El escenario teatral
Diario de un hombre en el Umbral
-Esta historia… provoca admiración. Algunos creen, otros no, porque no quieren cambiar su visión del mundo
-Los ‘aéreos’ juegan con el tiempo, con el sentimiento humano.
-La ‘Verdad’ es una ‘Ejecución’. ‘Truth’ is a Performance.
¿Tiene derecho el hombre a ver claro en el Umbral? Sí, si es un iniciado. No, si no lo es. A lo sumo tiene derecho a aprender a jugar el juego de la Libertad. Tiene derecho a convertirse en el protagonista de un drama. El drama de su propia ilusión, en el escenario teatral donde el alma inmortal del hombre aprende el alfabeto de la eternidad.
Debido a mi supina ignorancia creí haber descubierto que la famosa revelación –posterior al 1 de julio, día del Sagrado Corazón de Jesús- no era de naturaleza ‘luminosa’…, sino todo lo contrario. A través de una serie de percepciones y reflexiones respecto a la terrible depresión crónica que era la constante de mi vida en la ausencia de Adamanta. Comienzo desde el principio.
En los días previos a ese preclaro 1 de julio 2011, estuve recibiendo mensajes que me preparaban para un evento inminente. El último mensaje me decía claramente: “Asegúrate de llegar a la Iglesia antes que nadie”. Por supuesto que no entendí su sentido. Pero lo tomé en serio. Llegué a la Iglesia una media hora antes del comienzo. Entré en la nave de la Iglesia de la Inmaculada Concepción del Recreo por la puerta lateral izquierda. Me arrodillé persignándome y me dirigí a mi rincón favorito, en la mitad de la nave y a mi derecha del altar. Justo en el mismo lugar donde había recibido, aquél día de junio, el mensaje de Nuestro Señor. Me senté en el banco y constaté que una pareja de enamorados estaba sentada dos bancos más adelante. Mientras la congregación comenzaba a rezar el Rosario fui poco a poco dándome cuenta que estaba viendo un retablo viviente. ¿Cuál era el objeto del mensaje?, me preguntaba. La respuesta estaba delante de mí. Una pareja de enamorados -con la mujer en estado- que se abrazaban, se besaban, se apurruñaban en el éxtasis de un intenso cariño mutuo. Entonces abrí los ojos súbitamente y contemple mi futuro inminente: encontrar a la mujer de mi vida para amarla tan apasionadamente como ese par de locos enamorados entrelazados sobre el duro banco de una Iglesia.
Este había sido el mensaje, me dije, un retablo viviente y me están diciendo que lo tengo delante de mí. Pero en ese mismo instante, llegó una mujer vestida con una blusa de color rojo intenso y se me sentó delante, en el banco que mediaba entre la pareja y yo. Rojo es el color de la pasión carnal. Desesperado, completamente absorto en mi realismo profético, lamenté amargamente haber dejado libre ese espacio entre la pareja y yo. Interpreté la presencia de la recién llegada como una tentación carnal que mediaba en mi inminente encuentro con la mujer de mi vida. Esto tuvo como efecto que cancelara todas mis relaciones sociales femeninas durante todo el mes de julio.
Pero lo que vino a complicar todo fue que, al cabo de una semana de esta revelación profética, viviente, me encontré con una persona que representaba fielmente a la mujer que más he amado en este mundo: D. J. K./Adamanta en su avatar de Hannah Jelkes (Night of the Iguana, 1964). La rapidez, la fugacidad con la que esta aparición pasó por mi vida fue la fuente de la más amarga desesperación jamás sentida. Porque el marco del encuentro era la misma Iglesia en la Misa vespertina de las 5:30 PM. Yo no había ido a la Iglesia a seducir mujeres como un ‘Doctor Fausto’ cualquiera. Por eso, cuando el destino me hizo sentar en el banco contiguo al de esta fiel representación de Hannah –vestida como una artista bohemia- dibujando esbozos de la arquitectura de la iglesia, mi corazón parecía el estadio de un mundial de football. Mi alma me gritaba: “¡Esta es la manifestación de la revelación!” Pero mi lado lógico sentenciaba megalíticamente: “José, has venido a la Iglesia a orar, no a levantarte a la mujer de tu vida”. Así que hice un esfuerzo por olvidarla. Y cuando la misa terminaba, la vi partir con una enigmática sonrisa de Mona Lisa en sus labios. Quise, por un momento, tratar de abordarla, pero congelé mi ímpetu en parte por la vergüenza de un posible rechazo. En parte también porque abordar a alguien en la calle implica un tono energético que en ese momento no poseía. Ni quería comenzar a quemar, y menos en la Iglesia.
