AMISTADES CALLEJERAS
Diario de un hombre en el Umbral
31-7-2011 El día en que Diotima me habló de, 1) Point Départ: ‘Sólo deseo ser tu madre’, 2) permiso de uso de su nombre, 3) 90 days trial period.
-“¡Mi Adamanta adorada, mi ideal eterno de Mujer! Ahora que puedo publicar mis memorias puedo acceder a la catarsis de todos mis sentimientos contenidos y reprimidos en el total silencio de mi alma.”
-“¡Mi Adamanta adorada, mi ideal eterno de Mujer! Ahora que puedo publicar mis memorias puedo acceder a la catarsis de todos mis sentimientos contenidos y reprimidos en el total silencio de mi alma.”
Voy a tratar de hacer memoria sobre lo que pasó aquél lluvioso día 4 de julio de 2011. Las amistades callejeras rara vez tienen continuidad en la vida. Por lo menos en la mía. Aquél día me encontraba en el Metro de Altamira forcejeando para hacerme un espacio entre el barullo de la gente. Finalmente encontré la oportunidad de sentarme pero le hice seña a una bonita joven de baja estatura que se hallaba a mi derecha. Ella no se quiso sentar así que yo sí senté mis reales sobre el rígido asiento plástico del suburbano caraqueño. Entonces la joven pequeñita y bonita, de ojos color canela y gris claro y de dorada cabellera se colocó frente a mí y me clavó sus ojos como un oftalmólogo, sin la menor vergüenza. A las pocas milésimas de segundo ya me faltaba el aire y declinaba el banquete de su cara de ángel y de sus hermosos ojos deslizándome por la tangente, el punto de fuga de sus mejillas.
Con un movimiento de mi torso y de mi cuello me lograba zafar de aquella desconcertante llave de judo visual. Me dije, con un gesto admirativo, que esa era la manera en la que esa belleza de 15 0 17 años encaraba el mundo. Cuando llegué a la estación de Sabana Grande y constaté que también era la suya, decidí seguirla y abordarla a la primera oportunidad. Así fue que la abordé con el truco del antropólogo interesado en la diversidad tipológica femenina. Este truco nunca me había fallado y dejaba a mis interlocutoras en un estado de confusión tal que dejaba la puerta abierta a mi baratin, mi verborragia de romántico caballero de a pié: “Señorita, con su permiso, soy un antropólogo interesado en la diversidad tipológica femenina y encuentro que Ud. es verdaderamente bella. También soy un ecólogo comprometido con la preservación de nuestro planeta. Escribo un libro para crear un movimiento mundial de protección de la Madre Tierra. Para mí sería un honor darle la dirección del Blog donde lo edito. Por favor, hágame el favor de leerlo. A veces los mejores amigos se encuentran de una manera fortuita. Usted es tan bella que no pude resistir la oportunidad de querer conocerla.” Y de remate le añadía el ‘desgarrón sentimental’ Quevediano. “ La vida es un misterio en donde lo aparentemente adecuado resulta ser todo lo contrario. En donde alguien que llega de la calle puede ser la piedra angular de una amistad sin limites, en tu vida.” Gabriela, que así se llamaba la bella, me miraba con ojos tristes. Pero asentía, aceptaba punto por punto mi larga perorata. Como si tuviera miedo de llevarme la contraria. Me di cuenta de su incomodidad y me despedí de ella cuando llegamos a la entrada del C.C. El Recreo. Allí, antes de despedirme, le di también mi teléfono y la dirección de mi blog. De allí volví a entrar en el Metro para dirigirme a Chacao y de allí a Chuao por la pasarela del CCCT. Tenía que rescindir una suscripción de servicio médico en la sede de Rescarven.
