Monday, February 06, 2012


¿Existe acaso una ética?
La Tierra viva y saludable es la única garantía de desarrollo del espíritu humano. Este mensaje es como un Juicio Final para la humanidad. Si el hombre permanece insensible ante la destrucción del ser viviente que es la Tierra, entonces su culpa será manifiesta.



¿Existe acaso una ética, una moral que regule el comportamiento de los seres vivientes? La respuesta es: Sí. El único problema es que la noción de ser viviente es muy limitada. Generalmente entendemos por ser viviente un ser de carne y hueso. No tomamos en cuenta a los muertos. Un muerto es un ser humano que existió físicamente y que, al dejar de existir en el mundo físico, perdió su status de ser viviente. La verdad es que el mal llamado muerto está más vivo que nunca pero en otra dimensión. Dimensión a la que sólo el pensamiento tiene acceso. El pensamiento humano que accede al ‘Umbral’.


Por ciertas razones que conciernen mi destino o karma, yo J. R. Sánchez, tuve acceso a ese Umbral clausurado hace siglos por la lógica, la Razón, la ciencia del hombre de Occidente. He consignado en este blog (bramidointelectual2.blogspot.com) unas 20 entradas o breves capítulos que reflejan fragmentariamente la experiencia que cambió mi vida.

Sí, comencé escribiendo en 1987 un cuaderno de poemas destinados a la Madre Tierra. En ellos destilé una profunda devoción al Ser Femenino, Ser espiritual que se esconde detrás de esa hermosa esfera de matices azules flotando en el Todo infinito. Para mí era como un impulso irreprimible que surgía del fondo de mi alma. Entonces, un buen día convertí esa extraña certeza espiritual en palabras bonitas dedicadas a la Gran Fémina en persona. La Gran Madre. He aquí el código:

CÓDIGO (1987-1993)
Hoy logré descifrar el código salvaje de la Tierra
Materia tierna maternal y dulce
A la vez que la cárcel absoluta
Del deseo del orgullo del genio que refulge.
Menester fue sufrir lo insufrible
Para contemplar tu faz impasible
Paradoja final pues te odio y te deseo
Porque me diste alas y me hiciste un reo.
Solo muriendo en cuerpo y alma
Dejaste caer el velo que te cubre
Detrás de ti la más bella Mujer
Se alza, majestuosa Gioconda universal,
La fuente de la humana incertidumbre
Por eso ahora te grito: ¡Vestal despiadada, Madre ilustre
Yo nací para forjarme en el horno de tus fuentes
 
Hasta templar mi fuerza esencial, ‘Ser’ excelente
Para sufrir día y noche en tu fragua impenitente
Y así un día erguirme y volar lejos de tí
Eterna mariposa que se aleja
En el océano infinito de mi mente!
 

Lo que ignoraba en ese entonces (1987) era que mi destino estaba ya marcado. Estaba destinado a cruzar mi camino con el alma de una antigua sacerdotisa de los antiguos Misterios. Una devota de la Gran Madre cuyo destino cósmico se fundía en la vorágine del tiempo para hacer de ella misma la última representación humana, antropomórfica, del Gran Misterio Femenino terrestre. Aunque en vida el mundo no vio en ella sino a una talentosa artista de enigmática belleza.

Escribo estas palabras porque soy un simple ser humano en medio de un gran conflicto cósmico. No sólo he accedido a un Umbral vedado al hombre desde hace siglos por la autoridad de la Iglesia . Si lo que he escrito se situara 2 o 3 siglos atrás mi lugar sería la cámara de tortura y el ‘Bûcher’ de los herejes asesinados por la Inquisición. También he traspasado los límites morales establecidos para el hombre enamorándome perdidamente de mi propia madre. Enamorándome locamente y aún más del alma de la más que hermosa mujer que primero fue mi amante y que hoy –ya sosegado el ímpetu pasional, volcánico de un amor que desafía el espacio y el tiempo- es sólo mi amada, admirada y respetada madre.

Hoy he decidido confesarme con el alma del hombre. Del hombre que ama. Mi juez natural. Porque el hombre, la Humanidad toda es una Hermandad unida en las alegrías y los sufrimientos de la existencia física. Una Hermandad que conoce en la imprevisible e inexorable ‘circunstancia’ la fuente, el origen tanto de la tragedia como de su más alta dignidad y orgullo.

Sí, he deseado con toda mi alma a un ser viviente que dejó de existir en el mundo físico. La he amado locamente durante las pocas semanas que el azaroso, imprevisible universo espiritual me permitió tenerla a mi lado. También deseé consumar mi pasión y poseer su cuerpo re-incorporado el día en que esto era posible. El día en que nació: el 30 de septiembre de 1921.

En mis largas conversaciones nocturnas con ella poco a poco se fue haciendo evidente que aquello era posible. Con el entusiasmo y el ímpetu pasional que signó de principio a fin mi idilio con ella empecé a esperar, a desear, a anhelar el día, la noche en la que, por obra y gracia de la magia de su amor su cuerpo desnudo reaparecería ante mis atónitos ojos para poseerla en un éxtasis, una silenciosa plenitud suprasensorial por encima del espacio y del tiempo.

