Monday, September 26, 2011

“No habrá más benevolencia (…)”


Diario de un hombre en el Umbral

9-9-2011
¿Para qué creó Dios al hombre? Para unir el Cielo a la Tierra.
14-9-2011
Cada gota de agua es un tesoro. Cada jardín una cuna del espíritu humano.

Salgo de Locatel, Beco Chacaito. Al salir al pasillo veo que cae un ‘palo de agua’. Me extraña mucho porque he llegado hace 10 minutos y ni siquiera sentí una gota o alguna humedad. Ahora me asomo a la terraza y veo la calle convertida en un rio. Reflejos de mil y una luces sobre el estanque que borbotea crepitante en medio de la calle. Me digo que es un signo espiritual. Porque nada hacía presagiar el inicio de una lluvia torrencial, una tormenta eléctrica con truenos, rayos, centellas y relámpagos. La atmósfera del crepúsculo, todavía azulada, se ilumina por doquier de chispas, centellas blancas y azuladas. Entonces oigo. “Así es, José, has traspasado el estrecho margen de tu comportamiento. No habrá mas benevolencia ni para ti, ni para tu amante”.

Me quedo pensativo y acuso emocionalmente la revelación, en completo silencio y pasando al lado de varios clientes que entran y salen de la tienda. Tomo la escalera mecánica y al llegar a la planta baja contemplo una lluvia torrencial tropical que me transporta inmediatamente al templo de Rashomon (Kurosawa, 1950). Y me quedo parado con mis bolsas de compra (5 o 6 kilos) viendo caer la lluvia, pasar los carros levantando olas y la gente a mi alrededor correr y venir, fumar y esperar.
Entonces me acuerdo de la revelación del CDI de Petare cuando veo pasar a cámara lenta sobre la cabeza de la gente la hermosa mariposa Imperial, tan grande como dos manos juntas, con sus tonos azules, plateados y negros centelleantes. Y oigo una voz interior que me dice: “Este es el símbolo del alma de Facundo, José, a quien mañana llevas a su cita con la eternidad”. Las lágrimas me brotaron de los ojos por la emoción acumulada en estos últimos cuatro meses en los que he vivido una iniciación a los Misterios del Umbral. Y de la Femineidad eterna. Entonces oigo: “No llores, José, hace falta un hombre muy recio para realizar tu misión”. Inmediatamente me compuse y con un gesto de mi boca disipé todo aquel sentimentalismo en unos segundos. Entonces volví en mí y me encontré de nuevo ante la lluvia con las sandalias y los pantalones salpicados y mojados. El dintel del edificio, con sus proyectores, hace lucir la lluvia incesante como una catarata dorada. Me vuelvo a transportar por unos instantes al templo de Rashomon. Evoco entonces lo que oí al salir de la tienda y le pido al Cielo una revelación, un signo, porque por desidia, debilidad o perversión no quiero considerar como reales las palabras que acabo de oír.


Entonces un horrible rayo relampagueante cae en línea recta en frente de mí. El estruendo del trueno hace retumbar a todo el Valle de Caracas. En ese mismo instante oigo: “Ya se te ha dado una revelación. No habrá más benevolencia ni para ti ni para tu amante”. Me estremezco de la impresión. Evoco el último episodio pasional con Diótima Adamanta. Evoco mis palabras desafiantes en la Iglesia cuando estaba rezando por las almas difuntas de Facundo Cabral, de mi padre y una antigua amante malquerida: “¿Acaso no tengo derecho a la privacidad de una vida íntima con la mujer que adoro? Esta revelación ha sido la respuesta a ese sentimiento de furiosa independencia que afloró en mí intempestivamente en medio de la Iglesia. Despues, cuando la lluvia declina, oigo: “José, tú eres ese hombre recio, pero has decidido cambiar en el último momento”. La tristeza me embarga porque me siento sólo, muy sólo. La experiencia capital de mi vida no pertenece a esta época materialista y relativista que no cree en nadie ni en nada. El hombre de hoy ni siquiera cree en él mismo en tanto que puente entre el cielo y la tierra. En él mismo en tanto que creador de la verdad que todos los hombres llevamos dentro del alma. ¿Quien puede entender lo que siento y sufro por obra y gracia de mi conciencia triple? Nadie en este mundo, me digo.

Entonces decido aceptar el reto, olvidarme de mi derecho a esa sensualidad egoísta que todos queremos disfrutar. Porque sé que la Performance que voy a desatar ante el alma del Hombre de esta época exige un hombre íntegro y capaz del sacrificio. Porque sé que me voy a convertir, de una manera u otra, en el eje de la historia de Occidente.

Con un gesto de orgullo me digo que soy capaz de pasar esos treinta días sin tocar a mi amante. Porque yo soy el hombre para esa misión. Yo creo tener la versatilidad, la delicada sensibilidad y la reciedumbre necesaria para erguirme de pié sobre mi instinto y unirlo a lo más alto de mi intelecto. Y Adamanta, con su ígnea, volcánica naturaleza de portadora de la Belleza eterna es el hermoso vehículo que convierte mi bramido intelectual, mi supuesta inteligencia en un canto de vida y de esperanza. Un canto del instinto más noble que pueda existir.

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