Lo cierto es que llegué finalmente a la estación del Metro Chacao y me puse a buscar la pasarela que lleva al CCCT. Como no tenía muy claro lo de la pasarela me paré en la esquina al nivel del CC Sambil y me puse a preguntar a la gente bajo una incipiente lluvia. La primera persona no sabía. La segunda era una pasante que acababa de cruzar apresuradamente la esquina. Ella oyó mi pregunta al vuelo e inmediatamente me dijo: ‘¡Todo derecho, vengase conmigo que para allá voy!’ Así que comencé a caminar a paso rápido con aquella jovencita de unos 18 años, tipo europeo, cabello rubio cenizo y de baja estatura. Su personalidad era graciosamente extrovertida y de inmediato, mi corazón de romántico empedernido me la hizo ver como una posible candidata a ocupar en mi vida el puesto de una gran amiga. Hablando a paso rápido de esto y de aquello bajo una lluvia torrencial, cuando llegamos al Centro Comercial ya estábamos casi empapados. Yo acababa de salir de un solemne resfriado con una terrible secuela de rinitis aguda con anoxia depresiva. Pero la gracia y la dinámica de esta inquieta y divertida fémina me entusiasmaban tanto que ni siquiera me daba cuenta de lo mojado que estaba. Ella venía a dejar o buscar un papel en un instituto de cocina para luego pasar un examen teórico en la sede del instituto en Chuao. La fuerte personalidad de la linda cocinerita me arrastraba tras ella como si llevara una argolla invisible en la nariz. Así que ni siquiera me inmuté cuando al salir del CCCT la fuerza de la lluvia y el viento, cuatro veces mayor que antes, casi quebrantaba mi paraguas. Al pasar por la sede de Rescarven constaté que, como ya eran las 5 PM, el servicio estaba cerrado. Pero seguí a paso rápido bajo el torrencial con mi improvisada amiga y con la exhilarante sensación de estar bañándome en una piscina un día de lluvia. Cuando ya no tenía caso utilizar el paraguas nos pusimos a reír como locos cuando los automóviles nos echaban encima sendas cortinas de agua. Cuando ella me dijo que ya habíamos llegado me invadió una profunda tristeza. De inmediato le pedí su numero de teléfono sacando de mis bolsillos un pedazo de papel con los bordes mojados. Allí le escribí la dirección URL de mi Libro/Blog Bramidointelectual2.blogspot.com. Ella tenía mucha prisa así que me despedí cariñosamente de ella. Con el sentimiento de jamás volverla a ver. Porque la calle es sólo un vendaval de ilusiones.
De regreso de dejar a Andrea, bajo un cielo gris azulado y un ambiente casi submarino tomé la via de la autopista que me llevó directamente a la rampa de acceso al CCCT no sin que antes un automovilista se asegurara de dejarme completamente calado al pasar a mi lado. Subí por las escaleras y finalmente encontré la pasarela por la que había llegado. Ya no llovía, me sentía bastante fatigado. Cuando llegué al nivel del Sambil, crucé la calle y me detuve en una tienda de electrodomésticos a observar las TV de plasma y HDTV pasar una misma película: Gladiator de Riddley Scott. Yo ya la había visto en Francia en el año 2002, durante el último año de mi doctorado en Arte Dramático de la universidad de Paris 8 Saint Denis. Me quedé un rato viendo todas esas imágenes de HDTV sincronizadas y paralelas para descansar un poco de mi largo periplo bajo la lluvia. Al cabo de unos instantes en los que veía la imagen del viejo actor Oliver Reed seguí caminando calle arriba. Pero a los pocos segundos sentí una sensación familiar: la presencia psíquica de un alma humana. Sentirlo, pensarlo y comprenderlo fue en mí una sola y misma reacción. Era como si este alma que ahora portaba en mi halo personal fuera un viejo camarada, un muy viejo compañero militar mío. Era el alma de Oliver Reed quien me había visto viendo su película y había aprovechado mi particular naturaleza psíquica para literalmente saltarme encima. Veia sus ojos y su cara, su potente pre-expresividad de hombre duro, rudo, a la vez que sincero, transparente y extrovertido. Mr. Reed entabló conversación conmigo como si su presencia anímica en mí fuera lo más normal del mundo. Pero yo me sentía cansado, preocupado por la humedad y de muy mal humor después de todo ese día tratando de pescar mujeres de poca fe con mis redes de idealista itinerante. Así que mi primera reacción con el inglés fue: “I don´t like you. What are you doing here?” Él, inmediatamente me respondió explosivamente: “What happens with you. Are you mad or something?”