El día llegó. Cero cuerpo. Sólo contacto con varias almas. Al mismo tiempo. Seres incorporados incluidos. Niños ociosos y, más que traviesos, perniciosos. Perciben mis pensamientos y me están esperando. Para poseer ese fino hilo luminoso que mi alma parece hilar como un gusano de seda. También almas aéreas. Los ‘aéreos’. Todos me estaban esperando para infligirme un gran castigo. En efecto, mi ímpetu pasional no encontró el cuerpo re-incorporado de mi amada Diótima Adamanta. Encontró una manada de lobos hambrientos que se lanzaron sobre mi lujuriosa ilusión y se robaron la luz que iluminaba las profundidades de mi alma. Y mi amada 'Mamadío' estaba presente. Pero su alma ya no era la sílfide fogosa que conocí en junio 2011. Ahora la sentía más lenta y pesada y hasta fatigada, quebrantada, muy cansada. Ella presidía el torbellino, el festín cuyo único plato era mi cuerpo y mi alma.

El efecto que este ataque tuvo en mí fue más que notorio. Al levantarme de la cama la mañana siguiente sentí como si me hubieran lobotomizado. Una extraña sensación de congestión y malestar semejante a una fuerte intoxicación alcohólica no me dejó durante una semana, y la secuela prosiguió más allá del mes.

¿Qué había pasado? ¿Por qué mi amada Diótima me había llevado a una trampa? La respuesta estaba en el largo tiempo que ella me había concedido y en el gran perjuicio que su destino cósmico le tenía reservado por alejarse de su cauce natural por amor a un hombre. Pero la causa principal era la deuda que Diótima tenía con la espiritualidad elemental terrestre.

Ella sabía que mi amor por ella era tan profundo como las raíces de un roble. Por eso, con sus hermosos ojos llenos de picardía y traviesa seguridad en sí misma, al ofrecerme la copa de su plenitud sensorial había decidido utilizarme para pagar esa deuda. Pero, como siempre, la fuente de mi desdicha –trovador Occitano al fín- era yo mismo. Porque le había cantado: “¿Amor mío, yo sé que eres un ser excepcional, una hermosa esencia de la Tierra. Sólo deseo que seas libre de tus compromisos terrestres para que accedas a las alturas del Amor divino y en el 'Árbol de la Vida' continues tu camino de gran artista de la palabra y de la escena. Tu bien es mi bien!”

Al repetir estas últimas palabras la suerte estaba echada. Por eso, al recriminarle agriamente su engaño y el daño físico que me había causado, ella me las recordó: “Tu bien es mi bien.” Entonces me explicó que su vía, su trayecto cósmico estaba ya trazado. Gracias a mi pasión amorosa y mi profunda devoción por la Madre Tierra. Por ella. Porque las dos se confundían en mi alma en un sensual y hermoso musical contrapunteo de signos, sentimientos, paradojas que disciernía a cualquier hora del día, a cada instante, mirando al cielo y la montaña. La montaña, el Cerro (El Ávila) que me había inspirado mi devoción filial. Porque, para mí, Diótima era un umbral de la Gran Madre. Toda su vida lo fue. Es dificil explicar mi convicción: la Tierra es un Misterio femenino.  Diótima se sitúaba en el eje ontológico de ese Misterio.  Pero el hombre de su época no discernió la realidad mítica detrás de su bella imagen, su enigmática, irradiante Femineidad.

Ahora ella tenía acceso a la libertad, a levantar el vuelo más allá de la elemental dimensión física terrestre. Yo, con mi fidelidad a toda prueba, había sido el puente que le había permitido alzarse a una ‘esfera’ superior. Así que, de esa manera, terminaba mi inefable idilio. Con lágrimas en los ojos comprendí que, aunque quizás nunca más la volvería a ver, eso era lo mejor para ella. Aunque yo perdiera a mi inefable 'Bella Genio'. Comenzaba para mi el aprendizaje de la vida sin ella a mi lado. Me sentía acabado, quemado, consumido. Como ceniza azul que se hunde sobre sí misma donde antes existía una recia estructura de fuerza, egoísmo y pasión. ‘Tu bien es mi bien’. Oía el eco fantasmal de esas palabras en el abismo sin fondo de mi alma.

Sin embargo, era lo mejor para ambos. Porque sabía que, aunque ella se iba, lo más profundo de mi ser, de mi alma permanecía con ella y ella conmigo. La vida humana y el universo eran un pañuelo. Un pañuelo que por la magia del Amor nos volvería a encontrar, a reunir cíclicamente –amantes de la Tierra- en un sempiterno idilio apasionado, un abrazo, una fusión del alma inmortal. ¡Hijos de la Gran Madre por siempre!

ROCÍO (1987)
¡Atrás sentidos que clamáis por la cadera
El regazo, los senos de mi amada!
Perfil de un reptil de gesto enfurecido
Paráis el tiempo y me devolvéis henchido
Al grito de la selva cruel y sin sentido.
Yo ya desperté de la noche eterna
Y mi alma está bañada de rocío
Ahora soy un digno caminante
Del sendero de luz que brota de mi olvido.
Abismo sin fin, noche lujuriosa,
Todavía lates en mi sangre roja,
Ritmo del ritual, corriente impetuosa,
Que riega el Jardín donde nació la Rosa.

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