Friday, October 20, 2006

Trilogía de Esquilo III (Suite)

En La Odisea, Homero tipificaría la antigua cultura clarividente en las figuras simbólicas de Poseidón y su hijo Polifemo. Así se expresa Zeus/Júpiter ante un Poseidón que se lamenta de ser despreciado por los dioses y por los mortales:

“¡Ah, poderoso dios que bates la tierra! ¡Que dijiste! No te desprecian los dioses, que sería difícil herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre. Pero si deja de honrarte alguno de los hombres, por confiar en sus fuerzas y en su poder, está en tu mano tomar venganza.” [1]

Poseidón es el dios más antiguo del panteón olímpico. La llamada cultura poseidónica se perdería en la noche de los tiempos y es sinónimo de época remota y arcaica, en donde rige el instinto, la clarividencia atávica y las leyes de sangre. El cíclope Polifemo es hijo del que bate la tierra. Así se expresa después de haber sido ‘cegado’ por Ulises/Odiseo:

“ ¡Óyeme Poseidón, que ciñes la tierra, dios de cerúlea cabellera! Si en verdad soy tuyo y tu te glorias de ser mi padre, concédeme que Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca no vuelva nunca a su palacio. Mas si le está destinado que ha de ver a los suyos y volver a su bien construida casa y a su patria, sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder todos los compañeros, y se encuentre con nuevas cuitas en su morada.” [2]

Una interpretación elemental de estas líneas nos sugiere que Polifemo simbolizaría una visión del mundo unitaria la cual correspondería a lo que Rudolf Steiner llama la ‘fase de la imagen’.[3] Según él, esta fase habría precedido el desarrollo del lenguaje y la subsecuente fragmentación de la realidad que caracteriza a nuestra Civilización Occidental.[4] ¿Podemos ver en la Guerra de Troya un conflicto que simboliza la oposición entre el mundo instintivo del pasado más remoto y el orden racional del presente? Si es así estaría clara la motivación profunda de Poseidón: oposición a aquel quien heralda la cultura intelectual, al hombre histórico e inmanente.
Schlieman encontró Troya (una de ellas) apoyado en el relato de Homero. Rudolf Steiner infirió de la misma obra una simbología que concierne directamente la evolución de la entidad humana y de la historia de Occidente. La Guerra de Troya nos aparece entonces como el umbral que separa una antigua visión del mundo de una nueva época modelada por el hombre y separada del instinto, del inconsciente y de la videncia atávica.[5] Esta oposición entre la fuerza física y la nobleza del instinto por un lado, y la astucia, el engaño y el cálculo intelectual por el otro, es visible tanto en la obra de Sófocles como en la de Ovidio.[6]
Pero es Esquilo quien en su Trilogía establece de una vez por todas la supremacía de la razón ya no apoyado en la figura simbólica de Ulises sino en la de Delio Pean. Apolo, el dios del perdón y de la expiación ilumina una nueva época que deja atrás a las entidades de las profundidades de la Tierra. Atenea transforma a las terribles Erinias en divinidades benefactoras, las Euménides, estableciendo de paso el principio democrático, el Areópago. Y todo, (religión, historia, evolución y arte) sigue girando como un torbellino alrededor de ese misterioso umbral de la historia humana que es la Guerra de Troya. Veamos ahora el análisis de la figura de Ifigenia, y de su contraparte Perséfone/Proserpina que Rudolf Steiner desarrolla en Munich en 1911: Perséfone e Ifigenia evocan en cierta forma las dos almas del hombre actual y cuya fusión exige grandes pruebas interiores. Siempre según Rudolf Steiner, hubo una época en la que el hombre poseía el don de la clarividencia en forma natural.[7] Esta videncia servía de puente entre el hombre y los mundos espirituales. Pero el hombre fue despojado de este don en tanto que fuerza necesaria para el desarrollo de la inteligencia abstracta o intelecto. Presintiendo la pérdida total de su presciencia y de su cultura visionaria en beneficio de otra cultura separada del espíritu y dirigida por el hombre, el antiguo griego invocaba en Perséfone a la diosa que le confería al alma humana las fuerzas de la videncia al separarlas de los lazos que las integraban a la naturaleza y a los elementos. Steiner:

“El antiguo Griego sabía que esta civilización moderna que él relacionaba con los nombres de Agamemnón, de Ulises, de Menelao, exige sacrificios, pues es la hija del espíritu humano que en cierta forma se debe ofrecer constantemente en holocausto. Esta constante ofrenda de la cultura nacida de la inteligencia, él la representaba en el sacrificio de Ifigenia, la hija de Agamemnón.” [8]