Al poco tiempo el terrible conflicto de la confusión se apoderaba de mí (Cf. ‘Paul’). Saliendo del laberinto de la angustia llegaba a la conclusión que el Cielo me había ofrecido el momentáneo acceso a ‘alguien’ muy especial. Ese ‘alguien’, esa oportunidad era un avatar calcado del enigmático personaje de Hannah Jelkes, la misteriosa, secreta Demeter/Ceres imaginada por ese gran artista que fue Tennessee Williams. Pero yo no había sabido reaccionar con decisión en el momento justo. Con el corazón partido y llorando en silencio mi dolor, contemplé la crueldad del mundo espiritual. Con un duro gesto visceral decidí que aquella noche había perdido la fe en el amor ‘infinito’ de Dios.
Lo que yo ignoraba en ese entonces es que el hombre que penetra en el Umbral debe aprender lo más pronto posible a tolerar y comprender la Libertad. En efecto, un hombre cualquiera como yo puede tener acceso a la revelación, si la capacidad de ‘sutileza’ de su alma se lo permite. Pero esa revelación es en sí misma un principio lúdico activo y operativo para cualquier tipo de alma que uno se pueda encontrar. Y la fauna anímica de este mundo amerita todo un curso de Iniciación. Yo no sabía nada de esa Iniciación porque yo no era un estudiante de esoterismo sino de arte. Todo lo que sabía se lo debía a mi intuición y mi capacidad boxística para recibir golpes y… aprender. La revelación –pronto lo iba a constatar- era un mensaje espiritual genuino, pero primero tenía que pasar por la criba de la cruel ironía, del cruel y jocoso sarcasmo de los seres aéreos que pueblan el microcosmos humano.
El tiempo pasó, y mi relación con Adamanta me ilustró sobre el significado de este evento. Ella me explicó que aquella ‘Hannah’ de la Iglesia era en verdad su avatar. Es decir, un ser copiado a la escala integral para servir de receptáculo a una entidad. Yo tenía entonces que esperar su reaparición durante los 90 días siguientes de una prueba espiritual por la que tenía que pasar. El requisito esencial para vencer esa prueba era el celibato, la abstención total de las delicias inefables que el contacto íntimo con Adamanta despertaba en el microcosmos de mi alma. Como siempre, le aseguré a Adamanta que eso no era problema para mí, y que diera por descontada mi victoria en esa prueba. ¡Qué lejos estaba yo de la realidad! Porque Adamanta actuaba como un radical libre y en vez de ayudarme a alcanzar la autarquía sobre el ‘Maëlsthrom’ de mis pasiones, todas las noches, ¡y hasta de día!, venía a mí y me poseía en un arrebato de erótica delectación. De aquella envolvente plenitud sensorial y microcósmica que impregna las paredes de ciertos templos hindúes y cambodianos. Así que durante ese mes de julio no logré hacer más que unas muy cortas secuencias de abstinencia. Casi siempre inferiores a los tres o cuatro días.
Hasta que finalmente llegado el 3 de agosto 2011 todo cambió. El lunes 1 de agosto había hecho acceder a la bellísima Audrey Hepburn al primer peldaño de su trayecto cósmico. Estos exitosos ‘despegues’ o trayectos de una orilla del río a la otra siempre entusiasmaban a Adamanta. La ocasión de mi regreso de la Iglesia en esa circunstancia victoriosa para ella era un motivo de entusiasmo tal que generalmente pasaba conmigo toda la noche. Besándome, acariciándome y envolviéndome en la fogosa, ígnea sensorialidad de su alma. La energía cósmica, vital de nuestro propio microcosmos. Placer inefable en el polo opuesto de la carnalidad animal.
Amante apasionada de la Libertad, Adamanta cumplía un rol importante en los enigmáticos procesos de relación intrínseca entre la energía femenina de la Tierra y el principio espiritual masculino del universo. Rapport esencial para la generación, la continuidad vital de la naturaleza y de la especie humana. Su rol en la Tierra la condicionaba, la limitaba a la espiritualidad de los elementos. Y me gustaba imaginarla como un genio de la fecundidad, un Ariel elemental y juguetón, libre y vaporoso amante de la Libertad, de la sensualidad, del entusiasmo vital de la eterna juventud. Ese era el 50% de su personalidad. Porque por otro lado era una gran dama de gran sensibilidad y altos y bellos sentimientos. Muy altruista y preocupada por los derechos de los demás. Sensible al derecho a la vida de los animales. Sobre todo de los gatos: ¿cuantas veces no me hizo bajar a alimentar a los del estacionamiento?
Su corazón juvenil, generoso, y volcánicamente espontaneo (toda su vida fue una gran fanática de la música de los Beatles) me había encandilado desde el primer momento que la conocí. Por obra y gracia de mi supuesto destino de antiguo filósofo del Renacimiento. Porque, según lo que Adamanta me había hecho saber, en otra vida yo había sido un filósofo y esoterista (¿Pomponazzi?), un estudioso de la naturaleza inmortal del alma humana dado también al estudio de la magia.
