Sunday, September 25, 2011

“Oh tú, primero entre los hombres (…)”


Caracas, 1995, Prados del Este. Boda de O. Z.

Conozco a una dama en sus 40 y picos. Me hace signos evidentes de que le gusto. En medio de una grata conversación me pide que la acompañe a buscar sus cigarrillos en la guantera de su carro. En el oscuro estacionamiento de la lujosa quinta del padre de la novia. Desinhibido por el vino y la champaña le coloco la mano en el entalle y hago descansar mi mano sobre sus posaderas. Al poco tiempo ya tengo una invitación para visitarla en su casa, cerca de Maracay. Mi temperamento fogoso, nervioso y apasionado me hace difícil la espera. Hasta que llega el día y me embarco para Maracay en autobús. Cuando llego me saluda cariñosamente y me presenta a su hijo adolescente. Es un muchacho de 12 años, simpático e inteligente que al poco tiempo ya sabe cual es la razón de mi visita. La atracción sexual que su madre ejerce en mí.
Esa noche salimos a cenar afuera y la pasamos muy bien los tres. Pero el motor de la amistad entre su madre y yo no se le escapa. En cierto momento no esconde su pensamiento, entre resignado y violentamente sarcástico: “¡Que se la coja…!”. Al llegar de regreso a su casa siento que algo ha cambiado en ella. Como una buena madre preocupada por sus hijos, primero acuesta al primero y después al segundo, al hijo ‘pródigo’. Me lleva al cuarto de huéspedes, explicándome esto y aquello (mantas, ducha, TV, etc.). Comprendo que es una dama íntegra y me siento avergonzado de haber ido a visitarla sólo por mi entusiasmo y fantasía sexual. Me desea buenas noches y desaparece. Me duermo profundamente.
Al día siguiente me lleva de regreso a la parada del Bus, de regreso a Caracas. Nos despedimos cariñosamente. Cuando llego a mi casa me ducho y me acuesto, después de rezar tres Ave Marías. Antes de dormirme oigo este enigmático mensaje que jamás he olvidado y que me ha servido tantas veces para re encontrar mi camino perdido: “¿Oh tú, primero entre los hombres, qué bajo has caído!”.
La experiencia me marca porque aprendo a respetar la dignidad materna que se esconde detrás de cada mujer. También empiezo a poner orden en el caos apasionado de mi alma sensual. Hasta el día en que Adamanta me llevó al Umbral entre el Cielo y la Tierra.

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