mi servicio y por tu intachable y constante integridad, te haces acreedor a mi protección divina, comprobarás que soy la única divinidad que puede prorrogarte la vida más allá de los límites fijados por tu destino.” [3]


III- FAUSTO: EL AURIGA

Fausto es un apasionado de la Belleza. La Belleza en Margarita, en Helena, en el mundo. La belleza en un proyecto social que eleve al hombre y lo haga libre. Es un idealista. Un idealista que pacta con el mismo demonio en busca precisamente de la Belleza que se esconde en este mundo. Y es la belleza personificada en el Eterno Femenino la que lo libra de la condenación eterna.
Todo esto es evidente en tres momentos del drama: 1) el Prólogo en el Cielo; 2) el pacto de sangre; 3) la escena final o muerte de Fausto.
En el Prólogo en el Cielo aparece un tema trascendente y recurrente en la obra de Goethe: el pensamiento durable o conversión de lo efímero en experiencia de conocimiento integral ( físico, afectivo e ideal). Este es el tema central de su bello cuento de la Serpiente verde y la Flor de Lis.[4]
Con respecto a la condenación de Fausto, ¿Puede un instante de eternidad en la Belleza hacer trascender todo el egoísmo, la violencia, el Mal en el hombre? Si tal es el caso, Fausto embauca a Satanás por no conocer bien a Platón. El alma que accede a la Belleza (símbolo del espíritu eterno) escapa de las garras del demonio. Ese es el mensaje de ese iniciado que es Goethe. La Belleza, ese símbolo de lo espiritual eterno, es la causa y el efecto del potencial creativo humano. La creatividad, la imaginación es el primer paso hacia lo eterno en el hombre. El arte, el juego, la imaginación liberan al hombre de la dictadura de los límites del conocimiento: la lógica material y la lógica natural (cuerpo y mente) Schiller dixit.[5]
¿Existe alguna relación entre las rosas de Lucio y las rosas de Fausto? Tal como lo afirma Manfred Schmidt-Brabant en su análisis del Fausto de Goethe, las rosas son el símbolo de la naturaleza instintiva del racional animal humano transformada por el amor apasionado, purificada en el sufrimiento, la expiación, el sacrificio por amor.[6]
Lucio es convertido en asno por un error en la cocina de una hechicera. Su antídoto es simple y efectivo: al comer una rosa volverá a su estado normal. Pero esa es precisamente la tragedia de Lucio: las cosas simples a veces devienen complejas y raras. Aquello que es posible para un hombre normal es más que imposible para un asno. De Manera que Lucio esta prometido a un sufrimiento inefable e impensable. Su salvación, su ‘acceso a la rosa’ sólo es posible por la intervención del poder divino de una diosa: Isis-Ceres-Demeter. Es el Eterno Femenino el que salva a Lucio –ese símbolo del hombre ordinario, sensual y apasionado- de una humillante regresión a un estado animal ya superado.
Fausto también es salvado de la humillación suprema, la pérdida total de su alma inmortal por la intervención del Eterno Femenino. El Amor que unifica el Arte, la Ciencia y la Religión. Las rosas que los ángeles le arrojan a los demonios venidos a capturar el alma vendida al demonio son la imagen del amor sublimado de sus bajos instintos en el marco contextual del Eterno Femenino universal personificado por María.[7]

El paralelismo es neto porque el mensaje de ambos autores apunta hacia lo universal en al hombre. Lucio y Fausto. Dos símbolos del hombre moderno y de la Civilización Occidental para un mismo mensaje apocalíptico: es necesario transformar el Mal en Belleza y Arte. Esa transformación sólo es posible a través del Amor. A través de esa reminiscencia de Belleza eterna que, según dice Platón en el Fedro, es alcanzada por el auriga que logra dominar el caos de su pensamiento, su sentimiento y su voluntad representados por una yunta de dos caballos de naturaleza opuesta.
Ahora bien, ¿Qué son en sí mismas estas instancias? Preparaciones. Prefiguraciones. Avisos en una vía que lleva a la extinción de la raza humana. ¡Peligro: Extinción! En un mundo hi-tech que rivaliza para encontrar medios de destrucción cada hora más sofisticados el hombre debe transformar su naturaleza animal (flamantemente camuflada en lo más alto de su inteligencia) en el canto de armonía que nace de la síntesis de los dos extremos de la entidad humana. La letra de ese canto del instinto se llama Isis-Ceres–Demeter. ¡Se llama María! Ese es el círculo semántico del Amor, el principio ontológico del universo. El hombre debe hacer surgir de sí mismo la idea que la esencia intrínseca de la Naturaleza, siendo el símbolo de todos los procesos generativos que sustentan la vida, es la de una misteriosa entidad femenina. Representación del amor cósmico, universal, de la Gran diosa Madre. Este es el gran misterio de nuestra época atómica y apocalíptica.
El umbral de una nueva época de generación en la Belleza como nunca antes ha existido.
Por eso la Iglesia católica debe poner de lado su racionalismo, su lógica formal y volver al principio del cristianismo original donde las más altas realidades eran compatibles con los pensamientos, los sentimientos de los niños.
Porque lo más alto en la realidad humana se encuentra en el polo opuesto de la lógica y del racionalismo.
El futuro de la humanidad es una cuestión de Amor. De Amor sublimado. Del Amor eterno de la Gran Madre. Porque Lucio, Fausto, yo y tú mismo, amigo lector, somos, en la serena y tranquila tragedia de la existencia humana, prefiguraciones del hombre común y de nuestra incierta Civilización Occidental. Prefiguraciones de un drama apocalíptico que nos espera a la vuelta de la esquina. Cuando deberemos convertir la experiencia banal cotidiana en pensamiento durable, en experiencia eterna.

[1] Cf. Jerzy Grotowski, Tu es le fils de quelqu’un (...)
[2] Lucio Apuleyo, La Metamorfosis o el Asno de Oro. Bilbao, Universidad de Deusto, 1992, p. 448.
[3] Ibidem, p. 450-454.
[4]Goethe, Relatos de los emigrados alemanes (...)
[5]Schiller, Lettres sur l’éducation esthétique de l´homme (...)
[6] Manfred Schmidt-Brabant, Les sept degrés de l'initiation. DGP, Montreal (Québec), 1998.
[7]Eterno Femenino representado por Margarita quien con su sacrificio sublimó su pasión por Fausto en el último momento. Las rosas nacen precisamente del amor sublimado de Margarita.

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