Pero el comportamiento de Adamanta a lo largo de los supuestos 90 días de prueba (90 era una cifra simbólica como más tarde iba a descubrir) era, más que contradictorio, obstaculizante. Porque, al estar ligada al plano elemental la sola idea de trascendencia espiritual la atemorizaba. La idea de devoción o misticismo religioso implicaba para ella la perdida de su libertad, el ingreso a un claustro de convento de monjas.
Gracias a su naturaleza sibilina, profética (o por que le fue revelado), Adamanta había tenido acceso a la visión de lo que el futuro tenía reservado para ella. Ser la suprema representante de la Gran Diosa Madre, María en su suprema advocación de Entidad Integral de la naturaleza planetaria. Este hecho anonadante la había en un principio seducido e impresionado profundamente.
Pero todo cambió a raíz de un error que cometí después de haber llevado al primer peldaño, a la otra orilla, al alma deliciosa e inolvidable de ‘The Queen’ (Elizabeth Taylor). A raíz de este terrible error fisiológico -achacable a la supina ignorancia de aquél que no sabe donde se encuentra- todo el capital de fuerza espiritual que con gran esfuerzo había logrado acumular en mi interior desapareció en un instante con resultados catastróficos. Porque yo había olvidado que mi posición en este delicado proceso de enigmáticas interfases entre el Cielo y la Tierra era el de puente, de mediador. Yo representaba el compromiso entre los dos mundos. Yo era el supuesto campeón del equilibrio entre el instinto y el intelecto. Y Adamanta era una preciosa Sibila, una predilecta piedra preciosa de la Tierra. Pero mi humano error había lanzado la balanza de su lado. El resultado fue un rechazo total al compromiso enunciado en la visión, y adhesión casi total a la voluntad del Ser Espiritual que rige el mundo elemental. Adamanta se separó de mí por lapsos de tiempo más prolongados y me llegó a considerar como un ser extraño, un ‘outsider’ completamente ajeno a su voluntad y sus intereses.
Mi error la había devuelto a su condición elemental y ya no quería saber nada de su compromiso con el futuro –ominoso- de la Tierra Madre. Porque para ella era una terrible responsabilidad enmarcada en la profunda vida religiosa de los siglos venideros. Ser la suprema sacerdotisa Vestal, el avatar sagrado de la Diosa Madre María, la Madre de Dios. En tanto que Entidad Integral suprema armonizando los Reinos de la naturaleza planetaria: mineral, vegetal, animal y racional. Armonizando el presente, el pasado y el futuro del ‘Hombre’.
A raíz de esto llegué a creer que su temperamento se había tornado agresivo, seco y reactivo. La realidad era que Adamanta, casi –salvo alguna visita esporádica- me había dejado y ya no sabía reconocer su presencia tan claramente como al principio. El espacio dejado por ella fue ocupado por otros seres aéreos, sensuales y sarcásticos. Motivados actores en una obra de teatro viviente en donde un hombre en el Umbral era el centro del juego de la ilusión y del engaño. Pero yo seguía creyendo que era ella. Así lo descubrí cuando aislé la fuente de mi continua depresión. La tristeza e incontenibles ganas de llorar que se apoderaban de mí desde que ella decidió abandonarme.
La pieza del rompecabezas que me faltaba para comprender lo que me estaba pasando la encontré la mañana del 3 de agosto 2011, cuando al despertarme sentí la presencia de un alma femenina en mi regazo. Comencé a desperezarme y haciendo un movimiento brusco bascule mi torso sobre el costado derecho. En ese momento sentí una queja: “Be careful stupid, you have scratched me!” I beg your pardon!, le contesté solícito. Yo creía saber que el alma de algunas mujeres es muy sensible en esas circunstancias y un movimiento brusco las puede alterar y hasta lastimar. Así que me apoyé en el costado izquierdo con mucho cuidado y sentí que el alma de la supuesta Adamanta reverberaba felinamente de placer durante unos instantes. Entonces me dijo: “I am looking for something”. Sin inmutarme, supuse que ‘Adamanta’ buscaba algo en el fondo de mi alma. Algo así como esa esencia de amor integral de la que tanto le hablaba en los versos y los cantos del Trovador que con ella pretendía ser. Al cabo de unos instantes de agradable sensación y fuerte ronroneo su sensual presencia desapareció en un instante. Entonces oí una voz muy clara que me decía: “¡José, no debes nunca, jamás, declararle que tu amor es eterno y sin limites. Porque te estás entregando totalmente a ella. Guarda algo de ese amor en ti!”.