Esto explica el destino de Ifigenia. Si la civilización heraldada por Agamemnón y Ulises sólo hubiera existido bajo su forma intelectual, inmanente, se habrían marchitado las fuerzas profundas del corazón y del alma del hombre occidental.[9] Esta civilización sólo ha sido preservada porque pudo proseguir el ritual de sacrificio y mantener una vida religiosa en el sentido más profundo del término.
Perséfone es entonces el guía que dirige la antigua cultura clarividente e Ifigenia es el perpetuo sacrificio que la intelectualidad debe ofrecerle a la vida religiosa. Steiner:

“Así fue para toda la corriente de la vida intelectual europea desde la antigua Grecia hasta la época moderna; desde los tiempos en los que Sócrates fue el primero en aislar el pensamiento científico puro de la antigua cultura universal, hasta el momento en el que se desmoronó el pobre Nietzsche con el alma exhausta por los tormentos que le causaban las barreras que separaban el arte, la ciencia y la religión”.[10]

Pero ya se sienten, prosigue Steiner, las fuerzas que deben refundir aquello que durante milenios permaneció fragmentado. Goethe presintió todo esto en su Ifigenia. En su obra resuena un llamado a rememorar el perpetuo sacrificio que la inteligencia debe ofrecerle a las fuerzas espirituales para que la humanidad europea no perezca en la aridez de su intelectualismo.
No sólo Goethe ha servido de mediador entre el antiguo tesoro espiritual europeo y nuestra época presente. También Eduardo Schuré con Los grandes iniciados ha despertado el recuerdo de los tiempos que fueron testigos de la antigua cultura clarividente. El mensaje de ambos autores es: la antigua cultura unitaria debe volver a la vida bajo una nueva forma.
En conclusión, Steiner interpreta la pauta histórica descrita por Homero como la oposición entre dos etapas fundamentales de la historia humana: la antigua videncia atávica e instintiva (Oriente), y el pensamiento racionalista del hombre moderno (Occidente). El excesivo intelectualismo de Occidente exige un ceremonial de purificación el cual caracteriza nuestra civilización ‘sacerdotal’. Ese ritual es el continuo sacrificio de nuestra inteligencia excesivamente materialista.
Más allá de este enfoque particular del problema, el remedio de ese intelectualismo destructivo - tal como lo desarrollamos en nuestra tesis - sería justamente algo enraizado en lo más profundo del alma individual: el culto de la Tierra Madre, el único capaz de armonizar, de fusionar el instinto con el intelecto

[1] Homero, La Odisea, Editorial Universo S.A., Lima, 1973, p. 146.
[2] Op. cit., p. 106.
[3] Rudolf Steiner, Science et devenir, Montesson, Ed. Novalis, 1997, p. 38.
[4] Esta fase de la evolución de la entidad humana es descrita con precisión en el mito de Osiris tal como lo explica Steiner en Mitos y Misterios egipcios.
[5] Profundizando en este enfoque Steiner habla del desarrollo de una espiritualidad libre, independiente de los estados inferiores de conciencia, ilustrada en lo que él llama las ‘imaginaciones libres’ (el ‘pensamiento durable’ del Fausto de Goethe).
[6] Así lo expresa Áyax : “Y sin embargo, tengo por cierto que si Aquiles hubiera tenido que juzgar él mismo del mérito de cada cual para la adjudicación de sus armas, a nadie las habría dado más que a mí. Pero los atridas, con menosprecio de mis gloriosas acciones, las han entregado a un hombre sin escrúpulos.” Sófocles, Ayax, in Tragedias, Biblioteca clásica universal, Buenos aires, 1944, p. 54. Así lo expresa Ulises: “Tanto ego te supero: necnon in corpore nostro/ Pectora sunt potiora manu: vigor omnis in illis.” Ovide, Oeuvres completes, J. J. Dubochet, Paris, 1838, p. 474.
[7] Según Steiner, esta época es simbolizada por Demeter.
[8] ‘L’ancien Grec, lui, savait que cette civilizaction moderne qu’il rattachait aux noms d’Agamemnon, d’Ulysse, de Menélas, exige des sacrifices, (...).’ Rudolf Steiner, Merveilles du monde, epreuves pour l’âme, manifestations de l’esprit. Revue Triades, supplément # 22, Paris, 1965, p. 15.
[9] Cf. Friedrich Nietzsche, La naissance de la tragédie, Denoël/Gonthier, Paris, 1964
[10] Rudolf Steiner, Merveilles du monde..., op. cit., p. 16.

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