. Cualquier persona que lea estas palabras pensará: ‘¿Cómo puede este hombre entablar conversación con el alma de un muerto, como si existiera un precedente, un prólogo introductivo?’ Yo le respondo que el mundo es triple, y este tipo de circunstancias puede suceder sin que la persona se dé cuenta. Las animas de los muertos pululan secretamente por todas partes. Así ha sido y será siempre. La vida cotidiana en las grandes ciudades está llena de ellas y sus gritos se confunden con los de los vivos en la calle, los bares, los estadios, las estaciones, etc. Las películas son siempre un hervidero anímico. Pero ellas (las ánimas) no se le manifiestan a todo el mundo. En mi caso particular, mi naturaleza psíquica me predisponía para sentir, comprender y comunicar con el alma humana después de la muerte. Y trataba siempre de ayudarlas a encontrar y ascender por el primer escalón –oh cuan pesado- de la superficie del mundo material en la que nacieron y vivieron hasta el día de la muerte. Porque nacer, era morir. La ’muerte’, algo completamente natural, pero con una acepción muy diferente. En efecto, la vida después de la muerte no era lo que la gente inculta pensaba. Yo conocía personalmente ya el alma de una difunta inglesa que en cuatro meses en Caracas ya hablaba el español pasablemente bien. No es una broma. Con sólo haber rozado mi alma delante de la vitrina, Mr. Reed ya sabía por intuición que podía agarrar una cola (hitch a ride) conmigo. Porque yo era un antropólogo que buscaba los límites de la realidad humana y cósmica y un conocedor de la vida del alma.
Aceptando tácitamente la presencia de mi auto invitado nuevo amigo, seguí caminando por la acera llena de agua y de tierra hasta llegar al Metro. Allí me encontré con un gentío inmenso debido a una parálisis en el tráfico suburbano. Pasaron 20 minutos de tensa espera en la cola cuando un joven de aspecto muy asténico se desmayaba a poca distancia. Yo seguía, adormecido, en mi posición militar de descanso, imperturbable cuando acerté a oir a ‘The Queen’ en el tono perentorio, quebrado al que ya me tenía acostumbrado: “¡Jose, I don’t want this man in here!”. ¡Había olvidado que llevaba en mi pecho a la Reina Rosamunda! Y a esa hora, pensaba con horror, la película de ‘Gladiator’ seguro que ya había terminado. Como si fuera un corredor salté de la fila y me abalanzé hacia la salida del Metro en medio de la muchedumbre de viajeros enardecidos. Cuando alcancé el nivel de la calle seguí corriendo hacia la vitrina de la tienda. Por el camino le dirigí la palabra a Oliver Reed en estos términos: “¿Sir, I promise to look for you as son as I take care of ‘The Queen’ next week. Please understand that I can’t be your host for the present time!” He agreed when I swore him that I would return as soon as possible. Con una maravillosa sensación de alivio sentí que todo el peso anímico de Mr. Reed salía de mi en una especie de torbellino invisible, cuando lo confronté con los últimos segmentos de la película que ya terminaba. El gladiador muerto se encontraba de nuevo con su hijo y su esposa difuntos. Muy a propósito, pensé, aliviado y contento de haber llegado a tiempo. Aquello me hacía sentir como un hombre extraordinario. Yo sabía que, de una manera u otra, mi vida acumulaba sucesos inauditos y extraordinarios para la mentalidad de mi época. Volví a entrar en el Metro a hacer la cola pero al poco tiempo llegó el tren y llegué a Chacaíto. Seguí en línea recta para mi casa donde me bañé, sequé y cene para acostarme inmediatamente.


0 Comments:
Post a Comment
<< Home