Las Amistades callejeras II
La tarde del martes 9 de agosto me di un paseo por Sabana Grande y como a las 5:45 PM me fui a la Iglesia de la Chiquínquirá. Quería confesarme por la mala, mala noche del viernes 5 pasado cuando tomé demasiada Kombucha (té verde fermentado) y pasé la noche con the Queen. Aquel viernes, oyendo música de Al Green, me solazaba con la plenitud sensorial de la presencia anímica de Rosamunda. La música me entusiasmaba a improvisarle simples poemas de amor y largas loas laudatorias exaltando su belleza y su realeza. Entonces se me ocurrió hablarle de mi extraño encuentro con Oliver Reed, aquella tarde lluviosa y gris del 4 de julio 2011. Le conté mi encuentro con él en la calle. Riéndome con ganas le describía mi extraña sensación de déjà vu. No se si era mi imaginación pero sentí que encontraba a un viejo conocido. Compañero de armas en ‘la Legión’ o algo por el estilo. Mi entusiasmada conversación con la Reina hacía de un completo desconocido un imaginario camarada. Lo cual evidenciaba mi impertinencia. Así comencé a entenderlo cuando me di cuenta que la Reina había desaparecido. Entonces un ánima me dijo: “Oliver Reed estaba aquí, ha permanecido cerca de ti desde ese entonces (la tienda de televisores y la película en la vitrina). Ahora que le has hablado de él en tan buenos términos The Queen ha decidido irse con él”. Con un gesto de contrariedad me di cuenta que mi imprudencia era la causa de todo. ¡Toda esa alegre conversación sobre un tipo a quien ni siquiera conocía! (no sabía si era bueno o malo). Ignorando que se había injertado en mi halo. Mi opinión de él en tanto que viejo compañero hizo posible que la Reina desapareciera sin decirme Ciao. Bien que mal, hice de tripas corazón, y de nuevo triste y solitario en la penumbra y el desorden de mi habitación decidí prender la PC y buscar algo en Internet.
Inmediatamente me fui a una página de fotografía artística. Allí, entre las silenciosas miradas de aquellas hermosas mujeres traté de olvidarme de la antipática presencia de Oliver Reed.
La tarde del martes 9 de agosto de regreso de la Iglesia de la Chiquinquirá como a las 7:20 PM empiezo a ver la película de Mr. Reed con el objeto de cumplir mi palabra. Había escogido una de las más simpáticas obras de este rudo y malencarado actor, famoso por su mal carácter y machismo terminal: “Hannibal Brooks (1969).
Veo el film con calma y disfruto de la femenina presencia de Karin Baal y la recia clase de Wolfgang Preiss. Disfruto mucho el carisma ingenioso, la divertida presencia de Michael J. Pollard. Cuando llego al final del film Mr. Reed pasa, accede a mi. De nuevo vuelvo a resentir su ruda presencia. Apago la PC y me voy a acostar. En la madrugada, cuando evoco el alma de mi adorada Adamanta y expreso mi cariño por ella, veo que los ojos de Mr. Reed planean sobre mí con un gesto malévolo. Ha comprendido que tipo de relación mantengo con esa alma a quien llamo Adamanta y quien él sabe muy bien que no es otra que D. J. K. Entonces con un tono despectivo me increpa: “You are calling this woman your mother?” Inmediatamente, por instinto, me doy cuenta que me he comprometido religiosamente con un ser que odia a mi madre. Acto seguido Mr. Reed me revela que conoce a mi madre y que tiene la peor opinión de ella. Todos los seres humanos tenemos preferencias y antipatías, gustos y disgustos que nos definen como seres psíquicos. Su opinión no tiene nada de extraño, me repito enfáticamente. Pero Reed sigue hablando y siento que una oleada de odio profundo sale de su alma y comienza a ensuciar, contaminar el devoto amor que siento por la hermosa mujer que me inició a los Misterios del Umbral. Entonces el impetuoso Reed añade: “She was the foxiest woman I have ever known!” Al oír estas palabras me levanto de la cama y con un violento ademán estrangulo la imagen de Reed en mi mente y le grito: “Shut up, animal! Él entonces obtempera y desaparece de mi campo visual interior.
La mañana del sábado 13 de agosto Mr. Reed vuelve a dejar ver su torva faz y sus penetrantes ojos para decirme que él y Adamanta fueron, durante un breve espacio de tiempo, amantes. Él era muy joven y estaba muy enamorado de aquella que podía ser la mujer más bella del mundo. Pero ella no amaba su carácter violento, machista y dominante. Así que la relación terminó cuando ella así lo decidió. Una decisión unilateral que Reed nunca le perdonó. El despecho se convirtió en odio profundo, porque nadie, nunca, lo había despreciado de esa manera. Entonces yo le increpé violentamente: “You ain´t nothing but a hypocrite!” “Perhaps when you fell in love with a woman you limited yourself to kiss only her hands? “You think yourself the king of the jungle with power over the life and will of any female, éh!” Entonces desapareció, para no complicar ‘las cosas’ aún más.
Reflexionando sobre esto la mañana del domingo siguiente me decía que el hombre es un ser muy apasionado y esconde esa pasión detrás de la intimidad de las cuatro paredes de su hogar. ¿Quién tiene derecho a develar la vida íntima de los demás? Sólo los hipócritas, aquellos hombres que se creen divinos. Soberbia pretensión del macho que sojuzga a la hembra, la rebaja y desea mantener a su exclusivo servicio. Pero la mujer posee la misma dignidad del hombre. Ellas también son libres, y las más fuertes, apasionadas y nobles de corazón imponen su recia voluntad burlándose de prejuicios y convenciones.
Llegó entonces la noche del martes y la mañana del miércoles, día de la primera Misa de difuntos. Me enfrentaba a la desagradable circunstancia de tener que llevar a Mr. Reed al primer peldaño de la vida del alma después de la muerte. No podía dominar mi rencor por ese hombre porque a sabiendas de mi apasionado amor por Adamanta se había propuesto sembrar la duda, la desconfianza y el odio en mi alma. Pero yo sabía que mi amor por mi Hada, mi Daïmon desafiaba el espacio y el tiempo. Él quiso hacerme abortar de ese amor sin límites, amor sincero de niño, de hombre y de ángel. Encontró satisfacción en hacerme ver que aquella a quien yo llamaba Madre, era, según él, una ordinaria mujer sin clase. Pero no contaba con la magnitud de mi amor.
Después comprendí que la época del idilio entre ellos dos tuvo lugar en los años 50. Cuando el estaba en sus 20’s y ella en sus 30’s. Además, el sábado 13 en la mañana él me explicó que nunca había amado a una mujer tanto como a D. J. K. /Adamanta, quien en ese entonces todavía era la mujer más bella de la Tierra. Comprendí su profundo dolor al sentirse abandonado por ella sin mediar palabra.
Los dos se separaron para siempre, cada uno siguió su camino y realizo su destino. Mr. Reed dejó tras de él una estela de obras y conflictos y la imagen de un hombre rudo y orgulloso. Adamanta era una mujer amada de los dioses. En todo lo que hizo dejó la huella de su noble y apasionado corazón, de su gran clase y de su arte.
Un dato curioso de esta experiencia es que el jueves 11 de agosto las almas de Karin Baal y Wolfgang Preiss se comunican conmigo. Son dos actores de la citada película que me piden por favor que incluya sus nombres en las misas ofrecidas por el descanso eterno de Mr. Reed. Así lo hago a partir de la tercera misa. Y mi alegría fue grande cuando todos, incluido Mr. Reed, lograron lo que deseaban.


0 Comments:
Post a Comment
<< Home