“What happened with Paul”
“Lo que pasó con Paul.”
Hacía tiempo que una voz interior me decía que Paul Newman deseaba mi ayuda. Es difícil para una persona normal aceptar que el mundo de los muertos en el año 2011 de nuestra Civilización Occidental no sigue calcado en la descripción de Homero. En ‘la Odisea’ de Homero, Ulises busca el alma de su madre y se prepara para un acto ritual de interpelación de los muertos. En el Hades todo es intenso frio y penumbra. Hasta el mismo Aquiles desearía vivir como un perro antes que seguir condenado a la triste y fría bruma del inframundo.
Entre Homero y el presente media toda la eclosión cultural de la Civilización Occidental. Con sus buenos y malos momentos. Desde Saulo en el Camino de Damasco, pasando por la muy, muy Baja Edad Media y el 8º Concilio Ecuménico de Constantinopla (hombre: cuerpo y alma, 869-870 A.D.) hasta el fin de la ingenuidad de la inteligencia humana en la ‘Querella de los Universales’, Santo Tomás y el Nominalismo triunfante. La muerte del Realismo de San Anselmo decreta también la muerte de la idea de una naturaleza viviente. La Revolución Industrial, las ‘Luces’, la eclosión de los nacionalismos en el siglo XIX, y el terrible siglo XX inaugurando la ‘Hi-Tech’ en el exterminio de aquellos seres humanos ‘indignos de ser amados’.
Bien que mal, estos 2000 años de evolución social y cultural han modificado la inteligencia del hombre. A partir del advenimiento de la cinematografía se infiere una nueva reflectividad del fenómeno humano. Porque en las películas, el hombre se retrata, se plasma a sí mismo en el celuloide. Al morir, el alma del actor que aparece en el film posee una ventana al mundo y al cosmos. Una conciencia extendida que el común de los mortales ni siquiera imagina ni presiente. ¿Que quiere decir esto? Quiere decir que la naturaleza humana es triple, cuerpo, alma y espíritu. En tanto que criatura creada a la imagen y semejanza de Dios. Al igual que la misma naturaleza de nuestro planeta, la Tierra. ¿Y quién es Dios? Dios es el Misterio Manifiesto. El Triple Universo. En su actual nivel de desarrollo esencial, el hombre es como un niño con capacidades extraordinarias. Y el mayor reto de su capacidad cognoscitiva y de acción de animal racional es... él mismo. ‘Oh hombre, conócete a ti mismo’, rezaba la famosa 2º máxima del Templo de Apolo en Delfos. La Cultura es entonces el último gran reto, la última gran aventura de la humanidad. Pero, oh paradoja, la Cultura es el hombre mismo. Para sobrevivir es necesario conocerse a sí mismo. Porque el predominio de la luz o la oscuridad, del Bien o del Mal determinan la supervivencia o la extinción de la raza humana. Pero la mayor parte de las veces, el hombre, individualista al fin, no se preocupa –más que en la apariencia social- del futuro de a especie. ¡Se preocupa por él mismo… y basta!
Esta digresión de perspectiva cultural viene al caso porque en mi limitada experiencia con el mundo de los muertos llegué a la conclusión de que la actividad cognoscitiva de los difuntos, sobre todo la inteligencia activa de los grandes actores y actrices dramáticos del siglo XX no cesa de manejar información.
Yo soy un hombre normal y ordinario en toda la extensión normal de la palabra. A lo largo de este Blog/libro he descrito las claves que explican quien soy como ser social y por qué pienso y siento como lo hago. Mi tendencia natural es al Realismo de San Anselmo que yo llamo ‘Realismo Mágico’. Porque soy un hombre con una convicción plena que le falta a casi todos en esta época. El mundo para mí es triple o mágico. El órgano que une al hombre con su destino espiritual no es el cerebro sino el corazón. El hombre de buenos sentimientos es una central de energía conectada con el motor esencial del universo. Por eso, la comunicación instantánea con el alma de los difuntos no era para mí algo imposible. Menos aún tomando como referencia el soporte gráfico del cine.
Toda mi aventura, mi investigación antropológica de los límites de la realidad había comenzado con una película. Antes de esto jamás había encontrado una experiencia paranormal, un umbral por donde acceder a lo desconocido. Y si la tuve, no me di cuenta, no sobrevivió a la mirada asesina del sentido común. Murió en la tierra de nadie entre lo subjetivo y lo objetivo.
