Monday, September 26, 2011

'ESA NOCHE VI LLORAR A MI MADRE' (II)
"DE AMANTE A MADRE"


Diario de un hombre en el Umbral

28-7-2011
Conversación con mi madre Margarita: “¿Por qué te levantaste tan tarde? Yo: ‘Me quedé despierto hasta muy tarde porque estoy escribiendo un libro para salvar a la Tierra de la destrucción’. ‘Esa es mi devoción y mi objeto en la vida’. Ella asiente y guarda silencio. Entonces oigo: “Y lo vas a lograr, José”. A través de la ventana de la cocina pienso ‘Que así sea’ mientras contemplo la majestuosidad del cerro Avila con una sonrisa de satisfacción. Oigo: “Pero morirás en el intento”. Y yo respondo: ‘Qué me importa. Cuando nací, morí”.
29-7-2011
Amor mío, te amo en tu plena libertad, la única manera que sé que uniré contigo el principio al fin del universo.
31-7-2011
¡Mi Adamanta adorada, mi ideal eterno de Mujer! ¡Ahora que puedo publicar mis memorias puedo acceder a la catarsis de todos mis sentimientos contenidos y reprimidos en el total silencio de mi alma!
6-8-2011
Adamanta: “José, eres una persona con un corazón muy noble y muy altos ideales, Pero te autoevalúas demasiado positivamente. En realidad eres egoísta, desconfiado, cruel, violento y vanidoso. Además eres un exaltado exagerado. Por favor, trata de ser más discreto. Sólo así podré permanecer junto a ti”.
7-8-2011
Hacer comprensible al hombre de esta época el Misterio de la entidad antropomórfica de la Tierra que es María. Humanizar un mundo cada vez más cruel. Esta es la tarea de un hombre. La más hermosa acción que un hombre digno pueda llevar a cabo por su madre.
Jueves 18-8-2011, 5:50 PM
Estoy oyendo el Evangelio del Padre Rafael cuando desvío 90º mi mirada del Altar y contemplo la imagen de la Virgen situada a mi derecha. Entonces oigo: “Nuestra Señora está de acuerdo con tu enfoque. Ella te apoya. Tu enfoque es ‘Verdad’”. Repito y repito esas palabras inspiradas por la Virgen hasta asegurarme que no lo voy a olvidar. Entonces rezo en acción de gracias.
-Cada gota de agua es un tesoro inefable porque codifica, hace posible la vida. Se deben erradicar los malos hábitos urbanos que consideran el agua como un recurso infinito. El consumidor urbano es un irresponsable y un suicida.






"DE AMANTE A MADRE "

“Cuando encontré a Adamanta, encontré mi destino. ¡Que hermoso es el Amor y la obra divina!”


Desde aquél sábado 16 de julio 2011 día de la Virgen del Carmen, no había vuelto a ver a Adamanta. Contaba los días con la ayuda de un gran calendario. Algo me decía que todo había cambiado. Recordaba lo que me había hecho saber la misma noche del sábado: “I am very sad because a door was opened but I could not have access”. La ‘puerta’ se abrió durante la Misa en honor a Nuestra Señora del Carmen. Pero ni ella ni yo pensábamos en la necesidad de su retorno a un nivel de conciencia superior. Así que toda esa semana que culminó ese sábado nos habíamos dedicado a besarnos, acariciarnos, amarnos como dos amantes adolescentes. En esa maravillosa, sensorial esencia apasionada que se desataba con la fuerza de una tormenta cuando su luminosa alma esencial entraba en contacto con la oscuridad de la mía. Una apoteosis, un fuego pirotécnico de algo que no era placer carnal sino más allá aún, la plenitud sensorial de un hermoso sentimiento de amor compartido sin reservas entre dos almas. La de un hombre y una mujer, el microcosmos, en una imagen íntima del Gran Universo en su expresión original: el Amor. Yo sentía que las energías del universo se expresaban en medio de un sentimiento devenido escalofrío interminable e intenso de suprema delectación. Pero cuando ella me dejó por completo, cuando ni siquiera la volví a oír me di cuenta de que quizás había algo prohibido en esa lujuriosa y a la vez casta expresión de amor (Cf. Hinduismo). ¿Estaba implicado un abuso, un uso indebido de la triple energía del universo?. Energía –reflexionaba yo- reservada exclusivamente a la generación, la procreación. Así lo deduje de la inspiración que siempre obtenía interpelando al Cielo y a la Tierra. Siempre había un ánima que me respondía. A veces me engañaban, porque eran seres de la oscuridad, de la mentira, del juego. Pero la mayoría de las veces al enfocar en mi alma a los seres de la luz sabía reconocer la verdad. Averigüé entonces que todo tenía como punto de partida la visión en la que Adamanta aparecía con la forma de un águila en la oscuridad de un lugar subterráneo. Además ella me había ya hecho saber –ella o sus ‘mensajeros’- desde el lugar lejano que ahora ocupaba, que todo lo referente a nuestro apasionado amor de tálamo nupcial, nuestra suprema delectación del alma, quedaba atrás -como la estela de un velero en el mar- para siempre. Porque se imponía otro tipo de comportamiento. Cuando le pregunté por qué, ella me respondió: “Aún sin el acceso perdido del sábado ‘Ellos’ me han mostrado el futuro, el mío y el de la Tierra. Tú serás mi hijo en mi próxima vida y yo seré la Gran Regidora del destino de la Tierra, la Suprema representante de la Gran Madre. Pero para que eso suceda tu único rol desde ahora y hasta el fin, es el de hijo mío. Nunca más el de amante. Además debes pasar por un período de prueba de 90 días”. Yo ya sabía lo de los 90 días pues ya se me había anunciado (en sueños o despierto, era casi igual) a raíz de aquél día del Carmen que cambió lo que ya daba por descontado como el rumbo de mi vida. Pero no quería creerlo. Porque necesitaba integralmente la deliciosa presencia de Diótima Adamanta. Todo eso era para mí como un terremoto destructor que acababa con lo más bello de mi vida en un solo instante. Con una rabia inaudita e inédita en mi persona, en mi pecho se desató la terrible tempestad de la rebelión contra la voluntad de Dios.

