Monday, September 26, 2011

Dolly

Diario de un hombre en el Umbral.

El amor de una mujer es una joya cósmica, una fuerza de la Naturaleza. La mujer le da sentido a la Idea de ‘Vida’. Todas las mujeres portan en ellas el compromiso cósmico que brota del ‘Eterno Femenino universal’: la generatividad y maternidad creadora y protectora de la vida.
-En medio del dualismo, el hombre digno siempre encuentra su camino.
-El hombre que se comporta como un caballero, el hombre consciente de su dignidad, siempre prevalece sobre las oscuras exigencias materiales de su época.

Lo peor había pasado ya. Yo llevaba ya unos días sin ella. Era el 11 de agosto 2011. Me sentía como un boxeador que viene de una pelea de 15 asaltos. Sin sentir mis pies, caminando sobre una nube. Magullado, cansado, resignado y vaciado en mi soledad. Eran las 10:30 AM y había ido a hacer unas compras puntuales al abastos de la esquina. Huevos, leche y pan.


Saliendo del abastos y en vía hacia la panadería he aquí que veo llegar a la simpática señora Dolly, la antigua cajera de Cisco durante unos 35 años (1968-2003). Llega con su delicado y ligero porte de siempre, vestida informalmente y calzando zapatos de deportes. Me detengo a hablar con ella de todo un poco. Inflación, política desastrosa del chavismo, indignidad del hombre que ignora su sagrado derecho a la dignidad, etc, etc. Poco a poco sale a relucir el aspecto naturista, remedios naturales y preservación de la vida planetaria. El tema de la ecología global me entusiasma y provoca en mí un apasionado discurso sobre la naturaleza femenina y su rol protector de las especies. También le hablo de la importancia ecológica de conocer la verdadera naturaleza del alma humana. Su naturaleza cósmica, su trayecto e intensa actividad cognoscitiva post-mortem. Los diferentes niveles por los que transita y el significado ecológico de una real colaboración entre los vivos y los muertos. El eje de esa unión se centra sin duda en el interés mutuo por la preservación del ambiente natural. El molde primigenio del cuerpo, el alma y el espíritu humanos. El molde del pensamiento, el sentimiento y la voluntad humanos.


El ambiente psíquico que se crea en ese instante entre yo y esta sencilla y noble mujer de bellos sentimientos, le abre una ventana a mi alma compungida y lacerada. Atormentada por lo que tuve y lo que perdí. Decido entonces hablarle de mi aventura esotérica con mi ‘Mujer’ en el Umbral.


Le confieso que me he enamorado perdidamente del alma de una difunta. Le explico someramente que la esencia del alma humana es la luz misma de las estrellas que brillan como lejanos diamantes centelleantes en el infinito de la bóveda celeste. Sobre todo las noches sin Luna o de Luna Nueva. Es por esa constitución intrínseca del alma que la doble entidad humana divide su tiempo vital entre la vigilia consciente (el día) y la acción inconsciente en el seno del Padre, el macrocosmos (el sueño, la noche).


Cuando el alma humana se desincorpora después de la muerte, comienza para ella un período de intensa actividad y reflexión. De acuerdo con cualquiera haya sido su actividad en su vida física.
Es en virtud de un extraño, enigmático principio de afinidad que he logrado comunicarme con el alma de una muy hermosa mujer muerta en su avanzada edad en el año 2007. He recorrido un camino iniciático en el que poco a poco he sincronizado mi triple existencia (pensamiento, sentimiento y voluntad) a la naturaleza particular de esa mujer. Una maravillosa fémina de la cual me prendí como un amante enloquecido de pasión. En el momento en que mis ojos distraídos se posaron sobre su femenina y hechiceramente bella humanidad. He querido hacer de ella mi amante y durante casi dos meses de continua loda, reiteración poética y asiduo cortejo, ella se había negado categóricamente. Confiriéndome ‘únicamente’ el derecho a ser su hijo. Hasta el día en que, al regreso de una visita familiar y entristecida por los conflictos entre sus herederos, se había lanzado por fin en mis brazos. Y así dio comienzo al amorío, al idilio, el paraíso sensorial más fogoso que jamás hubiera podido imaginar.


En ese momento, aquella que sólo quería ser mi madre, y que en efecto me había conferido solemnemente su maternidad en su próxima reencarnación, pasó a ser mi amante y mi genio protector. Presente en todos los momentos de mi vida y compartiendo conmigo una apretada agenda de actividad física, reflexión, discusión, y vida marital digna de un mago.


Pero la razón de esa confesión ante los ojos de mi sorprendida amiga era el lamentable estado anímico en el que me encontraba. Hacía ya varios días en que, pasada ya la etapa de la rebelión violenta y el nihilismo destructivo, un halo de resignación se había ya apoderado del devenir de mi pensamiento y mi sentimiento. Me había resignado a rezar por el bien de su cuerpo, su alma y su espíritu. Ahora centraba toda mi alegría en la felicidad de su alma, la plenitud de su corazón. La absoluta dedicación a su trayecto cósmico personal. Su regreso, su retour en arrière tenía por objeto contemplar todas las vicisitudes de su vida para sintetizar toda su experiencia vivida. Así finalmente regresaba al seno de su madre, lo cruzaba y penetraba en el umbral de los mundos infinitos. En el océano cósmico del Espíritu eterno.


