Tuesday, July 16, 2013

TODOS LOS MALES

Todos los males de la humanidad derivan de la ignorancia de un grado cero cultural: la naturaleza del alma humana y su rapport intrínseco con su madre la Tierra y su padre el Cosmos.

Hace ya algunos meses que comencé de nuevo a contactar almas difuntas en el medio gráfico del Séptimo Arte.  Para llevarlas al recinto de una iglesia católica, casi siempre Nuestra Señora de la Chiquinquirá en la Florida.  Como ya lo he expresado antes en mi blog, llegó un momento en el que me interpelé: ‘¿Acaso soy yo la pieza maestra que le falta a la creación divina?’  Por supuesto que mi respuesta fue negativa.  Así que durante muchos meses me olvidé de mi vocación de intermediario.  Hasta que 6 u 8 meses después caminando por la Avenida Libertador frente a PDVSA me volví a plantear la pregunta: ‘De qué sirve llevar un alma difunta a la iglesia’.  En ese mismo instante un rayo en el horizonte, a mi derecha, rasgó el aire.  Me di cuenta de que era un signo afirmativo.  Decidí entonces reanudar mi labor.  La primera persona que contacté fue a Jonathan Harris, un icono de mi adolescencia.  Supe que era judío y acercándome a él le hablé de la universalidad del espíritu por encima de todos los credos, dogmas, tradiciones, formalismos rituales y antropomorfismos.  El respondió (siempre un momento de gran satisfacción para mí) y acordó conmigo ir a la iglesia.  Pero en ese momento no tuve en cuenta el conflicto de mi vida familiar e interior.  En efecto, mi soltería me había llevado a un punto límite.  Mi posición a este respecto era paradójica, compleja.  Porque mi experiencia de médium con una certeza clara de la presencia de Dios en el mundo había afectado mi vivencia interior, mi experiencia de la vida.  Había cometido el error de creer que mi destino estaba escrito y realizado.  Mi vida física y mi estado social.  Tarde comprendí que sin iniciativa ni acción la vida humana es un Mar de los Sargazos.  Una estática sin cambio ni renovación.  Por otro lado mi vida familiar estaba inflamada por la lenta agonía de mi enferma madre octogenaria.  Así que, sin poder evitarlo, pasaron como dos meses desde que contacté a Jonathan (ellos siempre insisten en dejarme utilizar sus nombres de pila) y el día en el que finalmente pude llevarlo a la iglesia.  Durante esos dos meses de conflicto había contactado a una bella amiga.  Hojeando las revistas francesas que me había traído mi amiga Anne Marie para practicar mi polvoriento francés (Paris Match, Point de Vue, etc) encontré un artículo sobre Marilyn Monroe.  Sabía que había muerto en los años 60 del pasado siglo XXI y que probablemente ya no estaría por ‘aquí abajo’.  Pero cuando me acerque a sus fotos me di cuenta de su presencia.  Entonces, una noche la contacté.  Poniendo de lado mi naturaleza animal sensorial (mi tendencia natural a la galantería y al oportunismo) me acerqué y le dije que sólo quería llevarla a una iglesia y, si ello era posible, al Santísimo Sacramento del Altar.  Ella, claramente, sin ambigüedad, me hizo saber que estaba muy interesada.  Entonces comencé a rezar rosarios con la esperanza de que algún día se me permitiera llevarla.  Pero aún rezando rosarios la situación parecía difícil.  Con el paso del tiempo comencé a desilusionarme al ver que no recibía ninguna señal de asentimiento.  Entonces, una noche, por los días de comienzos del Carnaval 2013, soñé.  Soñé que estaba a la derecha del umbral de una puerta.  Un hombre fornido estaba a mi lado mientras yo enfilaba un panty-hose de color negro.  Ropa interior femenina.  Entonces vi surgir una sombra negra frente a mí.  La vi dirigirse al umbral y perderse más allá de él.  Era la señal que esperaba.  La espera había sido muy larga.  En un momento dado en que me acerqué al film que servía de ventana (Les Desaxés), ella me dijo: ‘Please, don’t give up!’  y ‘Keep trying!’  Así supe, más allá de toda duda, cuanto deseaba mi ayuda. 

Llegado el día de la mediación llegué con ella a tiempo a la iglesia, caminando.  Cuando llegó el momento de la comunión, después de haber invocado la misericordia de Nuestro Señor, hice la cola para comulgar.  De la mano del sacerdote y no de la de sus ayudantes (sacristán y diácono).  Pero cuando el cura pronunció las palabras y me colocó la hostia en la boca esta rebotó en mis labios resecos y, trazando un arabesco, cayó al suelo.  Es difícil describir la oleada de sentimientos y presentimientos que como un mar embravecido rompieron contra la pedregosa orilla de mi conciencia.  Miré al cura a los ojos mientras la hostia consagrada caía al suelo con un caprichoso movimiento.  El cura me miró fijamente.  Yo, me sentí impedido de agacharme y tocarla con mis propias manos, como si tuviera miedo de que fuera aquello un signo de rechazo al alma de Norma Jean.  Entonces, de un ágil movimiento, el cura se arrodilló, tomó la hostia del suelo con su mano derecha y la volvió a colocar sobre su bandeja, orillándola hacia un lado.  Volvió a tomar otra hostia y me la dio.  ¡Uff!  Con una sensación de alivio volví a mi puesto y recé en inglés por el alma de mi querida amiga.  A los pocos minutos la misa terminó.  y tomé la vía de regreso a mi casa.  Aprovechando para rezar un rosario por el alma de mi Dulcinea: mi hada Didí (Diótima).  Al día siguiente volví a la iglesia con el alma de Jonathan Harris.  Su presencia sobre mí fue mucho más gráfica que la de la mayoría de las otras almas.  Acertaba a ver fácilmente la gestual de su cara.  Tanto así que cuando hube comulgado le vi cerrar los ojos intensamente.  Al cabo de unas horas desapareció del campo de mi visión inmediata. 