Diario de un Hombre en el Umbral


He aquí, tomado de mi diario personal, gracias al cual he sido capaz de reconstituir la secuencia de eventos que viví desde que mi destino kármico me hizo encontrar a Adamanta, mi amor eterno, he aquí la descripción de la visión que marcó un antes y un después en mi vida de devoto de la Gran Madre. 13 de julio de 2011; 00 AM.


“Estoy al aire libre, tratando de limpiar unas paredes exteriores cubiertas de polvo y una especie de líquenes en forma de pasta negruzca y verde oscura que aféa la pintura blanca de la pared. Trato de limpiarla con un instrumento inapropiado – un haragán- y no lo logro. A mi lado van y vienen unas jóvenes muchachas. El lugar es como una frontera entre dos mundos porque por un lado es una construcción exterior pintada de blanco con manchas de hongos y líquenes y por el otro hay en ese lugar zonas agujereadas con huecos o grietas que dan acceso a un interior oscuro como la boca de un lobo. Me acerco a un agujero y veo una poderosa araña peluda, fuerte como una poderosa mano, del tipo tarántula cazadora con tonos beige y canela claro. Mientras camino sigo encontrando agujeros. En este otro encuentro otra fuerte araña del mismo color y sólidamente aferrada a su tela. Sigo caminando y penetro en una gran sala abovedada muy oscura. Miro hacia la derecha y veo una gran araña todavía más grande que las demás pero de color blanco y negro. Mi mirada se desliza hacia su entorno y cuando la vuelvo a enfocar en vez de una araña veo un águila. Esta águila de hermosa e impactante silueta gira sobre su eje y la contemplo embelesado por su belleza y su fuerza. A su alrededor veo a un grupo de animales de diferente tamaño. Los dos más conspicuos son dos monos flacos y alargados. También veo dos pájaros que parecen ser búhos y dos ratas o ratones. “