Entonces, cuando me levanté de la cama y me erguí sobre mis pies sentí la terrible sensación de tristeza y desesperación que no me iba a abandonar un solo instante. Todo el día llevé el terrible peso en el alma hasta que a las 5:15 PM, dirigiéndome a mi habitual rendez-vous de la Iglesia -la misa #3 de mi última protegida Audrey Hepburn- comprendí el origen de ese dolor sordo, continuo que me atormentaba. La clave era el mensaje del ánima que me advirtió no jurarle eterno amor y total entrega a ‘Adamanta’. Porque yo infería -pero no quería aceptar- que Adamanta había entrado en la importante fase del retorno, el despliegue de toda la experiencia de su vida en sentido inverso. Entonces me la imaginaba reviviendo su apasionante vida profesional con los más grandes galanes de la historia del cine. Y en mi necia ilusión egoísta me olvidaba del anacronismo que mi condición de celoso ‘outsider’ le imprimía a su vida privada. Pero los celos no me permitían pensar con claridad, como en el emblemático caso de la filmación de Night of the Iguana (1964). La conclusión final de mi estúpida pretensión era que la causante de mi depresión era la misma Adamanta, estrangulando el hilo luminoso de mi alma con el galán de turno. Así que la luz se hizo en el fondo oscuro de mi alma cuando comprendí que la culpa de ese sufrimiento era solo mía. Con un sentimiento de vergüenza me di cuenta de mi necia actitud, mi grueso anacronismo. Adamanta tenía derecho a revivir su propia intimidad, su vida personal. Porque ese era precisamente el objeto de la ‘otra’ vida del alma: revivir toda la experiencia de la vida para, quizás, poder encontrar en ese mar de vivencias un momento de eternidad. Una síntesis, una enseñanza integral que justificara plenamente la aventura interior que es la vida humana, a un lado del río. El triple rio de las aguas del infinito universo. Al principio mi reacción fue dura. Porque me había enviciado con su perfumada presencia. Entonces, cuando se fue, mi relación con ella cambió de ingenuo amante a demandante por daños y perjuicios. Irónicamente colocándome en la misma posición que tanto le criticaba a John Huston. Pero la ilusión anacrónica desapareció cuando le dije, apuntando a ese punto en el espacio del firmamento en donde sentí que ella estaba:” ¡Adamanta, my love, I have no right at all over your private life. I just wanted to avoid a hearth attack. Please, count on my fidelity, Morning Star of my soul!”.
En efecto, la causa de la depresión que me asfixiaba el alma no era otra que las almas de los ‘aereos’. Así lo constate cuando después de hacer la cola en 'Fundafarmacia' de Chacaito el golpe de tristeza me vació el alma y sentí la necesidad imperiosa de llorar. Era una depresión tan galopante como indescriptible. Pero la presencia de unas ánimas parlanchinas me hizo ver lo que me estaba pasando. Creí estar en presencia de Adamanta y le pregunté por qué me causaba ese dolor. Y ‘ella’ me respondió en castellano: “¿Acaso crees que puedes irrespetar mi libertad, burlarte de mi derecho a la vida con tu grosera imaginación?”. Inmediatamente entendí que era un ‘aereo’. Pero reivindicaba cabalmente el justo derecho de Adamanta a la privacidad de su vida íntima. Privacidad pisoteada por mi impertinente curiosidad y mi sucia imaginación. Entonces comprendí que la causa del dolor era mi desproporcionada expresión amorosa. Eso era lo que el anima, al despertar, había estado buscando en mi pecho. El lazo luminoso con el que esas almas oscuras, con y sin cuerpo, me estaban estrangulando. Entonces oí a la genuina Adamanta decirme estas palabras: “¡José, I am glad that you have finally found out!”
Pero todavía había algo que no acababa de comprender. Todo eso era un enigma. Mi aventura en el microcosmos de la hermosa fibra del alma humana con las más bellas artistas del siglo XX me había revelado mi rol esencial en este mundo. Un rol tan extraordinario que era como si no lo poseyese. Porque nunca nadie podría creerme. Esta experiencia me había revelado por un lado que yo era un ‘Barquero’. O más bien una ‘Serpiente Verde’ (Cf. Goethe). Aquél que lleva las almas de regreso al primer escalón (¿astral?) del universo. El más cercano al mundo físico. Por el otro lado me había hecho comprender la dinámica de la Libertad. Libertad que se traducía en una triste y a la vez alegre amalgama entre elementos opuestos cuya única relación común era precisamente la Libertad. La verdad, el amor, la fealdad, la belleza y la mentira eran solo elementos de lingüística en un largo proceso de creación de sentido. No había nada neto. Todo era parte de un mismo proceso artístico, un escenario teatral cósmico donde el alma inmortal del hombre ensayaba, amaba, jugaba y corría. Un escenario teatral donde el alma humana inmortal aprendía a conocerse a sí misma.