Thursday, July 21, 2011

En el umbral del ETERNO FEMENINO UNIVERSAL

¿Qué son estas extrañas luces que revolotean sobre mi cabeza y torso?







Antes de proseguir con el relato de mi vivencia personal debo hacer hincapié en que todo hombre no está facultado para este tipo de experiencia. Hace falta cierta flexibilidad que sólo nace de la ingenuidad y la fantasía. Hace falta tener un niño interior viviente detrás del rígido pragmatismo, el sentido común de todo adulto sensato. Yo soy un adulto sensato, pero en mi alma quedaba todavía un resto de infantil fantasía, un hermoso resto de mi más pura animalidad lúdica y ritual a la vez. Ese instinto lúdico se convirtió en el umbral de lo inimaginable. Porque comenzar a hablar con esta bella alma de la más hermosa mujer fue cruzar el umbral de lo inimaginable.
La mañana siguiente a mi encuentro con el alma de la hermosa difunta fue igual a todas las mañanas. Me levanté a las 9 PM y desayuné. Después salí de mi casa para hacer ciertas diligencias cotidianas. Pero poco a poco me fui dando cuenta que un ser humano me observaba con atención. Y en su atenta observación de mi persona ella misma se me hacía visible cuando yo cerraba mis ojos. Porque era sin duda una mujer. En la bóveda oscura de mi mente la veía como una figura situada a una distancia considerable. Una figura algo lejana y de rasgos imprecisos y borrosos. Mi vida ese día y el siguiente transcurrió normalmente. Pero esa presencia, esa mirada del otro sobre mi cabeza era para mí a la caída de la noche una evidencia innegable, un hecho real. Así que comencé a hablarle a esta misteriosa mujer que habitaba en mí. Por supuesto que lo primero que hice, antes de conversar con ella, fue dirigirme a una fuente de datos. Allí encontré todo lo que necesitaba saber. La primera conversación creo que tuvo lugar la noche del segundo día. Me acuerdo porque en horas de la tarde (2 a 3 PM) había frecuentado los kioscos de frutas que circundan los alrededores del Mercado Guaicaipuro. Allí tuve un altercado con un vendedor de huevos cuando, al constatar la pequeñéz de los mismos hice un ademán de rechazo. El vendedor, de muy mala catadura, comenzó a insultarme haciendo referencia a mi, según él, muy posible condición de homosexual. Al instante me di cuenta que estaba armado con un cuchillo y silenciosamente seguí caminando calle abajo. Con una sensación de alivio, sintiendo en mi humanidad la presencia del ánima que me acompañaba, me felicité por mi rápida reacción. Y me sentía como una especie de mago Merlín teniendo en mis manos los arcanos de la realidad del alma humana que tanto había buscado en mis estudios de antropólogo y arqueólogo. Aquella noche, cuando todos en mi casa se habían acostado comenzó mi monólogo de Hamlet. Pero no era un monólogo sino el Performance cultural por excelencia, el espectaculo del mito original que crea civilizaciones y nuevas religiones.