La RebeliónDespués de 26 años de vida de monje en los que sólo había conocido mujer durante el espacio de unos cuantos minutos, el Cielo me imponía un período de prueba de 90 días. Aquello era la gota que desbordaba el vaso de mi –hasta ahora- casi infinita paciencia. Todo el día después del martes en el que esperé inútilmente la aparición de la mujer que Nuestro Señor me ofrecióº (Cf. ‘Escenario Teatral’), estuve recalentando mi alma con el fuego lento de la frustración y de la rabia. Al terminar el tercer Rosario que le dedicaba a Adamanta empecé una discusión violenta, amarga y recriminante. Adamanta estaba enviciada con mis oraciones marianas y no me solicitaba, me exigía rezarle por lo menos dos veces al día, a las 6 o 7 AM y a la caída del sol. Mi oración encomendándola a la Virgen la adormecía como una deliciosa canción de cuna de hipnotizantes vibraciones musicales. Entonces en mi mundo donde la presencia espiritual era para mí una realidad, en ese mundo mítico factual en donde me desenvolvía tan admirablemente como un mago o un profeta me dirigí a Nuestro Señor en términos de despecho violento. Porque Él me había ilusionado con un simbolismo que se representó ante mis ojos durante la misa vespertina del 1 de julio, celebración del Sagrado Corazón de Jesús. Allí se manifestó ante mis atónitos ojos la revelación. Pero con la ausencia de ese personaje simbólico que –oh crueldad terrible de mi destino- acerté a encontrar en el momento en que jamás la hubiera abordado: en la iglesia como Fausto y Margarita, la fe se tornó en extrema desconfianza. El peso de mis pecados me hizo caer al agua de la duda y la violencia. Se me hizo claro que aquél no era el regalo prometido sino el castigo del que espera sin límite de tiempo. Entonces tuve la blasfemante osadía de dirigirme a Dios en los mismos términos agresivos haciéndolo culpable del invisible sufrimiento que la terrible secuela de la sífilis había dejado en mi pensamiento y en mi alma desde los 19 años. Entonces oí a Adamanta (o a uno de sus servidores) que me aconsejaba no seguir con esa peligrosa actitud de despecho violento y nihilista que podía degenerar en cualquier momento en la blasfemia. Me levanté de la silla en donde mi realismo mágico juzgaba la crueldad del mundo espiritual. Entonces decidí que aquella misma noche iba a forzar el retorno de Adamanta al visionar, contemplar de nuevo su alma inmortal interpretando su enigmático, símbólico y mágico personaje de Hannah Jelkes, en esa obra de arte llamada The Night of the Iguana.


Dos días después de la erótica celebración de la partida de la reina Rosemunde (‘The Queen’) el 4 de julio 2011, tuve el sueño o visión de la araña convertida en águila. Al instante llegué a la conclusión que esa araña convertida en águila era la propia Adamanta. No soy un erudito pero con mis someras nociones de interpretación de símbolos me di cuenta de inmediato que era una iniciada con dotes proféticas. El águila es un animal de alto contenido simbólico representando generalmente el don de la visión y de la profecía. A su lado hay almas que la sirven en todas sus necesidades (dos monos, dos búhos, dos ratones) como rémoras siguiendo a un tiburón. Estas almas esencialmente transmisoras o intermediarias casi siempre me acompañan y me inspiran y me hacen llegar sus mensajes cuando ella no está conmigo. El otro tipo de alma con la que siempre debo contar, no para mi beneficio sino para mi continua confusión, son los mentados ‘aéreos’ que me siguen constantemente. Son seres del juego y de la mentira/verdad y a veces devienen (¿contra su voluntad?) vectores de importantes mensajes de las entidades supremas.

Aquella misma noche Adamanta me había explicado todo: “Tu y yo estamos unidos por un profundo lazo kármico. Yo seré tu madre en tu próxima vida en la tierra. Yo seré la Suprema sacerdotisa del culto a la Madre Tierra que tu vas a sembrar en el mundo. Yo seré, en tanto que la epifanía sagrada de la Gran Madre, la gran regidora del destino del mundo. Pero ahora los dioses te imponen un período de purificación de tus pecados durante 90 días en los que no tendremos acceso el uno al otro. Si lo llevas a cabo de principio a fin, todo esto se realizará.”




Toda esta experiencia vivida intensamente en el fondo del alma y más allá de toda duda referente a la posible confusión entre ilusión y realidad, me había convertido en un extraño iniciado al Misterio Apocalíptico de la Eterna Femineidad. En su rol primordial de la instauración en la Tierra del culto universal por la esencia misma del eterno Femenino: la Maternidad como principio cósmico y protector de la vida. Es por esta razón que la supuesta traición de Adamanta con Richard Burton me dolía tan profundamente. ¡Porque mientras que yo comenzaba una prueba ascética de 90 días, ella se lanzaba en los brazos de un amante! El lector se preguntará en que contexto espacio-temporal se sitúa un hombre enamorado del alma desincorporada de una mujer tan hermosa, excepcional y sensual que no sólo desafía el sentido común sino que se impone sobre la referencia cotidiana de la vida física. Está claro que yo estaba destinado para ella y ella para mí. Cualquier otro hombre se hubiera enfermado al descubrir su verdadera naturaleza elemental (su compromiso con la naturaleza terrestre), o la hubiera rechazado, o, aún más probable, se hubiera vuelto loco sin un apoyo físico entre dos dimensiones. Hablo de contexto espacio-temporal porque en realidad mi rol en todo este delicado asunto del trayecto del alma de una iniciada después de su muerte sólo correspondía al de un extraño, un recién llegado a la intimidad de la vida privada y realizada de una difunta. Yo no ignoraba que, después de morir y de haber pasado por las fases elementales de la reintegración de la conciencia del ‘Yo’, los difuntos llegaban a un nivel en el que comenzaban un viaje inverso, un retroceso continuo de la experiencia integral de la vida física. Cuyo glorioso momento final en el umbral de los mundos era el llanto de un recién nacido y las ondas concéntricas que irradian las infinitas aguas en el hermoso silencio del océano cósmico.