Aquella película de Michael Powell y Emeric Pressburger, The Life and Death of Colonel Blimp (1943) era el primer jalón que me había impuesto investigar de una famosa estrella de cine que me había fascinado desde mi más tierna infancia: la inefablemente bella D. J. K. En mi elefantina memoria de antropólogo, la retrospectiva siempre me había acompañado. Por eso, siempre evocaba la bella impresión que el personaje de Lidia, en Quo Vadis (1950), había causado en mis 11 años de asiduo cinéfilo de los cines de Madrid. Por eso un día decidí volver al pasado y observar de nuevo la belleza de una mujer capaz de ‘enamorar’ a un niño. Pero había películas más viejas de D. J. K., así que comencé por ‘The life and death…’. Al ver la película tuve la extraordinaria experiencia que ya he descrito y que me convirtió, de facto, en un devoto de la Maternidad cósmica. El gran principio protector de la vida en el universo, y gran primer peldaño de una verdadera Cultura Universal.
Después de esta experiencia y de haber asimilado la presencia de mi daïmon –con su fuerte personalidad- seguí viendo películas y empecé a encontrarme con las almas de grandes actores como Humphrey Bogart y George C. Scott. Algunos deseaban la ayuda que le había prestado a aquella a quien yo llamaba Diótima Adamanta. La llamaba así desde que me hizo muy claro, desde el principio de nuestra comunicación, que el nombre de D. J. K. ya no significaba nada para ella. Era el cascarón vacío de una crisálida. La mariposa Imperial, su bella esencia de devota de la Madre Tierra, ya había despegado, volado en pos de nuevos horizontes.
Después de esta experiencia y de haber asimilado la presencia de mi daïmon –con su fuerte personalidad- seguí viendo películas y empecé a encontrarme con las almas de grandes actores como Humphrey Bogart y George C. Scott. Algunos deseaban la ayuda que le había prestado a aquella a quien yo llamaba Diótima Adamanta. La llamaba así desde que me hizo muy claro, desde el principio de nuestra comunicación, que el nombre de D. J. K. ya no significaba nada para ella. Era el cascarón vacío de una crisálida. La mariposa Imperial, su bella esencia de devota de la Madre Tierra, ya había despegado, volado en pos de nuevos horizontes.
La ayuda que le brindé a Adamanta fue: servirle de apoyo, de soporte en el mundo físico; 2) proponerle el paso a un nivel superior que todo difunto puede encontrar en el sacramento eucarístico durante una misa; 3) seguir rezando por su alma inmortal, para que el amor divino la acoja en su seno con el objeto de dar comienzo a su viaje en sentido inverso, el cual termina en el momento en que su madre la dio a luz. Ese era –para mí- el umbral de los mundos infinitos. Una síntesis de lo más bello en la cultura humana. Pero vedada a los ojos cerrados del Nominalismo que decretó la ignorancia total del mundo espiritual. En nuestra pretenciosa y estrecha Cultura Occidental.
Aquí es necesario precisar que existen todas clases de personas, circunstancias y preferencias. No todas las almas a quienes ayudé permanecieron en el nivel superior del Amor de Jesucristo, Gran Señor de la vida y de la muerte. Algunas almas no permanecían mucho tiempo en él y volvían al plano inferior de su actividad artística terrestre. Pero me imagino que el mero hecho de haber ascendido era para ellas una renovación integral que les abría las puertas del conocimiento. Tanta era la libertad que impera en el mundo espiritual que gran parte de ellos, hombres y mujeres volvía libremente a su campo de juego audiovisual y artístico aquí en la Tierra. Porque yo las volvía a encontrar, a veces, como en el caso de mi amada y admirada E. T., ‘The Queen’, avatar de la Gran diosa Madre.
Adamanta, tal como ya lo he dicho, también estaba marcada por una devoción a la Madre Tierra que se perdía en la noche de los tiempos. Lo cierto es que, por estas y otras razones había seleccionado ya a un actor que me llamaba la atención: Paul Newman. Me di cuenta de que lo que había logrado con los otros artistas había llegado ya a sus oídos. Me acerqué a su alma observando fotos de su actividad fílmica y de su biografía, y le pregunté si deseaba mi ayuda. Y me dijo claramente que sí. Entonces, al leer su biografía reparé en que había sido un judío practicante. Entonces me volví a poner en comunicación con él y le hablé de la naturaleza cósmica de Jesucristo haciéndole ver que, en esencia, no existen barreras entre la tradición religiosa hebrea y el enfoque universal del cristianismo. Las únicas diferencias eran secos y polvorientos convencionalismos redactados por hombres distanciados del principio universal del verdadero Amor.