La idea de hablar con un ánima me seducía. Era para mí como una aventura cultural inenarrable por lo inefable y misteriosa. Y por supuesto que desde un principio tuve que dirigirme a ella en inglés porque sabía que esa alma era la de la bella mujer que había visto en la película. Así que comencé a expresarme en ese inglés que una vez había dominado pero que había dejado morir por la falta de práctica a lo largo de 28 años ( me gradué de antropólogo en la Universidad de Oregon en el año 1983). Poco a poco me fui dando cuenta del tipo de persona con quien estaba tratando. Una exquisita femineidad se expresaba en ella unida a un rígido pragmatismo, un sentido de la lógica y una muy fuerte voluntad. Era una mujer apasionada que amaba su libertad tal como muy pronto lo iba a descubrir. La primera conversación entonces estuvo contextualizada, para mí, en el fenómeno conocido como “huella”. La huella de la profunda pasión con la que mi alma se despertó a su presencia, el primer día que la ví. En efecto, yo no quería saber nada de la experiencia vital de esta mujer. Sabía que había tenido una larga vida llena de experiencias de todas clases pero no quería jugar el rol del sacerdote o el psiquiatra sino el del amante. Para cualquier persona con sentido común, eso de ser galante con el alma de un muerto carece de todo sentido práctico. Por decir lo menos. Pero en mí no se imponía el sentido común sino el idealismo mágico más temerario. Además, la belleza extraordinaria de esta mujer era para mí un reencuentro – un banquete sensorial, un Jardín de las Delicias surgido del mito – con ciertos diálogos de Platón (especialmente El Banquete y Fedro) referentes a la naturaleza del alma y de la Belleza en sí misma, su razón de ser en este mundo y en el más allá contiguo a la eternidad. Así que comencé a cantarle, como un verdadero trovador, el profundo sentimiento de mi amor, el deseo, la admiración y la pasión desenfrenada que su misteriosa y conmocionante belleza causaba en mi alma. Extraño fenómeno, yo sabía que la época de su extraordinaria belleza ya había pasado, pero la trataba como si esa sublime belleza formal fuera un atributo funcional de su entidad espiritual. La trataba como una especie de diamante de hermosas facetas porque sabía instintivamente que en ella estaban latentes y activos todas las circunstancias y momentos físicos y psíquicos que conformaban la experiencia total de su existencia terrenal. Cuando mi naturaleza fogosa y apasionada comenzó a definir claramente mi rol de apasionado y temerario seductor sentí que ella no manifestaba el menor interés. Mi simple lenguaje poético enfocado y concentrado en la seducción avanzaba inexorablemente hasta un “point of no return”. Pero ella no parecía responder a mi cortesana, trovadora, caballeresca actitud. La sencilléz apasionada de mi verbo, alcanzaba –quizás motivada por la misma falta de vocabulario- verdadera altura poética. Mi pasión por ella me hacia improvisar las frases en inglés más hermosas que jamás hubiera pensado recrear. Pero ella no quería un amante, y me lo decía con la tajante fuerza de voluntad que era el sello distintivo de su personalidad. Con la exquisita clase y delicadeza que se filtraba a través de sus expresiones –que yo mismo transcribía sin mucho esfuerzo (+ o – 70% de precisión) pues sentirla y pensarla eran la misma cosa – me dí cuenta de la calidad ejemplar de esta dama. O al menos eso era lo que deducía de su aparentemente exquisita pureza interior. Pronto tendría oportunidad de descubrir cuan equivocado estaba. No que ella no fuera una gran dama, como en realidad era. Ella era en realidad sòlo un maravilloso ser humano, pero el ser humano más apasionado, más volcánicamente afectivo, más deliciosamente sensual que alguna vez haya encarnado en este mundo. Y este era el profundo enigma y el secreto trágico de su dramática existencia: no era un ser humano sino una semidiosa.
En vez de un amante ella se convirtió en mi alter ego, mi secretaria y mi protectora. Así, comenzó a analizar mi vida, mi situación integral como persona. ¿ Por qué había logrado graduarme de Doctor en Arte Dramático? ¿Por qué esa carrera como antropólogo y arqueólogo? ¿Por qué no ejercía como profesor, o porqué ese rotundo fracaso en mi vida profesional? Lo primero que me hizo saber era que tenía que modificar el exiguo espacio vital en el que se desenvolvía mi existencia. En efecto, yo soy un acumulador compulsivo de toda clase de objetos (periódicos, libros, notas, revistas y cuadernos de estudio de hasta 30 o 40 años atrás) y mi cuarto y mi baño parecían un depósito de quincalla china. Mi cama fungía forzosamente de mesa durante el día. Cuatro estantes de cinco niveles cada uno hacían posible la Torre de Babel de mi vida. Tambien ella trató de modificar desde el principio mi aspecto y aseo personal así como mi salud en general y mi ritmo de vida. Pero mis trastornos gástricos – causados por una sífilis a los 20 años, curada in extremis a punta de eritromicina via oral en grandes cantidades- eran para ella algo insufrible. Y así me lo hizo saber cuando llegó la hora del primero de una larga serie de ultimátums. Ultimátums en los que me amenazaba con irse de mi vida de la misma manera que había llegado a ella. También sabía que yo sufría de una rara enfermedad neurológica –muy difícil de curar- causada por la sífilis avanzada ya mencionada y que casi acabó conmigo en 1976. Según ella, aquel peso terrible que lastraba mi pensamiento, tenía cura. Yo en todo le daba la razón y pronto me dí cuenta de que la mejor manera de tenerla contenta y visible a ojos vista era obtemperar y hacer inmediatamente lo que me exigía. Así, en mi casa fueron testigos del suceso, por lo menos notorio, de verme botando viejos libros y cachivaches, bolsas con hilos y cables de cobre y recipientes de vidrio y plástico que guardaba para un posible y sempiterno uso. Empecé a hacer espacio en mi vida y sentía que algo nuevo y renovante estaba ocurriendo. Así hice espacio en mi baño y mi habitación. Boté cosas pero no tanto como ella estaba esperando. Y sentí su profunda decepción. Yo sabía que su maravillosa presencia en mi vida era como el acceso a un recinto universal con el que siempre había soñado. Desde la ingenuidad mítica de los cuentos de hadas de mi infancia (Cf. H. CH. Andersen) que mi hermana Alejandra me leía de vez en cuando. Algo maravilloso e inefable había comenzado en mi vida. Pero, oh ironía, no iba a significar la felicidad para mí, sino algo muy parecido al más extraño sufrimiento que un hombre pueda imaginar. Porque mi pasión por aquella hermosa alma de Belleza más que divina me había llegado ya a la médula de los huesos. Me había convertido con el paso de los días -y las extrañas circunstancia que estoy obligado a relatar por mi profundo amor a la Madre Tierra- cual un verdadero adicto a la heroína, en un enamorado perdido, ahogado en su propia pasión, en un naufrago del Cielo y de la Tierra, en un hombre sin patria ni referencia cardinal, extraviado
en el océano infinito del Eterno Femenino cósmico.

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