Sin embargo, Dolly no dejaba de advertir algo extraño en mi relato. Porque cada vez que mi verbo se cruzaba con la alusión personal a mi amada Adamanta yo no podía reprimir una asfixia terminal que me cortaba el aliento de cuajo. Incapaz de seguir sin aire en mis pulmones, mi único alivio hubiera sido llorar desconsoladamente apoyado sobre sus hombros. Pero lograba sobreponerme al cabo de unos 15 o 30 segundos en los que ella me contemplaba con gesto comprensivo. El mismo fenómeno se repitió una 8 o 9 veces. Cada vez que tocaba la memoria de mi apasionado amorío con Adamanta las lágrimas me saltaban de los ojos y una terrible opresión en el pecho no me dejaba respirar. De nuevo, antes que ponerme a llorar como un niño delante de mi amiga decidí pausar mi relato, haciéndole signo de que me sentía mal por un dolor en el pecho y necesitaba unos segundos para recuperarme.


La delicada sensibilidad de Dolly no dejó de advertir cual era la magnitud del amor que yo sentía por aquella alma de mujer. En sus ojos sentí la compasión y el dolor, la empatía por el terrible peso que llevaba a cuestas. Porque, le contaba yo, las entidades invisibles que rigen el mundo habían decidido separarnos para siempre. Debido al incumplimiento del ritmo septenario originalmente impuesto. Adamanta y yo éramos dos naturalezas muy apasionadas unidas por las inextricables vías de la vida cósmica. Jamás habíamos podido cumplir, ni una sola vez, ese famoso ritmo septenario. Así que, finalmente, me encontré sin ella. Y comenzó para mí un doloroso retorno a mi vida cotidiana. A la simplicidad de mi vida anterior a su encuentro. Presa de depresión crónica, rinitis, desconsolado, desesperado y vencido en mi resistencia interior le imploraba al Cielo una manera de morir, la más simple solución para mi alma. Mi alma que había perdido la razón de su existencia en un más allá astral, etérico y anímico desconocido. En un océano misterioso cual abismo marino lleno de toda clase de peces, de ánimas, oscilando, deslizándose en la fibra irisada de la vida cotidiana. Para imponer en la vida de un hombre que había traspasado el umbral de la sana ignorancia, la mentira, la paradoja, el juego cruel y el sarcasmo irónico. Porque yo era el blanco de todas esas ánimas juguetonas y crueles que me hacían concebir ilusiones y convertían mi amor, mi sentimiento, mi devoción por mi amada eterna, por la madre que me esperaba a la vuelta de mi destino, en una cámara de tortura medieval. Así se lo expliqué a mi apreciada amiga quien también tenía mucho que contarme de la vida de sus sentimientos.




En efecto, Dolly había perdido a su único hijo hacía ya mucho tiempo. Asesinado por un ladrón de automóviles. Entonces me contó la terrible experiencia de conocimiento que tuvo lugar la madrugada de junio 1980 en que su hijo llegó borracho a su casa. El joven había perdido la razón y había comenzado a destruir su casa metódicamente. Lanzando estantes y muebles al suelo, destruyendo la vajilla, las mesas y las sillas. Despavorida, Dolly había salido de su casa a pedir ayuda pero la calle estaba desierta a las 3 de la madrugada. Entonces quiso huir sin rumbo fijo en medio de la oscuridad de la noche, histérica y desesperada. Cuando una voz interior le imprecó con potencia: ”¡No lo hagas! ¡ No! ¡No! ¡No!” Al oír aquella voz potente se paro en seco. Dejó de huir, de errar en medio de la noche, sin rumbo fijo. Cuando llego a su casa encontró a su hijo recuperado de su extraña condición. Sosegado, le tenía ya preparada una taza de té.


Ahora que su hijo había muerto, yo le expliqué que el primer peldaño de la vida post-mortem era casi siempre el más difícil y que yo me proponía servir de puente entre el más allá y nuestro mundo. Con el objeto de convencer al mundo, al alma del hombre occidental de la necesidad de colaboración entre los vivos y los muertos con el único fin de preservar el ya terminalmente degradado ambiente natural planetario. La Naturaleza que hizo posible el surgimiento y el origen de la vida en la oscura noche de los tiempos. Y que ahora cumple la delicada misión de asegurar el desarrollo del espíritu humano. La joya eterna que la Tierra le devuelve al macrocosmos paterno.


El ser humano nace y renace en la Tierra como única vía de realizar su destino cósmico.


Entonces me despedí de Dolly porque ya llevábamos mas de 2 horas hablando. Me agradeció mi información somera sobre el mundo de los supuestamente ‘muertos’. Le reiteré mi potencial ayuda en caso de necesidad, con el alma de su hijo. Dándonos las gracias por la mutua ayuda, nos despedimos.