Para mi sorpresa, Paul estuvo de acuerdo en venir conmigo. Celebré alegremente mi encuentro con Paul porque me hizo recordar a Giovanni Pico della Mirándola. Para Pico Dios es Uno sólo y siempre el mismo. El hombre ha hecho de Él un racista, lo ha vestido con la soberbia segregacionista que sólo existe en la pretensión intelectual individual. En efecto, el Dios disfrazado de los árabes, los cristianos, los judíos y los hindús es Uno sólo y el mismo para todas las naciones.
Entonces escogí de su filmografía una película de los años 60: Harper (1966). En ella tuve el gusto de ver al alegre y jovial Robert Wagner así como a un ícono de lo mejor en el cine del siglo XX: Shelley Winter. No sólo una extraordinaria actriz, como pude constatar en A Place in the Sun (1951), sino también una mujer extraordinaria del tipo ‘pura dinamita’, en femineidad, coraje, inteligencia y versatilidad. Siempre amé a aquellas mujeres valientes que saben lo que quieren y que embisten el mundo con la fuerza incontenible de su gracia femenina, de su inteligencia y de su noble y fuerte corazón. Shelley era de la misma estirpe que mi Adamanta.
Lo primero que hice fue dedicar cinco misas por Paul Fetsko (su apellido materno) para evitar las reticencias de los curas de la iglesia. Por supuesto que, siendo el nombre un elemento importante de este ritual, siempre lo consultaba con el alma del difunto. Y Paul estuvo de acuerdo. Las misas tendrían lugar de lunes a viernes a las 5:30 PM. Cuando llegó el sábado previo a ese lunes decidí ver la película. Me encontré con un fiel reflejo de la mentalidad estadounidense de los años 60 en idiosincrasia, estética e iconografía comercial. Paul aparecía muy joven, en la plenitud de su fuerza y su capacidad intelectual. Una vez comenzada la exposición tal como ambos habíamos convenido de antemano, él comenzó a interactuar conmigo directamente. Como un distanciado actor de teatro quien, impávido, le llama la atención aun espectador en tercera fila por demasiado escandaloso. Eso me hizo sentir muy mal, porque sentí que mi reserva de intimidad psíquica estaba agotada, que ya no tenía manera de esconder ni mis pensamientos ni mis sentimientos. Pura incontinencia traidora, me gritaba a mí mismo. Pero me pude reprimir y evitar más represiones de la cuenta. Lo que me llamó más la atención fue la conversación que Paul mantenía con Robert al margen del libreto. Porque Robert sentía curiosidad por mí y Paul le respondía: “He is a hard one”. Entendí que, movido de simpatía por el ‘hombre puente’ que deseaba ayudarlo, elogiaba mi ego masculino. La razón de esto es, ahora que lo pienso, mi tendencia natural a proyectar una supuesta homosexualidad en mis interlocutores debido a cierta fragilidad psíquica. El hombre común que lee los gestos y las actitudes con el estricto manual callejero de interpretación de signos. Así que Paul repitió ante Robert la palabra que me definía más allá de mi extraña apariencia física y psíquica: “He is a man”.
La película, con su trama detectivesca , transcurrió poco a poco hasta que llegué a la parte en la que Shelley hace acto de presencia. Verla y embelesarme con ella fue una sola y misma reacción. Porque Shelley era una obra de arte del Eterno Femenino. Cuando me vio fascinado por su imagen y su inmenso talento artístico, me tocó con los dedos de su alma. Inmediatamente me sentí derretir como un cubito de hielo arrojado al fuego, tal era la sensorialidad y la exquisitez femenina de aquella bella mujer. Pero el momento presente no se prestaba para juegos, así que le dije: “Dear Madame, I love and respect you like the most admirative and passionate of your fans. But at this point of my life I must go through a 30 days period of reflexión and introspection for the purpose of an initiation. When this period is over I will come again to say hello and to have the pleasure to kiss your hands.” Ella estuvo de acuerdo y dejó de tocarme. Su mero tacto dactilar fue tan ígneo e inefable que lo recuerdo como la más explosiva experiencia terrestre que jamás he tenido con el Eterno Femenino. What a soul! Me dije, silenciosamente, en la intimidad de mi pensamiento. Una vez terminada la película, ya Paul viajaba conmigo en mi pecho, donde permaneció la noche del sábado y todo el domingo hasta la tarde del lunes siguiente en la Iglesia, cuando, al comulgar, desapareció de mi alma de Barquero, de mediador, de ‘Serpiente Verde’, de jardinero de la Cultura universal del eterno Femenino cósmico.


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