Friday, July 22, 2011

Paradojas: el Alma Eterna, el Amor y el Tiempo




Paradojas. Nunca imaginé que un verdadero amor me iba a mandar al otro lado de la Luna. Me iba a convertir literalmente en un extraterrestre. Toda mi referencia de ser social integrado a una cultura y dependiente de todo lo que dicta el buen sentido común a esa sociedad fue alterado por esta experiencia. Yo me veía amando a un ser incorpóreo, un alma, una esencia vital de humanidad. Mi pasión por ella crecía día a día, pero mi estabilidad psíquica hacía mutis por el foro. El exceso de tensión emotiva comenzaba a pasarme una factura. Mil voces interiores me pedían que me diera un paseo, que cortara con la rutina de un apasionado “amor en el aire”. Sentía que me faltaba contacto con el suelo como si estuviera colgado de un globo aerostático. Porque mi centro de gravedad había pasado del mundo exterior natural, banal y cotidiano a un punto perdido en el espacio sideral. Un punto perdido en el universo triple, cuerpo, alma y espíritu en el que siempre había creído. Pero ahora estaba extraviado, perdido en una misteriosa tierra de nadie. Sin posibilidad de orientarme en la buena dirección. Porque mi cultura, mi escaso conocimiento de mí mismo hacía imposible este tipo de experiencia: el enigma de la vida del alma después de la muerte enfrentado por un hombre ordinario. Sin embargo, yo conocía la antroposofía de Rudolf Steiner y había tenido la oportunidad de graduarme de doctor en Arte Dramático con una tésis sobre sus Dramas-Misterio (Paris 8 Saint Denis, 2002). Pero una cosa era la antroposofía y otra el Arte de la Palabra y de la Escena de Rudolf Steiner. Por eso todo lo que sabía giraba en torno al arte, la universalidad de Goethe, el Cuento de la Serpiente Verde y la Flor de Lis y algunas nociones generales de esoterismo . El tema de la vida del alma post-mortem y el tema del karma desarrollado por Steiner me eran desconocidos. Soy entonces un completo ignorante –como cualquier otro occidental- tanto de las leyes que rigen la vida del alma después de la muerte como de su trayecto cósmico y espiritual. La razón por la que he decidido contar mi experiencia está, 1) en mi amor por la Cultura humana y 2) el horror que siento ante la muerte de la Naturaleza planetaria que nuestra generación perpetra y contempla con un descarado distanciamiento digno de Nerón incendiando Roma.




La única manera que tengo de proyectar una retrospectiva de estos eventos es referirme a la fecha de bajada de los 'torrents', las diferentes películas de Diótima Adamanta que bajé cuando comencé a estudiar su obra.




"¡Amor adorado, doncella celeste, lucero vespertino, aliento de mi vida, Belleza de lo eterno!"




Cada vez que pensaba en ella mi alma aprovechaba la ocasión para irradiar algo del calor, del vapor caliente en que mi corazón hervía de pasión por ella. Pero el resultado era siempre un extraño dolor, una sorda y seca tristeza como sempiterno regreso al mismo punto de partida: el aire, el éter, la nada. Porque al amarla de esa manera me había consumido ya como un Ave Fénix. Ya había quemado las naves. Había renunciado a este mundo físico como el escenario de una vida normal, banal y tranquila. Una vida ordinaria marcada por la aceptación de mi destino y centrada en la fé en Dios. Resignación y fe cristiana que me protegían y alejaban de los peligros del mundo, del demonio y de la carne. Pero al convencerme de que mi amor por Diótima Adamanta era una fuente de satisfacción, de plenitud amorosa integral superior a lo que este mundo podía ofrecerme, mi centro de gravedad vital, con toda mi triple entidad consciente de su inmortalidad, cambió drásticamente. Pasó de una dimensión a otra. Porque había pasado a ser la propiedad espiritual del alma de una mujer extraordinaria. Mi vida, mi ser, ahora tenían su razón de ser en el devenir cósmico del alma de una “Madre” (y Madre con mayúscula por las razones que pronto voy a establecer). Porque Adamanta no me quería como amante ni en este mundo ni en el otro. Pero, oh sorpresa, me deseaba como hijo primogénito, en virtud –como más tarde iba a averiguar- de una ley universal de la retribución. El siguiente relato es entonces un intento de descripción de todos esos eventos que pasaron por mi vida física, anímica y espiritual como una verdadera tormenta de verano, potente y avasalladora pero, oh cuan fugaz, en ese devenir de Heráclito, en el espacio-tiempo indoblegable en donde el más hermoso y felíz presente se escurre entre las manos como agua. Condenando lo mejor de la experiencia humana al silencio total del olvido.

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