Así fue, repito, como retomé mi labor de intermediario meses después de haberla abandonado.  Ahora sabía que no estaba jugando.  Que no estaba perdiendo el tiempo con la misteriosa naturaleza del alma humana.  Estaba cumpliendo una labor que le era grata al Señor. 

Volví entonces a mis sutiles conversaciones con las almas en su trayecto cósmico.  Vía mi apasionado interés por la historia de la cinematografía del siglo XX.  En mi memoria resurgió la evocación de una linda mujer.  Tippy Hedren.  La había visto en ‘los Pájaros’ y ‘Marnie la Ladrona’, ambas de Alfred Hitchcock.  Así que bajé la primera.  También hice lo mismo con ‘Bombers B-52’ (1957) con Karl Malden, Natalie Wood y Efrem Zymbalist Jr.  Mi encuentro con Jessica Tandy fue puramente aleatorio.  Resulta que leí en la sección ‘Que Hay’ de ‘el Universal’ unos artículos sobre Hitchcock y dos nuevas películas sobre su vida y obra.  Entendí que este hombre poseía una compleja personalidad.  Se me ocurrió que sería interesante buscar algo que me ilustrara sobre su musa: Tippy Hedren.  Tippy era una bella mujer que había marcado la escena con varias películas y luego desapareció.  Cuando estaba viendo ‘The Birds’ (1963) sentí que Jessica me llamaba.  Con un gesto de respeto (llevándome las dos manos abiertas al corazón) le dije que podía contar conmigo.  Así que establecí una fecha tentativa para llevarla y ella asintió.  Con ella no recuerdo que haya habido contratiempos debidos a mis circunstancias, y si los hubo fueron breves.  Así que llegado el día la llevé también a la iglesia.  Me dejó el recuerdo de una muy interesante personalidad, su magnetismo.  Recuerdo que en mi comunicación con ella hubo un malentendido, un ‘qui proquo’ respecto a las frases ‘give heed’ y ‘give head’.  Porque yo pienso en español, inglés y francés.  Cuando se aclaró ella me dijo: ‘José, you are a funny guy’.  Eso me hizo reir mucho.

Poco tiempo después mi  amigo Luis, el modelista, me habló de ciertas películas sobre aviones tipo B-52.  ‘Gathering of Eagles’ y ‘Bombers B-52’.  Vi entonces este film y me gusto su sencillez y su ambiente familiar.  Durante la sesión oí estas palabras: ‘So you are the guy who is taking the souls…’.  Respetuosamente me introduje y acordé llevarlo a una iglesia.  En este caso si hubo un retraso debido a un extenuante día de trabajo, pero sólo fue de un día.  Ayer, sábado 16 de marzo 2013 llevé a Karl Malden al umbral de la luz divina.  La decisión la tomé en cuestión de segundos porque tenía varios compromisos que cumplir y no poseía el don de ubicuidad.  Era un alma recia y sólida.  Cuando entró en contacto conmigo sentí al instante ciertas características de su individualidad.  Las almas de las mujeres son por lo general de esencia suave, refinada y hasta acariciante.  Los hombres son mucho más recios.  Karl era de los más contundentes.  Nada que ver con una caricia sino con un mar de leva reventando en la costa.  Y los que vinieron detrás de él también.  ¿Más almas?  Sí.  En un principio creía que las almas no eran compactas o netas.  Que un solo contacto con ellas no era suficiente para hacerlas pasar a mí.  Más tarde me di cuenta que el alma suele pasar de un sólo golpe en el alma del médium.  Pero yo insistía en seguirlas buscando para llevármelas ‘completas’ a la iglesia.  Lo que en realidad hacía era transportar otras almas difuntas presentes en el mismo medio (¡).  Pero la única que nombraba ceremonialmente en la iglesia era a la primera. 

Vuelvo entonces a tomar la vía, la tendencia natural de mi alma, porque estoy convencido que nuestra Cultura Occidental sufre de la ignorancia impuesta por el espejismo racionalista.  Un espejismo que nos niega como seres cósmicos.  Hijos del Cielo y de la Tierra. 

En efecto, el mundo clama a gritos por un nuevo humanismo.  Pero este es como una semilla que, apenas nace, muere enseguida por la sequedad, la aridez del ambiente cultural.  Es necesario entonces aprender de nosotros mismos, del misterio de nuestras propias almas.  Sólo conociéndonos a nosotros mismos en nuestra relación con la Tierra Madre por un lado y con el Espíritu cósmico por el otro podremos recrear un nuevo humanismo.  Uno que libere al hombre de su estúpida inteligencia.