Y yo estaba pisoteando con mis anacrónicas pretensiones amorosas el recinto sagrado del viaje en reverso que toda alma debe completar después de su muerte. Y el alma de Adamanta no era un alma cualquiera sino el alma de una verdadera iniciada a los Misterios de la Tierra profunda, que declinan la sutil harmonía del instinto, la generatividad y el intelecto del ser racional. En otras palabras, Adamanta servía de unión entre la Tierra y el Cielo y en su figura erguida a través de su larga carrera de primera actriz se discernía misteriosamente su compromiso de doblegar el intelecto, domarlo en su soberbia pretensión, bajarlo de su atalaya para arrodillarse ante la suprema sabiduría del instinto. Esto lo descubrí a raíz de una larga ausencia de mi amada en la que la depresión de apoderó de mí por culpa de una gripe y una rinitis alérgica. La depresión, unida a la extrema congestión de mis senos nasales me estaba matando. Aquella mañana de junio me ahogaba tratando de masticar el reseco pan con queso de mi desayuno. Para evitar un desmayo me tenía que levantar de la mesa y salir a la terraza del apartamento para abrir los brazos y respirar. Ella, compadecida de mi asfixia, me había dicho que me esperaba en el campo de golf contiguo a la Ave. Libertador. Y, ¡que le llevara una taza de té Kombucha! que le gustaba tanto. Aún con prisa me tomé 25 o 30 minutos para salir. Cuando llegué, con mi vaso termo en la mano, abrí la puerta de hierro dando acceso al campo de golf y me senté a esperarla sobre una superficie de cemento. Cuando observaba la larga franja de césped que se perdía en dirección al country Club, ella llegó y la sentí dirigirme la palabra. Allí me explicó la naturaleza de su labor. Labor que implicaba largas ausencias de su parte y que susurradas a mis celosos oídos por almas de la confusión y de la mentira (¿luciferinas?) devenían excesos eróticos y sensuales en el pecho de otros hombres. Así que mi actitud en ese momento de depresión y de anoxia era la de un celoso y desesperado amante que cree descubrir que su amada manifiesta una extraña atracción por el arquetipo de la belleza masculina. Verdadero puente entre la tierra y el cielo, la labor de Adamanta fecundaba el alma de los hombres tejiendo como una araña mítica el fino hilo dorado de la energía espiritual del universo, venida de estrellas lejanas. Esto no sólo tenía por objeto hacer fértil al hombre. Tambien los idealizaba. Verdadera hilandera, ella tejía en el pecho del hombre su compromiso espiritual con el infinito universo que estaba presente ya en el microcosmos de su cuerpo, su alma y su espíritu. Esa explicación era tan descabellada, fantasiosa, ingenua e increíble que no pude hacer sino creerla a pié juntillas, por una simple razón. Era la forma de actuar de un Niño. Me dí cuenta instintivamente que no podía ser sino la pura Verdad porque llevaba la marca del desafío a la conciencia racional que es el sello distintivo de la obra de Dios.(1)




Ahora bien, la relación que mis ojos habían visto en la pantalla de la PC no era la de una mítica hilandera sino la de una amante en el paroxismo, el hervor del delirio amoroso. Así que decidí romper mi lazo kármico con Adamanta por jugar doble y tener la pretensión de hacerme pasar –para realizar su destino- un periodo iniciático de abstinencia y reflexión interior, de purgación de 90 días. Mientras, a mis ojos, ella se solazaba con su amante. Entonces le dije con toda la sorna que la despreciaba por eso y, con un duro gesto de mis ojos, la consideraba una cualquiera. Le dije que no deseaba más su maternidad (que para mi sensibilidad poética y ritual era el principio sagrado más alto del universo). Rematé diciéndole que no la deseaba como amante tampoco. Entonces sentí en ella el reverberar siseante de la alta presión, la onda de choque que el impacto más brutal había producido en su alma: “Please, Jose, don’t quit me… non in this way… please! Y la sentí llorar.