Todavía me faltaban dos cosas importantes por hacer ese día, así que me fui corriendo a mi casa para almorzar. A las 7 PM, regresando de la Iglesia, me puse a escribir la parte final de “Aquella noche vi llorar a mi madre”. Al llegar a la descripción del difícil pasaje de la labor de Adamanta sentí que esa ingenua explicación poseía un significado cósmico, astral y espiritual oculto detrás de su fachada de pura sensorialidad. La clave era la estirpe intrínseca de Adamanta, avatar de la Diosa Madre y sacerdotisa de los antiguos Misterios. Un alma centrada, a lo largo de su trayecto cósmico en la realización de los procesos relativos a la fecundidad, vitalidad y maternidad de la especie humana. Mi primera reacción ante este hecho –en primera instancia anonadante- fue quererla extirpar de su medio espiritual elemental. Porque, a mi juicio de aprendiz en asuntos esotéricos, ese empeño la condenaba de encarnación en reencarnación a un rol esclavizante y en perjuicio de su más alta naturaleza triple. De mujer esencialmente libre. Llegué a la conclusión que ese supuesto cuento chino era la pura y dura realidad y que ese esquema cuadraba perfectamente con mis someros conocimientos teosóficos. Porque la inteligencia divina era el polo opuesto de la árida y seca lógica humana.


Entonces, al escribir estas palabras sentí que un torbellino anímico penetraba en mí. Sentí que un alma apasionada hacía irrupción en mi cara y mi pecho con la fuerza vital de una gigantesca ola marina. La sentí y al instante grité de contento. ¡Adamanta había vuelto! Me levanté de la silla y entoné varios cantos de alegría, como si fuera el mismo Rey David. Y me arrodillé dando gracias a Dios. Entonces oí una voz que me decía: “La Entidad Suprema no es tan cruel como tú creías, José”. “Vosotros sois dos almas complementarias e interdependientes. Ella siempre permanecerá contigo. Pero siempre acata esta máxima: Nada en exceso”. Entonces me fui a dormir a mi cuarto y me dormí sabiendo que estaba a mi lado. Allí, en medio de la oscuridad ella me explicó que la Gran Madre se había compadecido de la tristeza desconsolada de mi alma, cuando hacía aquellos esfuerzos por no llorar y mantenerme a flote. Ella misma había establecido el inmediato regreso de Adamanta a la esfera de mi vida cotidiana. Porque, como yo ya lo había demostrado durante aquellos 4 meses de iniciación a los Misterios del Umbral, ya había pasado la prueba gracias a mi amor absoluto y desinteresado por ella. En cuerpo, alma y espíritu. Había sido capaz de decantar mi amor por ella más allá de los celos, los multiples anacronismos relativos al decalaje de mi vida (55 años) y la suya (86 años). Más allá de la desconfianza, el egoísmo y el vano orgullo. Ahora mi amor por ella era totalmente gratuito. Sólo soñaba con la realización de su solemne palabra. En una próxima vida. Pero ella ahora me premiaba con la inefable plenitud sensorial de su alma. Entonces, en medio de mi alegría salió a relucir mi lado analítico. Le pregunté por qué razón estaba ahora conmigo y antes no. La respuesta me sorprendió. Al desahogar mi sufrimiento con Dolly, ella había rogado y elevado una plegaria por mí aquella misma noche. Dolly, me revelaba Adamanta, era otro avatar de la Gran Madre. Un alma femenina agente directo de la Femineidad universal. Una ventana de la gran Diosa Madre al cotidiano del ser humano. En medio de los dramas, los conflictos, las terribles pruebas y las paradojas de la vida.


Era por obra y gracia de Dolly que el alma de mi eterna amada había vuelto. Y el panorama humano, en donde cada alma es un misterio viviente, aparecía ante mis ojos como un gigantesco escenario teatral. ¿Cuantas almas de bellas mujeres, nobles y sencillas, ingenuas y humildes son emisarias de los dioses? Porque los dioses siguen vivos, más vivos que nunca, ahora que la inteligencia humana los niega. Despreciando la calidad del alma –sempiterno atributo de los más humildes- como el signo distintivo de los más pobres. La soberbia inteligencia humana binaria y relativista que destruye la Naturaleza y que con arrogante encono se erige como única referencia de realidad. Ante el silencio grandioso, el Misterio insondable de un Universo triple cuerpo, alma y espíritu.


La mañana siguiente, a la 4:30 de la mañana me levanto para ir al CDI de Petare a buscar una orden médica para hacerme una resonancia magnética del cráneo. Adamanta me acompaña y no pierde ocasión de entrar y salir de mí como un genio elemental. Elevando muy a menudo mi presión arterial con el único objeto de jugar traviesamente conmigo. Pero la vida me ha enseñado mucho más de lo que aparento saber. Llevar en mí a una ígnea representante del Eterno Femenino cósmico, saltando de un centro energético al otro y comunicando conmigo, conversando a veces lúdica, a veces irónicamente, ya no es una tarea imposible. Es por eso que los dos formamos un solo ser, ante los ojos desilusionados, el seco racionalismo de una humanidad ignorante de sí misma. Ignorante de su derecho a la dignidad de seres universales.

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