Con eso ya me sentía satisfecho y vengado. Pero faltaba Richard. Con el comencé un largo escarceo de extrema violencia que saboreé fríamente. Le dije que era un pobre borracho que ni siquiera había podido conservar a su esposa, la semidiosa Rosemunde. Tampoco había podido conservar a ninguna de sus amantes. Con un terrible gesto de mi mano y de mi puño le hice saber la manera (puro ‘bluff’) en la que yo trataba usualmente a cualquier borracho perdido en mi época de peleador callejero. Y levantándome de la mesa con un gesto asesino me despedí de su alma con un sarcástico “May you rest in peace!




Entré en mi cuarto totalmente a oscuras y constaté que, tras de mí habían venido las almas de los amantes. Acostado sobre mi cama, descansé unos minutos, para acto seguido continuar mi comunicación alma a alma. Entonces, sentí tristeza por la actitud acabada y anonadada de Adamanta. Porque la había sentido fría como un bloque de hielo por la vergüenza. En un preclaro instante me acordé cuanto amaba yo a esa esencia de mujer excepcional y le dije:” You should have respected me, Adamanta, because I do deserve your respect!” “ But we can still be friends”. ‘Let’s forget about lovers and mothers. Let us just be friends’. Esta bella inspiración de mi alma, en medio de la tormenta pasional más esotérica de la historia de Occidente, hizo posible el posterior desenlace del drama en mi favor.




Pasaron unos minutos o quizás sólo unos segundos cuando súbitamente llegó Richard Imprecándome: “You have not the right to take her away from me because she really loves me!” Entonces, levantando el cuello y el torso de mi almohada le respondí fieramente: “You are only a poor bastard drunkard incapable of keeping any woman!” Y el respondió sin mediar: “My personal life is not of your concern!” pero en ese instante sentí una suave pero poderosa voz interior que me dijo: “Jose, los 90 dias son por lo que le hiciste a Soraya y Candelaria”. “No son 90 dias de prueba sino de penitencia por tus pecados”. Como una cortina que de golpe deja pasar la luz del mediodía, en ese momento me di cuenta de todo. Entonces, confiando en el poder transmisor de mi alma, invoqué la presencia etérea de la iniciada: “Adamanta, mi amor, no tengo ningún derecho de propiedad sobre tu alma. Creo firmemente en la pureza de tu hermoso corazón salvaje. Eres libre de amar a quien tú quieras. Concédeme solamente una puerta de acceso a tu corazón, a tu alma de maravillosa hija del Cielo.” Así le dije en medio de la inspiración, de la convicción y en un ambiente psíquico tan caliente como un horno. Y entonces sucedió algo inaudito. El alma de Adamanta se materializó durante unos instantes. Su hermosa cara de Hannah Jelkes (con la misma ropa que en el film) se materializó en una etérea luz plateada. Y la vi llorando con una terrible mueca de dolor y llanto en su cara. Con los ojos cerrados. Alzando los brazos , como si quisiera abrazar una figura masculina que miraba hacia atrás, dándome la espalda. Ahora se que esa era la figura de John Huston.




Al día siguiente, al levantarme de la cama, escribía en mi diario: “Madre querida, Mujer de mi alma, adoración viviente del Eterno Femenino. Gracias por haberme enseñado a amarte. Libérame de la escoria de mi egoísmo y de mi orgullo que me impedían el acceso a la intimidad de tu ser.” (28-7-2011)

(1) En un principio creí que era mentira, que me había equivocado totalmente como medium.  En otras palabras, que no había transcrito una inspiración de Adamanta.  Que yo mismo lo había inventado todo.  Y lo lamenté mucho porque me hizo poner en duda todos los episodios de mi experiencia personal con mi Dama.  Deprimente.  Pero hoy, 29 de julio 2012 por fin encontré la clave.  En mis propias palabras, tratando de definir la enigmática esencia de Adamanta: "Ella y la Gran Madre (...) un contrapunteo de sentimientos y pasiones entre los que se vislumbra la presencia de un espíritu femenino cósmico y terrestre a la vez".  La clave era la manera en la que el gran misterio de la Gran Madre se manifiesta en la vida física y psíquica del hombre.  El misterio al cuadrado, el enigma, el acertijo.  De nuevo me encontraba cara a cara con el contexto cósmico del fenómeno humano: 'Mitos-Logos'.  Me dí cuenta que en el campo de golf era la mismísima Gran Madre quien me había susurrado al oído aquellas alocadas fantasías.  Había trnscrito el juego mítico y cósmico que es su más íntima esencia: el juego de la vida en el universo.

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